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Trilogía de la frontera: Todos los hermosos caballos, En la frontera, Ciudades de la llanura

All the Pretty Horses, The Crossing, Cities of the Plain


Autor: CORMAC MCCARTHY

Todos los hermosos caballos (All the Pretty Horses): Debate. Madrid (1999). 286 págs. 2.700 ptas. Traducción: Pilar Giralt.
En la frontera (The Crossing): Debate. Madrid (1999). 407 págs. 2.900 ptas. Traducción: Luis Murillo.
Ciudades de la llanura (Cities of the Plain): Debate. Madrid (1999). 275 págs. 2.700 ptas. Traducción: Luis Murillo.


De las tres novelas que componen la Trilogía de la frontera, sólo se había publicado en castellano, hace tres años, la segunda, En la frontera. La edición de las tres a la vez dará una mejor perspectiva de la categoría de McCarthy, un autor de quien se ha dicho con justicia que es un genuino sucesor de Faulkner.

Todos los hermosos caballos transcurre en 1949 y está protagonizada por el joven John Grady Cole: después de un accidentado viaje hasta México, trabaja en un rancho como adiestrador de caballos, se enamora de la hija del dueño, es encarcelado por un delito que no cometió, y finalmente regresa a su ciudad. Situándose diez años antes, En la frontera cuenta la historia de otro adolescente, Billy Parham, que al regreso de una expedición a México y encontrarse con que sus padres han sido asesinados por unos cuatreros, va en busca de estos junto con su hermano menor. En Ciudades de la llanura, Billy Parham y John Grady, trabajadores en un rancho fronterizo con México, a punto de ser expropiado por el ejército en el año 1952, harán frente a la trágica decisión de John de casarse con Magdalena, una jovencísima prostituta mexicana a la que no deja marchar el propietario del burdel.

Un juicio sumario y parcial de las tres sería: Todos los hermosos caballos, la más tensa y directa, es una novela de iniciación con un joven héroe memorable que probablemente pasará a la historia de la literatura. En la frontera tiene una primera parte de una intensidad muy poco frecuente, pero en las tres partes siguientes la acción se demora en exceso con la aparición de personajes que cuentan nuevas historias y largan a veces parrafadas excesivas, aunque siempre merece la pena escucharles. Ciudades de la llanura no tiene ya el carácter de novela de iniciación de las otras dos e interesará a quien se haya visto atraído por las vidas de John Grady y Billy Parham.

McCarthy narra sin prisa, sin admiraciones, sin mayúsculas, sin levantar la voz. Puede hacerlo con frases cortas y diálogos lacónicos, en los que no falta un humor seco y acerado, o construir párrafos extensos que detienen la milésima de segundo que dura el paso de una bala, o describir de modo muy cinematográfico. Pero tan destacable como la calidad literaria y la solidez narrativa es que McCarthy trata a sus personajes siempre con respeto, incluso en los ambientes más sórdidos; ni la crudeza de la vida ni la violencia salvaje de algunos episodios apaga la esperanza, sino que incluso le abre caminos inesperados, y en esto se diferencia del fatalista Faulkner. Más aún, pinta a la doliente Magdalena como podría haberlo hecho Dostoievski, y presenta a unos vaqueros crepusculares que no creen legítimo "firmar un contrato justo hasta que deja de convenirte", que piensan que "la verdad es lo que ocurrió y no lo que sale de la boca de alguien".

A pesar de la desolación que a veces les abruma, los personajes de McCarthy saben que "con Dios no hay ajuste que valga" y, a la vez, son conscientes de que Dios perdona todo "exceptuando la desesperación -dice John Grady-; para eso no hay remedio". Ven a diario que, aunque intentamos resolver el rompecabezas de la existencia, al final "sólo disponemos de la ley de Dios, y de la sabiduría de cumplirla si lo deseamos".