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Los viejos "nuevos valores" de una cinematografía en auge

Lo hispano marcha en Hollywood


Los viejos "nuevos valores" de una cinematografía en auge


En el 43 Festival Internacional de Cine de San Sebastián, celebrado en septiembre, se presentaron cuatro películas muy representativas del auge en Estados Unidos del cine escrito y dirigido por hispanos, sobre todo por chicanos (estadounidenses de origen mexicano): Un paseo por las nubes1, de Alfonso Arau2; La pequeña princesa, de Alfonso Cuarón; Mi familia3, de Gregory Nava, y Desperado, de Robert Rodríguez. Estos films beben en unas fuentes artísticas y culturales distintas a las anglosajonas, y proporcionan un enfoque original de grandes temas del cine actual.

El cine hispano ha existido siempre en Estados Unidos, pero reducido a producciones de escaso presupuesto que sólo llegaban a círculos muy cerrados. Por otro lado, la industria de Hollywood, mayoritariamente anglo, ha presentado con demasiada frecuencia a los hispanos como los malos de sus películas, fomentando así el estereotipo de identificar lo hispano con las bandas callejeras, el tráfico de drogas y el abuso de la asistencia social.

Poco a poco se han ido suavizando estos reduccionismos, sobre todo desde que Hollywood se dio cuenta de la creciente presencia de la comunidad hispana en la sociedad norteamericana y, por tanto, en las colas de los cines. Una presencia favorecida por la elevada natalidad de los hispanos y por el alto porcentaje de inmigrantes centroamericanos, que han creado un mercado potencial de más de 30 millones de espectadores.

Tímidos comienzos

En 1987 comenzaron a surgir películas de entidad con argumentos centrados en la comunidad hispana norteamericana. Destacaron dos títulos: Un lugar llamado Milagro, de Robert Redford, sobre un pueblo Mexican-American de California, y La Bamba, de Luis Valdez, intensa biografía del cantante chicano Ritchie Valens.

Ese mismo año, Gregory Nava, nacido en San Diego en el seno de una familia de mexicanos de origen vasco, rodó su primera película de alto presupuesto: La fuerza del destino, un notable melodrama sobre las dificultades de una familia vasca emigrada a Estados Unidos. El film fracasó en taquilla pero confirmó a la crítica la calidad que Nava ya había mostrado en El Norte (1984), un film de bajo presupuesto sobre la odisea de dos refugiados guatemaltecos, que fue candidato al Oscar al mejor guión y ganó el Gran Premio del Festival de Montreal.

Los años siguientes fueron de mantenimiento, con films como Gringo viejo, de Luis Puenzo; Los reyes del mambo tocan canciones de amor, de Arne Gilmcher; Jugando en los campos del Señor, de Héctor Babenco; Bajo otra bandera, de Bruno Barreto y, sobre todo, American Me (1991), un crudo retrato de las mafias chicanas de Los Ángeles con la que debutó como director Edward James Olmos. Este actor chicano se había hecho muy popular en esos años como consecuencia de su candidatura al Oscar al mejor actor por su trabajo en Stand and Deliver (1988), y por su papel de teniente Castillo en la serie Corrupción en Miami. También se haría muy famoso por esas fechas otro gran actor chicano, Jimmy Smith, con su caracterización del abogado Víctor Cifuentes en la serie La Ley de Los Ángeles. La enorme difusión de estas dos producciones televisivas supuso un nuevo espaldarazo a la consolidación del cine hispano en la industria de Hollywood.

Éxito comercial

Se llega así a 1992, año en que se alcanzó el punto de inflexión: el éxito sorprendente de El mariachi4, singular y baratísimo thriller de acción rodado por el chicano de Texas Robert Rodríguez. Comprado y distribuido por Columbia TriStar, obtuvo un rotundo éxito comercial, que coincidió, además, con el estreno de Como agua para chocolate5, del mexicano Alfonso Arau6, que acabaría convirtiéndose en la película extranjera de producción independiente más taquillera de la historia en Estados Unidos.

Estos éxitos se vieron reforzados por la creciente popularidad de un buen número de actores hispanos -Raúl Julia, Andy García, Rosie Pérez, Antonio Banderas...- y por el interés que despertaron dos películas basadas en novelas de escritores chicanos: Atrapado por su pasado7, de Brian de Palma, basada en las obras de Edwin Torres; y Sin miedo a la vida8, de Peter Weir, adaptación de la novela de Rafael Yglesias, que también escribió el guión.

En la actualidad toda esta corriente hispana parece haber alcanzado una entidad distintiva, similar a la que logró el cine afroamericano de la mano de cineastas como Spike Lee, John Singlenton, Steven Anderson o Boaz Yakin.

Exuberancia visual y realismo mágico

El cine hispano se distingue a nivel artístico por su vitalidad narrativa y por su colorismo, además de por una peculiar mezcla lingüística de inglés y español, y por el papel de la música como elemento de identidad cultural. Herederos de una ecléctica tradición cultural, los directores hispanos suelen dar a sus películas una exuberante resolución visual, que aúna el homenaje al rico folclore tradicional de sus pueblos de origen con una singular fascinación por la tierra. Esto otorga a las ceremonias -bodas, entierros, fiestas...- y a los entornos naturales -también a los urbanos- una gran importancia dramática. Es el caso de la fiesta de la vendimia y del viñedo familiar en Un paseo por las nubes9, y de la boda y la huerta en Mi familia10.

Estos elementos naturalistas suelen estar envueltos por una singular atmósfera de misterio, que tiene su origen en toda la corriente literaria sudamericana del realismo mágico. Y confirmarían, además, ese predominio de los sentimientos frente a la racionalidad que, según Alfonso Arau11, distingue la cultura hispana de la anglosajona.

La familia como modelo vital

En cualquier caso, ese predominio no significa que las películas hispanas sean más superficiales en sus tratamientos de fondo. En este sentido, son muy significativas las aportaciones del cine hispano a uno de los grandes temas del cine contemporáneo: la familia. Frente al retrato conflictivo y desorientado de muchas películas anglos, los films hispanos conceden gran valor a la unidad familiar tradicional -con frecuencia, en familias numerosas- y a la comprensión entre padres e hijos como factor decisivo de estabilidad personal e integración social.

De hecho, la familia es el tema central de casi todos los films hispanos antes citados. "La familia, como fuerza de vida, está presente en el corazón de los latinos, en su propia cultura y en cada una de sus experiencias", señalaba Gregory Nava en San Sebastián. Además, el cine hispano suele plantear la familia con un enfoque bastante universal, a pesar de su aparente localismo. El propio Nava reconocía su asombro cuando un director chino le manifestó durante el festival que Mi familia12 reflejaba perfectamente a la familia china.

Visión católica

Sin duda, en esta atractiva visión de las relaciones familiares influye la mayor profundidad moral que muestran en sus films los directores hispanos. Con matices, casi todos ellos parten de un modelo ético muy alejado del relativismo de cierta cultura anglosajona. Esto explicaría también su acendrada sensibilidad social -con una fuerte carga crítica contra las insolidaridades del sistema USA- y su sugerente visión del trabajo, en las antípodas de la moral materialista del triunfo a cualquier precio.

Esta solidez moral hay que atribuirla en buena medida al importante papel de la religión católica en la cultura hispana. Ciertamente, el catolicismo de los personajes se mezcla a menudo con ciertas supersticiones -heredadas de las tradiciones indígenas precolombinas-, pero es decisivo en sus motivaciones y, desde luego, se presenta de un modo mucho más sugestivo que en las películas anglos. Incluso en Desperado -el film hispano menos interesante de los últimos años-, Robert Rodríguez muestra con simpatía a un sacerdote ofreciéndose a confesar al asesino protagonista. Es la misma amabilidad con que Alfonso Arau13 presenta a un sacerdote bendiciendo la cosecha de uva en Un paseo por las nubes14, o con que Gregory Nava refleja en Mi familia15 las firmes convicciones católicas de la madre y la conflictiva historia de la hija que se hace monja.

Anarquismo amable

De todos modos, lo anterior no significa que los films hispanos estén exentos de ese permisivismo moral -sobre todo en materia sexual- que caracteriza cierto cine norteamericano actual. Precisamente el vitalismo antes citado provoca en algunas películas hispanas un tratamiento desmesurado y excesivamente explícito del sexo y la violencia. A veces se plantea como denuncia de la dura situación social que padece la comunidad hispana en Estados Unidos, como en American Me; pero, con frecuencia, responde a una burda concesión a la galería, como sucede en Desperado. Incluso, este defecto viene provocado en ocasiones por un cierto temor a que los tratamientos de fondo de la película resulten demasiado blandos y positivos para el supuestamente endurecido público actual. Pienso que es lo que le pasa a Mi familia16.

En cualquier caso, no hay que olvidar que la mayoría de los directores hispanos son hijos del desconcierto ético de su tiempo, lo que en muchos de ellos -como en el caso de Alfonso Arau17-, se ha concretado en una cierta tendencia ácrata. Pero es un anarquismo amable, sin demasiados prejuicios ideológicos, abierto al afán de recuperación de los viejos nuevos valores que se detecta cada vez más en la sociedad norteamericana; unos nuevos valores a los que estos cineastas hispanos, por su tradición cultural y religiosa, están aportando enfoques muy interesantes. Seguramente, como afirmó en San Sebastián Gregory Nava, "en el futuro habrá en Estados Unidos una nueva cultura, bilingüe, que mezclará lo latino y lo anglosajón".

Jerónimo José Martín