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Preocupa la disminución de los cristianos en Oriente Medio

Motivos económicos y discriminaciones, principales causas de la emigración


La presencia cristiana en Oriente Medio continúa debilitándose, al menos cuantitativamente. El fenómeno fue analizado en el simposio sobre "Las comunidades cristianas en el Oriente Medio árabe", que se ha celebrado entre el 8 y el 10 de mayo en Turín. El número total de cristianos en Egipto, Líbano, Siria, Irak, Jordania, Israel y Palestina asciende en la actualidad a poco más de siete millones de personas, lo que representa el 6,1 por ciento de la población.

Para los participantes en las jornadas de estudio, organizadas por la Fundación Agnelli, la presencia cristiana en esa región supone un factor de pluralismo cultural y la única alternativa al predominio del islam: por tanto, afirmaron, el futuro de esas comunidades no interesa sólo desde el punto de vista estrictamente religioso, sino también político y estratégico.

La disminución de cristianos en Oriente Medio es un proceso en curso desde hace cincuenta años. En 1914 era cristiana el 26,4% de la población del territorio que actualmente comprende Israel, Jordania, Líbano y Siria. A partir de ahí comenzó el descenso (19,1% en 1945), hasta llegar al actual 9,2% (en esos cuatro países).

El problema de la emigración fue uno de los temas de debate (cfr. servicio 161/931). Una de las situaciones más complejas es la que viven los cristianos palestinos, que deben defender su propia identidad y combatir el prejuicio según el cual sólo sería auténticamente árabe el musulmán. Los cristianos en Israel suponen sólo el 2,1% de la población; en los últimos cuatro años, además, han abandonado la región de Jerusalén más del 90% de las familias cristianas.

La causa principal de la emigración sigue siendo la situación política, que condiciona las perspectivas de futuro. Según una encuesta realizada entre 1.200 jóvenes palestinos, residentes en Cisjordania, el 51% desea marcharse, pero el 65% añade que permanecería si hubiera realmente paz.

Por su parte, Philippe Farges, demógrafo de El Cairo, puso el acento en el proceso de islamización a través del matrimonio mixto. En Egipto los matrimonios entre hombres cristianos y mujeres musulmanas son el motivo esencial de las quince mil conversiones al islam que, como media, se producen cada año en el país.

Para el padre Khalil Samir, uno de los mayores especialistas en literatura árabe, el problema principal de los cristianos en Oriente Medio es el de la ciudadanía. Para la cultura musulmana tradicional, los derechos derivan del Corán y sólo en él encuentran justificación. Los hebreos y los cristianos, en cuanto monoteístas y siempre que acepten la autoridad del Corán, han sido tolerados, pero como ciudadanos de segunda clase.

"No niego que a algunos de estos países -precisó el padre Samir- han llegado bocanadas de liberalismo y modernidad. Pero la caída de las esperanzas suscitadas por regímenes nacionalistas de corte socialista, y el agravamiento de la crisis económica en la región, han conferido nuevas fuerzas a cuantos ven en el Corán la única solución practicable. Y eso, a pesar de que luego no expliquen cómo hacerlo practicable y se limiten a repetir que en el Corán está todo".

En su opinión, el modelo más aceptable de convivencia religiosa en esa región ha sido el Líbano, "donde no en vano los cristianos han dejado una huella decisiva en la organización del Estado". Otros puntos de referencia actuales serían Siria e Irak, "donde el planteamiento laico de las instituciones salva a los cristianos de discriminaciones religiosas, aunque de todas formas la vida cotidiana es dura para ellos". Por lo que se refiere a Jordania, señaló que la contención del fundamentalismo musulmán se debe a la figura del rey Hussein, y que está abierta la incógnita de qué pasará después.

Varios de los participantes en el simposio han subrayado que la causa fundamental del perjuicio causado por cierto tipo de islamismo radica en haber hecho de la religión y la política un binomio inseparable. Cambiar esa concepción, de modo que el interlocutor del Estado sea el ciudadano, titular de derechos que hay que reconocerle al margen de su confesión religiosa, supone dar un giro de ciento ochenta grados a esa mentalidad.