Aventuras de una familia numerosa a las horas de comer

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Anne Perrottet, una madre de familia australiana con nueve hijos, cuenta cómo se las arregla para que las comidas sean un momento de conversación familiar (Perspective, Sydney, febrero 1994).

Hemos probado diversas tácticas. Unas han tenido éxito y otras han fracasado estrepitosamente. A mi marido y a mí no nos gusta el ruido, pero a menos que se tomen medidas, en nuestra casa, con nueve niños, hay mucho ruido. Mi lema es: Que tengan la cabeza ocupada y la boca llena. He aquí cómo lo hacemos.

Comemos en dos turnos. Los más pequeños comen primero y yo me siento con ellos. Uno por uno hablan de lo que han hecho en el día mientras les soborno con promesas de un buen postre para que no tiren la comida al suelo. Después de que han comido recojo la mesa. ¡A veces desearía que nunca hubieran estado allí! Debo reconocer que el primer turno pone a prueba mi paciencia.

Para ayudar a los más pequeños a estar sentados y pendientes de la comida, desde hace años les enseño geografía, y les pregunto entre bocado y bocado. Aparte del valor educativo que tiene, este sistema reduce sus posibilidades de hablar con la boca llena o quejarse de la comida. ¡Lo que empezó siendo una terapia de comportamiento ha resultado fructífero! Mis hijos mayores no sólo saben ahora todas las capitales del mundo, sino que han aprendido a comportarse en la mesa y a escuchar a los demás. (...)

Si nos cansamos de la geografía, pasamos a los idiomas. Tienen que emplear lo más que puedan el idioma que estudian en el colegio. Por ejemplo, si quieren sal, tienen que pedirla en otra lengua. Cuando se produce una peligrosa interrupción de la conversación, señalo objetos que hay en el comedor, y ellos tienen que decir cómo se llaman en otro idioma.

(...) En cuanto a los mayores, sé que debería decir lo maravilloso que es estar con ellos y compartir tan gratos momentos, pero la verdad es que a veces añoro una tranquila cena a la luz de las velas con mi marido, a millas de distancia de los niños. Pero esas románticas treguas no son frecuentes, y con la tropa del segundo turno tenemos que emplear más o menos las mismas tácticas que con sus predecesores. Cada uno cuenta lo que le ha pasado en ese día, y los demás tienen que escuchar educadamente. Sin excluir a papá y a mamá, pues los chicos deben aprender a interesarse también por lo que hacemos nosotros.

No hace mucho tuvimos que habérnoslas con una rebelión a propósito del telediario. Había una lamentable coincidencia entre la cena y las noticias de las seis, y papá y mamá decidimos que era mejor cancelar las noticias, en vez de cancelar la cena. Pero me parecía que era bueno el interés de los chicos por la actualidad, así que había que hacer algo.

Empecé a recortar artículos de periódico interesantes para darlos cada día al que le toque ayudar en la cocina. El encargado lee los recortes e inicia una conversación sobre ellos durante la cena. Los resultados han sido muy satisfactorios. Los chicos han mejorado en memoria, capacidad de comprensión y expresión. Al tratar temas discutidos, también han aprendido a pensar con cierto orden y coherencia. Ahora son ellos los que miran el periódico y eligen los artículos de los que hablar en la cena. A menudo me asombra lo bien que escogen los temas.

La vida pasa tan deprisa, que resulta difícil reservar un tiempo para estar con cada hijo. Es muy importante aprovechar bien el tiempo que pasamos con ellos, ya sea cuando vamos en coche, trabajamos juntos o nos reunimos para comer. Esto es especialmente necesario para las madres que trabajan también fuera de casa y, por tanto, tienen aún menos tiempo para estar con los hijos.

De ahí la importancia de una cena bien organizada. Si todos parlotean o discuten y nadie escucha, ninguno está a gusto. Con un pequeño plan de conversación, la cena puede convertirse en un momento muy útil y agradable.

Además, en la conversación afloran las opiniones y pensamientos de los chicos. Así, mi marido y yo podemos aconsejarles más fácilmente y afianzar sus creencias y valores.


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