Una odisea de amor y guerra

La lucha de una joven pareja croata por la conquista de su libertad

Página 1

Autor: Olga Brajnović

Rialp.
Madrid (2019).
302 págs.
18 € (papel) / 10,99 € (digital).

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A Luka Brajnović sus amigos le decían que “no estaba preparado para la vida”, que “no era práctico”, que la afrontaba “como un idealista y un poeta”. Después de leer su apasionante biografía y la de su mujer –las dos son en el fondo la misma biografía–, es fácil llegar a la misma conclusión: era un idealista y un poeta, sí. Pero menos mal que lo era.

“La vida sin amor no tiene ningún sentido”, asegura el periodista José María Irujo en el prólogo de Una odisea de amor y guerra, que relata la epopeya matrimonial de Luka Brajnović y Ana Tijan. Se casaron el 22 de noviembre de 1943, mientras Zagreb se estremecía con los bombardeos aliados. Las ocho palabras entrecomilladas son el hilo conductor del libro, pero son sobre todo la hoja de ruta que permite a los jóvenes esposos atravesar la segunda mitad del siglo XX y llegar al XXI razonablemente felices, rodeados de hijos y nietos, y con el alma esponjada y risueña.

En el libro, Olga Brajnović, periodista como su padre, va recomponiendo con detalle y cariño la historia de Luka y Ana sirviéndose de los esmeradísimos diarios que ambos escribieron. Los dos relatos le permiten explicar con rigor y detalle los acontecimientos que agitaron su indesmayable matrimonio, y reproducir a la vez las reflexiones y los desahogos de sus padres. “La verdad es que no sé qué pasa conmigo, pero siento que sin ella difícilmente soporto cualquier momento libre”, escribió Luka el 21 de febrero de 1943, cuando aún eran novios. O este otro apunte sobre su relación con Ana, anotado mientras era prisionero de los partisanos, poco antes de que le hicieran cavar su propia fosa: “Ese amor es mayor y más bello, persistente y seguro, porque se manifiesta en un momento en el que es imposible que pueda demostrárselo”. Lo sacaron del grupo de reos unos segundos antes de que el piquete abriera fuego.

Es difícil concentrar tantas circunstancias tan adversas en una única biografía, pero la de Luka Brajnović reúne los peores ingredientes del siglo XX: los ustaša de Ante Pavelić –aliados de los nazis– cerraron el semanario que dirigía en Zagreb, fue prisionero de los partisanos, logró cruzar la frontera de Austria cuando Tito se impuso en Yugoslavia, los ingleses lo condujeron de un campo de refugiados a otro al terminar la Segunda Guerra Mundial, sobrevivió como pudo en Roma, se trasladó después a España, se abrió paso en Madrid y acabó reuniéndose con su mujer y su hija Elica en Múnich después de doce años de separación.

Ninguna de esas peripecias dejó nudos o durezas en su alma. El Luka Brajnović que se intuye al otro lado de sus diarios es un hombre de una lealtad insobornable a Dios, a su familia y a sus principios. Es llamativo que incluso sus adversarios –o quienes lo mantenían preso, al menos– admirasen su honradez y trataran de ganarlo para su causa.

Y lo mismo Ana, obligada a peregrinar con su hija mayor de una ciudad a otra en la Yugoslavia de Tito, tentada con frecuencia por policías o espías al servicio del régimen, granjera ocasional, siempre a la espera de las escasísimas noticias que le llegaba de su marido, siempre enamorada. Cuando en 1949 tuvo la oportunidad de regresar a Senj –su ciudad natal–, descubrió que podía empezar a trabajar como profesora gracias a los huecos que habían dejado las purgas de los “viejos comunistas estalinistas”. El empleo podría darle la estabilidad y el prestigio que no había tenido en los seis años anteriores, pero se trataba además de un servicio al régimen, que tenía ferozmente intervenida la educación. Ana consideró la oferta a la luz de su conciencia y decidió rechazarla. Ella misma dejó por escrito sus razones: “Pensé: si hasta ahora el Señor no ha permitido que muriéramos de hambre, no le voy a traicionar colaborando en algo que contradice mis convicciones y creencias”.

La frase encierra otra de las claves de la existencia de Luka y Ana: los dos fueron extraordinariamente fieles a su conciencia y desoyeron todas las posibilidades que les hubieran permitido una vida “mejor”, si intuían que eso supondría traicionar a Dios o a sí mismos. Por eso su vida resultó la mejor. Fueron unos idealistas y unos poetas, sí, pero fueron sobre todo un matrimonio santo.


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