Sean Penn y el “hombre de negocios”

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En el ejercicio de la profesión, el periodista no llena, en casi ningún caso, el molde que imaginan algunos jóvenes candidatos a la Facultad de Comunicación: el del héroe que va “desfaciendo entuertos” y derrotando gigantes, en buena medida porque los gigantes bien pueden rehuir el enfrentamiento. Pero si no hay combate, no hay victoria, por lo que el héroe se ve obligado a negociar…

El actor estadounidense Sean Penn, a lo que se ve, también ha tenido que negociar los términos de su publicitada entrevista en Rolling Stone con el narcotraficante Joaquín Guzmán, el Chapo; una conversación cuyos arreglos previos dieron las pistas a las autoridades mexicanas para localizar y finalmente recapturar a este individuo.

La labor del periodista y el texto final que llega a los lectores, han quedado, contra lo que dictan la ética y la práctica, a merced de la voluntad de la fuente

La pieza es, en cuanto a sustancia, bastante pobre. Mucho preámbulo y apenas entrevista, pues el Chapo es un hombre parco, que responde sin demasiada elaboración, y su interlocutor tampoco es que merezca un Pulitzer. Lo ilustran unas preguntas tan dulces como “¿tiene algún sueño?” y “si pudiera cambiar el mundo, ¿lo haría?”, interrogantes que un hippie de los 70 respondería con profusión y creatividad, pero que no le arrancan más que dos frases insípidas al jerarca de las drogas.

El punto más polémico del texto, sin embargo, es el aviso en su introducción: “Algunos nombres han sido cambiados, algunas ubicaciones no se han nombrado, y se negoció con el interesado que esta entrevista se presentaría para su aprobación antes de su publicación. El interesado no pidió ningún cambio”.

Es aquí donde el héroe se baja del caballo a negociar de tú a tú con el gigante, pero para nuestro asombro, le entrega la lanza: si el narco no aprueba la redacción final, no se publica. Y ya está. La fuente, que es la vez el objeto de investigación, impone condiciones al entrevistador y este las acepta. El rigor investigador del periodista, su estilo, las palabras elegidas, el tiempo que ha invertido en su trabajo, todo ello queda a merced de la voluntad del entrevistado. Los potenciales lectores, a la espera de lo que este decida. Es así que la entrevista sale de la imprenta con la mordaza de un condicionamiento. Si el Chapo no le objetó nada fue porque así lo entendió, pero no porque no le hubieran concedido el “derecho” de hacerlo. El narco, editor.

Penn, que no es periodista de carrera, pero que ha ido cogiendo sobre la marcha los rudimentos del oficio, algo debía imaginar sobre los límites, pero esta vez los apartó. En sus andares por la profesión, el actor estadounidense ha podido conversar con figuras nada masticables para los círculos políticos de su país, como Hugo Chávez y Raúl Castro. Precisamente para entrevistar al hermano de este último, al expresidente Fidel Castro, para Vanity Fair, voló a La Habana en 2009. El material, sin embargo, jamás se publicó. ¿Acaso no hubo encuentro? Es dudoso: el exgobernante, que ha concedido decenas de entrevistas a norteamericanos que le resultaban menos simpáticos, lo había recibido en 2008, y si Penn regresó a la Isla fue porque existía la posibilidad concreta de reunirse. ¿Acaso hubo desacuerdo sobre los términos en que se publicaría? Tal vez. De ser así, el frustrante resultado le honraría, pues no es cualquier precio el que se puede asumir a cambio de una exclusiva.

La entrevista de Penn ha desplazado, en interés, a un suceso más relacionado con el perfil original de la revista

Los entrevistados, en todo caso, no generan todos el mismo impacto, y las publicaciones saben que el lector agradece el “valor añadido” de que la figura en cuestión sea realmente polémica por sus dichos o por sus actos, y que el algoritmo para dar con ella haya sido todo lo aparatoso que se pueda. La exclusiva viene por el quién, pero también por el cómo, aunque el qué, aquello que tenga que decir el entrevistado, sea bastante insustancial, como es el caso del Chapo Guzmán.

Llama la atención, en tal sentido, que Rolling Stone sí decida pagar el precio del nihil obstat y el imprimatur del Chapo a cambio de asegurarse la atención de los lectores. Va siendo su norma quebrar barreras en pos de ello, según se colige de episodios anteriores, como su “primicia” sobre la violación de una joven a manos de otros universitarios en Virginia, que después resultó ser un bulo, pero que generó 2,7 millones de visitas en su web. En la misma línea de “gran impacto”, hoy la entrevista al capo mexicano aparece a la cabeza de una lista de ocho artículos. Es “lo más visto”, mientras que los siete artículos que le siguen en cola están dedicados a la figura y la obra de David Bowie. Curioso cuando menos: muere un afamado rocker, y en una publicación dedicada, en primer lugar, al pop-rock, es un narco el que atrae el mayor interés. Porca miseria

Más allá, sin embargo, de la injustificable concesión ante la fuente –que una revisión, si la hubiera, pudiera ser cortesía del entrevistador, pero jamás imposición del entrevistado–, otros matices lastran la calidad del texto de Penn. Como su mirada indulgente sobre el Chapo –“es antes que nada un hombre de negocios, que solo recurre a la violencia cuando lo considera ventajoso para sí mismo o sus intereses comerciales”–.

Solo que entrevistar a un criminal no tendría que hacernos olvidar la calidad de sus actos, y ya pueden dejarse en el cajón las referencias positivas a este. Un poco de distancia emocional –como la que tomaba la Fallaci frente a ciertos interlocutores que se ufanaban de incendiar centros comerciales europeos y sabotear aviones israelíes– le hubiera sido un toque necesario.

Porque en el periodismo, como en muchas otras áreas, es posible negociar y coordinar intereses, pero hay también senderos que siempre será mejor no transitar.


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