Un andar solitario entre la gente

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Autor: Antonio Muñoz Molina

Seix Barral.
Barcelona (2018).
496 págs.
21,90 €.

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El gran poema de este siglo sólo podrá ser escrito con materiales de desecho”, escucha inesperadamente en una conversación en el Café Comercial de Madrid el protagonista y narrador de este nuevo libro de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). La frase viene a ser una declaración de intenciones, pues Un andar solitario entre la gente es un elaborado experimento narrativo dirigido a captar el ruido de las calles, el movimiento de las ciudades, la vida en tránsito, el constante peregrinar de las personas, el espectáculo de la avasallante publicidad y “los ritmos de la ciudad y los de la producción de los periódicos” que alimentan “la urgencia de la literatura que se escribe en ellos”.

El hilo conductor es la vida del propio autor en diferentes escenarios –Madrid, París, Lisboa y, sobre todo, Nueva York– y las constantes referencias a autores que también quisieron retratar el deambular por ciudades: Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe, Baudelaire y Walter Benjamin. En su recorrido, Muñoz Molina, al igual que en su anterior novela, Como la sombra que se va, habla de sus vicisitudes como escritor, sus viajes, la relación con su mujer y algunos recuerdos familiares. Vuelve a brillar en sus circunloquios culturalistas, en sus descripciones intimistas y en el tono con el que evoca el fluir del epiléptico respirar de una ciudad. Como en otras novelas, aunque no abusa de estos momentos, el libro se resiente del tono almibarado con el que describe y adjetiva la relación con su mujer (“los dos somos la atmósfera que respira cada uno”).

“Soy todo oídos –escribe-. Escucho con mis ojos. Escucho lo que veo en los anuncios y en los titulares de los periódicos y en los carteles y letreros de la ciudad”. Ese querer ser “todo oídos” le lleva a registrar chispazos de conversaciones anónimas tomadas de la calle, en los bares, en sus viajes en autobús. Y los ruidos de los coches, las motos, conversaciones callejeras… El trabajo literario es exhaustivo, con el fin de provocar esa saturación narrativa provocada por el ataque inmisericorde de la estridente, estruendosa y obsesiva realidad, que se hace todavía más agobiante en la segunda parte del libro, cuando el autor emprende sucesivas caminatas por Nueva York para condensar el discurrir electrizante de la agitada vida en la metrópoli.

El resultado es un libro que huye del género narrativo tradicional y que toma ingredientes del diario, la crónica, el ensayo literario y hasta de la novela vanguardista. Carga la mano el autor en el trabajo estilístico, muy conseguido, pues el ritmo de su prosa, la selección de imágenes y metáforas debe acompañar a ese histérico deambular, a la vez que le asaltan como flechazos las instantáneas de realidad, que, como “un arqueólogo impaciente”, archiva en el sobreabundante cajón de sastre que es su novela. 


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