Las naciones piden perdón por culpas pasadas

Reparar injusticias y superar rencores

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Como en sintonía, no pretendida, con el próximo Jubileo del 2000, diversos gobiernos están reconociendo públicamente culpas pasadas de sus predecesores y pidiendo perdón a las víctimas. La ola empezó con el cincuentenario del fin de la II Guerra Mundial. Pero esta cascada de excusas no se reduce a las atrocidades cometidas durante aquella guerra. Este año, entre otras iniciativas, el presidente de Estados Unidos ha pedido perdón por unos experimentos, realizados hace decenios, con cobayas humanos, y Australia ha reconocido los abusos cometidos contra miles de aborígenes. ¿Qué sentido tienen tales gestos? ¿Sirven para algo?

La lista de públicas peticiones de perdón es abultada. Recordemos algunas más destacadas o recientes.

— A principios de este año, los gobiernos de Alemania y la República Checa firmaron una declaración común para sellar la reconciliación entre ambos países en la cuestión de los Sudetes. Alemania reconoce su culpa por la anexión de 1938, así como los daños consiguientes; los checos confiesan el expolio de los alemanes expulsados de la zona después de la guerra.

— El presidente Clinton ha hecho dos retractaciones públicas y se dispone a hacer una tercera. En 1995 pidió perdón por experimentos secretos realizados durante la guerra fría para comprobar los efectos de la radiación en seres humanos. En mayo pasado reconoció que los experimentos de Tuskegee (1932-1972), en que se empleó a negros como cobayas para estudiar la sífilis, fueron abusivos. Ambos ensayos causaron muertes, y el gobierno ya ha empezado a pagar indemnizaciones. Por fin, el mes pasado, la Casa Blanca anunció su apoyo a una iniciativa de doce parlamentarios -todos blancos-, que proponen que el país pida perdón a la población negra por la esclavitud.

— Una comisión oficial australiana presentó, a finales de mayo, el resultado de su investigación sobre los abusos sufridos por miles de aborígenes que, entre 1910 y 1970, siendo niños, fueron sustraídos a sus familias en virtud de un programa formalmente aprobado (ver tercera parte de este servicio).

— Hace ahora dos años, el Parlamento japonés aprobó una declaración oficial -bastante aguada- en que lamentaba la esclavitud a que el ejército sometió a miles de mujeres -coreanas y filipinas, sobre todo-, durante la II Guerra Mundial, forzadas a servir de prostitutas a los soldados ocupantes. El gobierno decidió promover un fondo, con donaciones privadas, para compensar a las víctimas.

— La gran hambruna irlandesa (1845-1849), en la que murieron quizá un millón de personas cuando una plaga destruyó la cosecha de patata durante cinco años seguidos, es el tema de una reciente declaración pública del nuevo primer ministro británico. Tony Blair afirma que la negligencia culpable de los gobiernos británicos de la época hizo que no llegara la ayuda precisa a la población necesitada.

El peligro del victimismo

Tales gestos no son precisamente unos mea culpa, pues en todos los casos las culpas fueron de otros, distintos de los que ahora las reconocen. Este es el primer motivo de críticas a semejantes declaraciones. ¿Por qué ha de excusarse la gente de hoy por crímenes que cometieron sus antepasados?

Los críticos ven un peligro: que, al exhumar abusos pasados, se contribuya a avivar los sentimientos de agravio, a perpetuar los conflictos, a enquistar los rencores. Se fomenta así también el complejo de víctima. Y hoy parecen proliferar los que se consideran miembros de minorías perseguidas, con derecho a reparación por injusticias históricas, como bien subraya Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia (ver servicio 138/96). De modo que esta ola de excusas puede, en vez de servir a la reconciliación, multiplicar las reivindicaciones dudosas.

Otros piensan, por su parte, que, como también los pueblos tienen memoria, presentar excusas surte, entre ellos, los mismos efectos benéficos que entre las personas. Los odios heredados, que tantas veces desencadenan movimientos de violencia (recordemos Ruanda), suelen basarse en mentiras sobre el pasado. Reconocer la verdad es, por parte de la nación ofensora, muestra de que no justifica los crímenes de sus antecesores, y un paso, por tanto, para que el pueblo víctima deponga su resentimiento.

A esto se refiere Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint -y vuelve sobre el tema en la carta Tertio millenio adveniente-, cuando señala que, para el acercamiento entre las confesiones cristianas, todas las partes precisan una "purificación de la memoria histórica" (n. 2). Con este convencimiento, el Papa, sin perder la perspectiva de la historia -que pide matizar nuestros juicios sobre el pasado-, se ha adelantado a reconocer diversos errores de católicos de otros tiempos (ver segunda parte de este servicio).

De todas formas, en esta ola de actos de contrición nacionales es preciso distinguir dos géneros, según se refieran a hechos recientes o a otros ya antiguos. La diferencia está, en definitiva, en si quedan o no víctimas -o herederos directos- a los que ofrecer reparación. En caso afirmativo, se trata de una cuestión de estricta justicia, y reconocer los crímenes pasados, en sus exactas dimensiones, es condición necesaria para establecer las compensaciones debidas.

Para que la historia no se repita

Cuando no es así, hace falta obrar con cautela. Pues la verdad sobre algunos hechos históricos no es fácil de determinar. Los historiadores a menudo discrepan sobre el grado de responsabilidad de unos y otros. Así, la declaración de Blair sobre la hambruna irlandesa no se ha recibido sin críticas. Algunos han señalado que el primer ministro no menciona la culpa de algunos terratenientes irlandeses, que no dejaron que las ayudas enviadas desde Inglaterra llegasen a los necesitados.

Por otro lado, para no fomentar el victimismo, hay que tomar los reconocimientos de pecados históricos como un gesto de buena voluntad, que no autoriza a pedir cuentas, sino que quiere saldarlas para siempre en el ánimo de los pueblos. ¿O habrá que pagar daños y perjuicios a los negros norteamericanos descendientes de esclavos? Así lo cree el profesor Richard America, de la Universidad de Georgetown, que ha calculado la suma que -teniendo en cuenta todo lo que los esclavos y sus descendientes han perdido o dejado de recibir en dos siglos-, los blancos de Estados Unidos deben a los negros: entre cinco y diez billones de dólares. Pero a quienes hoy sufren desventajas, en parte por causas históricas, hay que facilitar su promoción social del mismo modo que a los desfavorecidos por cualquier motivo, sin pretender pagarles supuestas deudas imposibles de determinar, calculadas basándose en futuribles.

En fin, los reconocimientos de culpas pasadas son un aldabonazo en la conciencia de la nación. Al recordar, sin paliativos, injusticias pasadas, ayudan a que tales hechos no vuelvan a repetirse. Y eso es, con vistas al futuro, lo que más importa.


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