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¿Ola verde o burbuja mediática?


Las valoraciones sobre el resultado de los Verdes en las recientes elecciones europeas1 han sido variadas. Los más entusiastas presentan su ascenso como una gesta épica, que habría logrado contener a los populistas y que debe mucho al empuje de los jóvenes. Otros, en cambio, limitan su alcance al rico noroeste de Europa. Y no hay que descartar que la famosa “ola verde” de la que se está hablando, tenga algo –o bastante– de burbuja mediática.


(Actualizado el 12-07-2019)

El Grupo de los Verdes/Alianza Libre Europea –que reúne a ecologistas, partidos pirata e independentistas– se consolida como el cuarto más influyente en un Parlamento Europeo muy fragmentado. Tras ganar 24 escaños, queda con 74 de 751, según los resultados provisionales2. Es el segundo que más ha subido, después de los Liberales (+41).

En Alemania, Francia, Reino Unido e Irlanda, los Verdes más o menos duplican votos y representantes

Como ocurre con otras coaliciones, en esta hay variedad de causas. Aunque tienen un programa común y suelen votar con cohesión, cuidar el medio ambiente no es la prioridad de los partidos pirata, más centrados en cuestiones de gobernanza. Ni tampoco lo es para los eurodiputados independentistas que aporta al grupo3 la Alianza Libre Europea (ALE o, en inglés, EFA), que incluye a los nacionalistas escoceses, galeses y catalanes, entre otros.

La ola no llega a toda Europa

Los Verdes han logrado el mejor resultado de su historia, pero su representación parlamentaria en el conjunto de la Unión Europea sigue siendo modesta.

En Alemania quedan segundos, con 21 escaños (más cuatro de sus socios del EFA) y el 20,5% de los votos, con sorpasso incluido al Partido Socialdemócrata. En Francia sorprenden con un tercer puesto: logran 12 escaños y el 13,4% de los votos. En Reino Unido también han dado la campanada, con 7 (y cuatro del EFA) y el 11,8%. En los tres casos más o menos duplican votos y representantes, lo mismo que en Irlanda, que pasan de 0 a 2 escaños.

Otros países en los que avanzan son: Finlandia, el segundo partido más votado del país (queda con 2 escaños), Holanda (3), Bélgica (3), Dinamarca (2) y Luxemburgo (1).

En Croacia y Hungría pierden el escaño que tenían. En Austria pasan de 3 a 2. Pero la gran decepción es Suecia, el país de la joven Greta Thunberg, símbolo de las huelgas estudiantiles contra el cambio climático. Pasan del segundo puesto en 2014 (con el 15,4% de los votos) al cuarto (11,4%). Lo sorprendente es que en una nota de prensa4 sobre las elecciones europeas, los Verdes obvian este dato y celebran otro: “Suecia logró más que duplicar el resultado de su última elección nacional [sic] en septiembre de 2018, del 4,4% a 11,4%”.

En el sur y el este de Europa, los Verdes apenas tienen representación. De ahí que Ben Pile relativice5 en Spiked la importancia del voto verde. “Lejos de expresar las preocupaciones de los votantes de toda Europa”, los buenos resultados en Alemania, Francia y Reino Unido “reflejan en realidad una marcada división geográfica sobre cuestiones climáticas dentro de la UE. Parece que el ecologismo es una preocupación del noroeste de Europa”.

E incluso dentro de esos tres países –añade–, es posible distinguir una brecha de clase entre los partidarios de la ortodoxia climática y los críticos de la “eco-austeridad”, que no por ser verde gusta a todos. Las protestas de los chalecos amarillos6 en Francia es un ejemplo elocuente.

La letra pequeña de las elecciones

Los resultados de unas elecciones admiten lecturas distintas. Y más en las europeas, donde compiten partidos diferentes en 28 países, y es posible encontrar ejemplos y contraejemplos para muchas afirmaciones. Cada analista pone el acento allí donde considera que hay cambios significativos, aunque no siempre es fácil sacar tendencias para toda Europa. El arte está en señalar algo de relieve, sin desfigurar la visión de conjunto.

En estas elecciones, por ejemplo, era lógico destacar el hecho de que las dos formaciones que hasta ahora siempre habían sumado entre las dos más del 50% de los escaños –Populares y Socialdemócratas– han retrocedido hasta perder esa mayoría (retienen el 44,7%). Esto era novedoso y merecía destacarse. Pero sin olvidar el panorama general: siguen siendo los más votados en Europa, por delante de los Liberales y los Verdes.

En la UE hay una marcada división geográfica y de clase en cuestiones medioambientales

Varios de los principales medios europeos que durante la campaña se apuntaron al pánico antipopulista7, ahora han dado un giro hacia la complacencia, como este titular de El País: “El auge de Verdes y Liberales frena el avance ultra en el Parlamento Europeo”. Le Monde dedicó un editorial a la “ola verde”. Y The Guardian habla8 de la “revolución silenciosa” que ha dado la victoria a los ecologistas en Bruselas, Berlín y Dublín.

Que los Verdes avanzan en Europa, está claro. ¿Pero no es alejarse de la visión general sugerir que son la marca política de moda? Si los nacional-populistas preocupaban antes de las elecciones, ¿no deberían dar más miedo ahora que han sido la fuerza más votada no en tres capitales cosmopolitas, sino en Italia, Francia, Reino Unido, Hungría, Polonia y República Checa? Si es una hazaña que los Verdes alemanes pasen del 10,7% de los votos en 2014 al 20,5%, ¿no lo es más que la Liga de Salvini crezca del 6,1% al 34,3%?

El pueblo son los míos

Dice el editorial9 de Le Monde que el nuevo ímpetu verde es, “junto con el aumento de la participación, el principal hecho político de estas elecciones europeas de 2019”. Y considera su avance como “la novedad que emerge de las ruinas de un mundo en peligro, el mundo del eje izquierda-derecha”. Pero ¿y los Liberales, que son los que más escaños ganan? ¿Y los populistas, repartidos en distintos grupos?

La recién estrenada mística verde puede llevar a sacar conclusiones erróneas. Si Bas Eickhout, vicepresidente del Grupo de los Verdes/Alianza Libre Europea, deduce10 de los resultados que la “ola verde” da a los suyos “el mandato y el deber de impulsar el cambio en Europa”, ¿no podrían también Salvini o Le Pen interpretar que hay un mandato del “pueblo” a favor del nacional-populismo, como de hecho hacen?

El problema de que cada cual tome su parte por el todo, es que al final llegamos a la paradoja de tener un Parlamento Europeo fragmentado como nunca y multitud de facciones convencidas –también como nunca– de representar al pueblo europeo.

¿Jóvenes por los Verdes?

Matiza Le Monde que el avance de los Verdes en estos comicios va más allá de la ganancia de escaños, pues hay “una dinámica ecológica” que trasciende las divisiones partidistas y lleva a otras formaciones –de izquierdas y de derechas– a poner más énfasis en la protección del medio ambiente. Y también parece claro, como dice Emma Graham-Harrison en The Guardian, que en la nueva Eurocámara los Verdes serán cruciales en la toma de decisiones, al haber perdido poder democristianos y socialdemócratas.

Ambos diarios ven con buenos ojos la simpatía de los jóvenes de algunos países por Los Verdes. Le Monde, porque eso sugiere que el electorado joven –tradicionalmente más inclinado a la desafección política– está dispuesto a movilizarse cuando tiene por delante un proyecto propositivo. Y The Guardian, porque el dato augura un buen futuro para las formaciones ecologistas.

En otro artículo11 firmado por varios corresponsales, Le Monde da más datos sobre los jóvenes. Y el entusiasmo es muy desigual. En Alemania, los Verdes es el único partido en el que el apoyo de los votantes menores de 30 años (el 34% les ha votado) es mayor que el de la media nacional (en el conjunto de electores logra el 20,7%). Los democristianos de la CDU-CSU ganan las elecciones con el 28,7% de los votos, pero solo les vota el 13% de los de menos de 30 años.

Tenemos un Parlamento Europeo fragmentado como nunca y multitud de facciones convencidas –también como nunca– de representar al pueblo europeo

Sin embargo, en Bélgica, donde coexisten dos formaciones ecologistas, buena parte del voto joven también está repartido entre los dos partidos más a la izquierda y a la derecha. En Suecia, pese a que el 90% de los jóvenes sitúan la lucha contra el cambio climático entre sus prioridades, los más votados entre los de 18 a 30 años son los conservadores.

A la vista de esta variedad, resulta discutible que los jóvenes europeos –o sus mayores– hayan dado un mandato a los Verdes para negociar en su nombre. Y si hay un nuevo ímpetu ecologista –que lo hay– este está repartido entre los votantes de distintos países. En este sentido, hay que recordar que los Verdes no tienen el monopolio de la causa ecológica, ni tampoco la receta económica para mejorar la protección del medio ambiente.

“Lo pequeño es hermoso”

En un artículo12 publicado en UnHerd, Giles Fraser llama la atención sobre la contradicción que observa en buena parte de la clase política, fascinada por el ecologismo y, a la vez, por el crecimiento económico y tecnológico ilimitados.

Incluso entre los ecologistas más críticos con el capitalismo –dice Fraser–, es posible encontrar a autores y políticos que menosprecian los pequeños cambios en los estilos de vida (para consumir menos y evitar el despilfarro, por ejemplo), pues los consideran insuficientes para asaltar la fortaleza capitalista. La convicción del economista E. F. Schumacher de que “lo pequeño es hermoso” hace tiempo que ha dejado de ser mainstream.

La observación de Fraser encuentra un ejemplo en el Green New Deal impulsado por la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez13, un ambicioso plan contra el cambio climático que pretende lograr al mismo tiempo más justicia social, más empleo, más viviendas asequibles… Fraser, por su parte, prefiere un conservadurismo verde que ponga el foco en un crecimiento y un bienestar a pequeña escala.