William Blake

William Blake

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Autor: Gilbert Keith Chesterton

Espuela de Plata. Sevilla (2007). 216 págs. 9 €. Traducción: Victoria León.

El talento de Chesterton para llegar al núcleo de lo que analiza, después de ponerle un marco y un fondo que presenta las cosas en sus justas dimensiones, destaca más aún en sus biografías que en sus ensayos. Y esto se nota cuando su atención se dirige a un tipo tan singular como William Blake, un poeta, dibujante, grabador y pintor del siglo XVIII que fue muy influyente y con frecuencia mal comprendido.

Chesterton intenta dilucidar la compleja personalidad de Blake y hacerle justicia. No se centra en sus logros y fracasos como artista ni en su arte poético y gráfico, aunque sí da suficientes pinceladas para dejar claros sus méritos y deficiencias, y se fija sobre todo en su mundo interior y en sus ideas. Habla de su “insolencia ciclópea” y de su “vehemencia y precipitada confusión”, pero también de su sinceridad y lucidez. Contrasta su aproximación a la creación literaria con la de Robert Browning y la de Henry James. Afirma que no tiene nada que ver con William Wordsworth, a pesar de que ambos escribieran baladas sobre niños y corderos. Indica la diferencia entre su concepción de la naturaleza y la de Walt Whitman, pero hace notar cómo ambos buscaban y predicaban una especie de insana inocencia.

Compara su obra gráfica con la de Aubrey Beardsley y afirma que si este artista parece subestimar y distorsionar a sus estilizadas figuras, las de Blake tienen un aire antiguo y real que exagera lo característico. Sitúa su pensamiento en el contexto del siglo XVIII en el que vivió, en el momento del auge de la masonería y las sociedades secretas, cuestiones que plantea y desarrolla con admirable agudeza (unas páginas que por sí mismas justifican la lectura de este libro). Lo alinea con los artistas medievales por su rotundidad y lo contrapone a los impresionistas que vendrían un siglo después: si estos pondrán lo que se percibe por encima de lo que se conoce, Blake afirmaba rotundamente que la idea es más real que la realidad.

El juicio final de Chesterton, que confiesa con sinceridad que no pretende ser imparcial, es favorable a Blake, una “voz de terremoto” que, “a través de la niebla y el caos de su terco simbolismo y sus perversas teorías, a través de la tempestad de su exageración y de la medianoche cerrada de su locura”, habla de que Dios, si no es una persona, no es más que un soplo de aire y de que cuanto más sepamos de las cosas elevadas más tangibles se nos volverán. Esta edición cuenta con un prólogo genérico sobre Chesterton que André Maurois escribió en 1935.


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