El Observatorio

Al final de la vida, cuidar la dependencia

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Según Tom Walter, profesor de la Universidad de Bath (Inglaterra) especializado en cuestiones en torno a la muerte, los países desarrollados conceden un gran valor a la autonomía del paciente cuando se acerca el final de su vida. Nadie más que él, suele decirse, debería fijar cómo desea ser atendido en esos momentos.

Sin embargo, como explica Walter en The Conversation, esta valoración –en sí misma buena– hace que con frecuencia se olvide un aspecto clave para entender al enfermo, y especialmente cuando es anciano: su debilidad y dependencia.

A raíz de algunos escándalos de desatención a ancianos ocurridos en Inglaterra hace unos años, Walter recuerda que la dependencia de estas personas requiere, en primer lugar, que no se les abandone, que se les cuide: “La sociedad debería estar tan alerta a esto como lo está ante las posibles invasiones de la libertad del paciente”.

Sin embargo, la excesiva valoración de la autonomía –ligada a una concepción individualista de la persona– con frecuencia deja en la estacada a aquellos cuya voluntad se ve limitada por el deterioro de sus condiciones físicas o psicológicas. Esto, unido a una mentalidad “neoliberal”, que ve “consumidores de servicios en vez de pacientes”, hace que se puedan descuidar los aspectos más humanos del cuidado a los mayores.

El autor compara el trato a estas personas con el que se dispensa a los niños. Aunque no es lo mismo, porque el valor de la autonomía de los ancianos es mayor, en ambos casos la dependencia es obvia, y olvidarla impediría actuar con justicia.

“Cuando se acerque el final de mi vida –reflexiona Walter–, querría disponer de toda la autonomía que mi cuerpo y mi mente me permitan. Pero también me gustaría saber que mi derecho a ser cuidado está protegido”.


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