Seré duda

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Autor: Andrés Trapiello

Pre-Textos.
Valencia (2015).
720 págs.
35 €.

En 1990, Andrés Trapiello publicó El gato encerrado, el primer volumen de su diario, que lleva como título genérico Salón de pasos perdidos. Seré duda es ya el volumen diecinueve. El trabajo y la perseverancia de Trapiello (1953) han convertido esta obra en una de las aventuras literarias más ambiciosas de la literatura española contemporánea.

Es cierto que esta obra es un diario, género que puede desanimar a los lectores que busquen libros de acción o piensen que estamos ante el recuento anodino y metódico de una vida. El diario, en el caso de Trapiello –y también en el de otros escritores contemporáneos que lo utilizan como su vehículo literario preferido: Iñaki Uriarte, José Luis García Martín…–, es un género flexible, dinámico, elástico, donde tienen cabida los múltiples ingredientes novelísticos de una vida. Por eso abre todos los volúmenes de Salón de pasos perdidos con una cita de Galdós tomada de Fortunata y Jacinta: “Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”.

El argumento, pues, de esta novela-diario es la vida de un único protagonista y personaje llamado Andrés Trapiello. En todos los volúmenes se repiten las situaciones y escenarios de su vida, pero siempre actualizados y con matices nuevos.

En esta ocasión, el diario recoge la vida del autor en el año 2005, cuando se celebró el IV Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. A finales de 2004, Trapiello había publicado su novela Al morir don Quijote, lo que propició que Trapiello fuese invitado a impartir conferencias en numerosas localidades españolas.

Los lectores asiduos de estos diarios ya conocen sus manías y cómo respira, y están habituados a su acidez cuando se refiere a la Iglesia católica (esta vez vierte juicios muy negativos sobre Juan Pablo II), a ciertos ambientes de la vida literaria y política y a valoraciones artísticas (en especial, cuando aparece el arte moderno o alguno de sus gurús).

Sobresale en este volumen un suceso de resonancias íntimas: la muerte del pintor Ramón Gaya (1910-2005). Trapiello reconoce que “por pocas personas sentirá uno mayor gratitud y admiración, a pocas hemos querido tanto, pocos habían dejado en nuestras vidas una huella tan honda, ninguno un magisterio tan silencioso y benéfico”.

Y asistimos, entretenidos, a las vicisitudes de Trapiello en el Rastro madrileño, en busca de libros viejos. Y a sus viajes a Tetuán, Tánger y Bucarest, a los que dedica una atención especial en descripciones y páginas. También vuelven a aparecer pequeños sucesos domésticos, la visita a sus familiares, las periódicas estancias en Las Viñas, la relación con sus hijos, sus lecturas, encuentros con los amigos… Y no podían faltar las rencillas y encontronazos que mantiene con otros autores, los cotilleos, los dardos envenenados… Estos comentarios rebajan algo la calidad de estos diarios, aunque le añaden un morbo que, curiosamente, algunos lectores echarían de menos si desapareciesen, lo que Trapiello sabe muy bien.


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