Esta última obra del francés Jean Becker (Un tal La Rocca, Verano asesino) viene oportunamente a recordar a realizadores y espectadores que el Mediterráneo está aún por descubrir y que la esencia del arte consiste en contar una buena historia, humana y sincera, sin necesidad de recursos gratuitos a los efectos especiales. Becker ha tomado como punto de partida una bella novela que trata de la amistad, la libertad, el amor a la vida, de todo aquello que produce alegría y hace mejores a los hombres.
Garris sobrevive en las marismas, a orillas del Loira, desde que lo desmovilizaron en los años 20. Su pacífica existencia consiste principalmente en sacar adelante a su amigo y vecino Riton, un inocente incapaz de cuidar de su familia y de sí mismo. No necesitan mucho. Sus grandes amigos son Tane, conductor de tren, y Amedée, un soñador enamorado de la cultura y de una viuda. Los cuatro conocerán a Pépé, un anciano millonario que proviene también de las marismas y que añora su humilde pasado.
La historia comienza en 1930, cuando Garris está cansado de hacer de niñera de Riton. Esa amistad es una cadena, y Riton se empeña en complicarle la vida a cambio de nada. Y, sin embargo, piensan continuamente el uno en el otro. La película consiste en detalles simples, como ir a cantar las mañanitas, recoger caracoles para venderlos, comprar un traje a Cri-cri, la pequeña hija de Riton, o conocer al viejo millonario, al que la riqueza ha arrebatado la libertad y le ha "rodeado de imbéciles". Conocer a Garris y Riton da nuevamente sentido a su vida.
Todo esto -muy bien encarnado en unas interpretaciones espléndidas y en una elegante puesta en escena- alcanza grandeza artística, y transmite un nítido mensaje: la alegría y la libertad auténticas las dan la amistad y la ausencia de falsas necesidades.
Fernando Gil-Delgado



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