El Observatorio

¿Tolerantes contra intransigentes? No tan rápido

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Para tratar de explicar algunas tendencias políticas actuales, los analistas ensayan esquemas interpretativos que van más allá de la diferencia izquierda-derecha. Y así, se habla de cosmopolitas frente a proteccionistas; de partidarios de la democracia liberal frente a iliberales o populistas... En el Reino Unido, hay quienes distinguen entre “abiertos” y “cerrados”, una dicotomía que The Economist considera artificial y simplista.

En sintonía con los politólogos Ronald Inglehart y Pippa Norris, que recurren a factores económicos y culturales para comprender el descontento que alimenta el voto de protesta en Occidente, el artículo de The Economist resume la división entre “abiertos” y “cerrados” en los siguientes términos: los primeros serían favorables “tanto a la apertura económica (bienvenida a la inmigración y al libre comercio) como a la cultural (aceptación de las minorías étnicas y sexuales)”, mientras que los segundos defenderían lo opuesto.

El semanario no niega que esta distinción pueda ser útil en algunos casos, pero se muestra “reacio a darle la misma fuerza que a la antigua distinción entre izquierda y derecha”. Primero, porque “parece más bien munición para una guerra política que un análisis desapasionado, lo que exacerba la polarización que pretende diagnosticar”. Y, en segundo lugar, porque no sirve para explicar ciertas contradicciones.

Bajo este esquema, por ejemplo, habría que considerar “cerrados” –por su supuesto proteccionismo económico– a los partidarios del Brexit. Pero entre algunos de sus más destacados portavoces hay “liberales clásicos que consideran a la Unión Europea como un bloque proteccionista, empeñado en subvencionar industrias ineficientes”.

El eje “abiertos-cerrados” tampoco sirve para entender las ideas de los políticos. Para The Economist, el líder de los laboristas británicos, Jeremy Corbyn, sería abierto respecto de los derechos de los transexuales y la inmigración, pero cerrado cuando se trata de permitir que empresas extranjeras gestionen servicios públicos o de rechazar los pactos de closed shop, que exigen a los trabajadores la afiliación sindical obligatoria.

Pero la pega más seria que apunta el semanario es que la transigencia de los supuestamente más abiertos, a menudo quiebra cuando no sirve a la propia causa. Ocurre, por ejemplo, con los jóvenes cosmopolitas a los que se tiene por campeones de la tolerancia por sus posturas libertarias. La realidad, en cambio, es menos ejemplar. “Intente oponerse al matrimonio gay en un bar universitario y descubrirá el significado de lo que Herbert Marcuse llamaba ‘tolerancia represiva’”.

La seguridad económica de quienes trabajan en sectores profesionales menos afectados por la globalización también resta mérito a la apertura. Y lo mismo opina el semanario de quienes hablan desde la plaza fija de un empleo público o desde sectores que, aun estando inmersos en el mercado global, blindan sus puestos de trabajo contra posibles competidores levantando un muro de restricciones burocráticas.

La situación empeora cuando al desigual reparto de las ventajas de la globalización se le añade el desprecio hacia los perdedores, enmascarado de “cosmopolitismo narcisista”. Entonces la distinción entre “abiertos-cerrados” no solo impide comprender la división social, sino que la alimenta, “al premiar a los ganadores, a fuerza de restar importancia a las preocupaciones legítimas de los perdedores”.

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