Al silbido de las balas, el rugir de los estómagos

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La lucha por la erradicación global del hambre parecía ir por buen camino no hace muchos años, cuando el número de personas en esa situación había descendido de 900 millones de afectados en 2000 a 777 millones en 2015. Sin embargo, la cifra ha vuelto a escalar: en 2016 ya eran 815 millones los que no tenían pan, una situación que en muchos casos ha seguido, como una sombra, al estruendo de las bombas.

El pasado mes de enero, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) presentaron ante el Consejo de Seguridad de la ONU un informe que pone al día los números y repasa las causas por las que ese flagelo sigue golpeando a millones de personas en el mundo en desarrollo. África es un clásico en esta tragedia, pero en las propias fronteras de la UE, en suelo ucraniano, hay personas en riesgo de hambruna. Y lo están por causa de la guerra.

Los conflictos pueden agudizar la escasez de alimentos, que se convierte, a su vez, en otro motivo de tensiones

Según el informe, en 10 de las 13 naciones más afectadas por la escasez de alimentos –la lista total incluye a 16 en riesgo extremo– hay enfrentamientos armados. Y lo terrible es que las balas, que hieren o matan al instante, siguen haciendo su trabajo incluso cuando cesan los combates, pues la inseguridad resultante pesa como una roca sobre el entorno económico.

Los conflictos, dice el documento, “causan desplazamientos masivos y recesiones económicas; disparan la inflación y el desempleo, afectan la financiación que debería destinarse a la protección social y la sanidad, y hacen menos accesibles los alimentos. Donde la vida de las personas descansa significativamente en la producción agrícola, rompen las cadenas de suministro y los canales de marketing, desde la producción hasta el procesamiento y el transporte”.

Las guerras, añade, debilitan la resiliencia de las poblaciones y fuerzan a los individuos a entrar en una dinámica destructiva en la que la propia escasez de comida, consecuencia de los enfrentamientos, se vuelve una causa de estos. “El no poder acceder a alimentos suficientes puede ser el detonante de la violencia y la inestabilidad, particularmente cuando las instituciones son débiles, y amplias las disparidades económicas”.

Tras los refugiados, el hambre

Los países que sufren en este momento un mayor estrés alimentario son Afganistán, Burundi, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Guinea Bissau, Haití, Iraq, Líbano, Liberia, Mali, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Siria, Ucrania y Yemen, además de la región internacional en torno al lago Chad.

El documento de la FAO-PMA se detiene brevemente en la situación de cada uno de ellos. En el caso de Afganistán, por ejemplo, señala que ante el auge de la violencia, entre enero y octubre de 2017 unos 300.000 habitantes tuvieron que abandonar sus casas y refugiarse en otras zonas. A esto se añade que el empeoramiento de la inseguridad en el vecino Pakistán, donde ya había muchos desplazados afganos, los ha estado empujando a retornar, con lo que ha aumentado la competición en el mercado laboral local y se ha dificultado aún más el acceso a los alimentos.

La pequeña economía del Líbano ha debido afrontar la llegada de más de un millón de refugiados sirios, por lo que los suministros no alcanzan para atender debidamente a todos

Siria y el Líbano, por su parte, comparten tragedia: la primera, porque la guerra, que dura ya siete años, no solo tiene arrinconada su producción agrícola, sino que la escasez de combustible y la inseguridad de los caminos dificultan la distribución de los suministros existentes. De resultas, la inseguridad alimentaria planea sobre uno de cada tres sirios.

El Líbano, por su parte, ha acogido a un millón de refugiados sirios, a quienes hay que ponerles delante un trozo de pan. Afectada la economía de un país tan pequeño por un flujo migratorio tan brutal, los recursos no alcanzan para atender debidamente a todos los que llegan. Así, la desnutrición es un hecho, y son los niños quienes lo llevan peor.

Y los saudíes cerraron el grifo

Algunos conflictos, como varios de África, llegan a hacerse crónicos. En la República Centroafricana, las milicias seleka (una coalición mayormente musulmana) y antibalaka (un grupo de animistas y pseudocristianos) combaten entre sí desde 2013, pero la inestabilidad venía cobrando fuerza desde inicios de los 2000.

En un país tan rico en recursos mineros y energéticos, la población no puede sacar provecho de ellos. Según la FAO y el PMA, desde julio de 2017 la escalada de la guerra está forzando aún más los desplazamientos, el comercio ha experimentado un parón y las reservas de comida han bajado, lo que ha colocado a más un millón de centroafricanos en situación de inseguridad alimentaria.

En Yemen, a la tragedia de la guerra civil y la injerencia exterior, se ha unido el azote del cólera

Hay, sin embargo, naciones que no veían guerras hacía décadas, y que ahora también pesan en las estadísticas del hambre. Una de ellas es Yemen, en contienda civil desde 2014. Sobre los civiles, tres millones de los cuales son desplazados internos, caen no solo los proyectiles de los bandos enfrentados –el ejército, los separatistas del sur del país y los terroristas de Al Qaeda y el Estado Islámico–, sino los que arrojan los cazas de Arabia Saudí, país que contribuye de manera singular a empeorar la situación. En noviembre de 2017, el cierre de los puertos por parte de la coalición liderada por Riad interrumpió el flujo de suministros clave, incluidos los medicamentos.

No hay recuperación instantánea

Quizás lo peor de las guerras es que, una vez acaban, no se marchan del todo. Un ejemplo de ello es Ucrania, donde el polvorín estalló también en 2014. El enfrentamiento entre las tropas leales a Kiev y las milicias prorrusas del este del país se está viviendo ahora como un conflicto “congelado”.

Allí, el cierre de minas y fábricas ha disparado el desempleo, y reducido los ingresos el acceso a los alimentos a más de un millón de personas en el Donetsk y en Lugansk. “Los ancianos que viven solos, las familias encabezadas por mujeres, los hogares sin ingresos regulares (…), los enfermos crónicos y los discapacitados, son particularmente vulnerables, máxime ante un invierno predeciblemente crudo”.

Otro caso de este tipo es Liberia: la guerra civil acabó allí en 1997, pero 14 años de enfrentamientos arruinaron la infraestructura y golpearon los sistemas de producción distribución de alimentos a un punto del que no se han podido recuperar. “Debido a la limitada producción de alimentos –apunta el informe–, Liberia sigue dependiendo de la importación para apuntalar la seguridad alimentaria- En un contexto de crisis post-ébola y de altos precios de la comida, la inseguridad alimentaria y la desnutrición continúan siendo una preocupación para los hogares más vulnerables”.

Al final, las ametralladoras pueden terminar callándose. Pero en el silencio dejan todavía, como un eco fatal, el rugido de los estómagos.

Manos Unidas: una invitación a compartir de verdad

La ONG católica Manos Unidas lleva adelante proyectos de cooperación en varios de los países mencionados en el informe del PMA. En Iraq, por ejemplo, apoya la distribución de alimentos a las personas desplazadas por la violencia; en Somalia y la República Democrática del Congo patrocina, entre otras iniciativas, algunas directamente vinculadas con la agricultura, mientras en Burundi, Guinea Bissau y Mali desarrolla otras en las áreas de la educación y la sanidad.

Tras el fin de los conflictos, la inseguridad reinante y el estado ruinoso de las infraestructuras pueden seguir afectando negativamente la producción y comercialización de alimentos

En tiempos en que es muy fácil “compartir” y dar like a los contenidos publicados en las redes sociales, la campaña de Manos Unidas para este año lleva por título “Comparte lo que importa”, y busca “aterrizar” el compromiso, darle forma con acciones concretas. Con 570 proyectos aprobados en 2017 por valor de más de 41 millones de euros, la ONG persigue seguir cambiándoles la vida, para bien, a millones de personas de países en desarrollo.

En tal sentido, el domingo 11 de febrero se efectuó en España una colecta de fondos en todas las parroquias, destinada a las iniciativas de Manos Unidas, que sigue abierta en la web de la organización.


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