Contrapunto

Un Papa y dos teólogos

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Al día siguiente de ser publicada la nueva encíclica de Juan Pablo II, llegó a la prensa el tradicional ucase de Hans Küng contra el Papa. El escrito del profesor de Tubinga rezuma ese tono condenatorio que los documentos eclesiales abandonaron hace ya tiempo. Rechazo en bloque, nada de matices.

Acusa a Juan Pablo II de haber desperdiciado una oportunidad histórica para lograr la reconciliación de los cristianos. Encastillado en sus posiciones, Küng considera que la nueva encíclica no aporta nada nuevo: "A pesar de toda la retórica ecuménica presentada, todo sigue igual bajo la dura exigencia del primado de Roma y de la infalibilidad". El papado sigue siendo "el gran obstáculo en el camino de la unidad de los cristianos". Lo cual no le impide reclamar "un nuevo Juan XXIII" para el ecumenismo: invocar un Papa ideal del futuro es el expediente fácil de los que no quieren saber nada del Papa del presente.

El mismo día, el conocido teólogo ortodoxo francés, Olivier Clément, exponía en Le Monde su opinión sobre la encíclica. Ya en el primer párrafo asegura que "es un texto de gran importancia. Vuelve a encontrar el impulso del Concilio Vaticano II y abre el camino hacia un nuevo concilio, que sería realmente ecuménico".

En el artículo predomina el acuerdo con el pensamiento de Juan Pablo II, si bien a Clément le habría gustado que algunos enfoques de los ortodoxos hubieran sido asumidos por el Papa más directamente. A pesar de estos reparos, el teólogo ortodoxo se alegra del nuevo tono de la encíclica.

Reconoce que la exposición que hace Juan Pablo II del primado del Papa es "un alegato conmovedor", aunque a su juicio la encíclica silencia otras posibles interpretaciones de los textos escriturísticos sobre el primado. En cualquier caso, la invitación de Juan Pablo II a los responsables y a los teólogos de otras Iglesias a buscar nuevas formas de ejercicio del primado, le parece una "llamada prodigiosa". Con esta llamada, dice, el obispo de Roma ha actuado realmente como "siervo de los siervos de Dios".

Es paradójico que un teólogo ortodoxo descubra tantos puntos en común con el pensamiento de Juan Pablo II, allí donde Hans Küng sólo ve divergencias. Lo cual parece indicar que si el diálogo católico-ortodoxo se hiciera según las premisas de Küng, probablemente sería aún más difícil entenderse.

Tal vez Küng vería las cosas de otro modo si considerara los escritos de Juan Pablo II con las mismas disposiciones que exige el diálogo ecuménico: un mejor conocimiento del otro, estar dispuesto a rectificar las propias posturas, conversión, espíritu de caridad y de humildad... Pues difícilmente promoverá la unidad de los cristianos quien no se esfuerza por mantenerla con quien hace cabeza en la propia Iglesia.

Ignacio Aréchaga

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