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“Aung San Suu Kyi ha heredado un problema histórico”


El Papa Francisco iniciará el próximo 27 de noviembre un viaje apostólico a dos países asiáticos: Bangladesh y Myanmar (Birmania), en los que el cristianismo está en minoría respecto a las religiones de mayor arraigo local (el islam en el primer caso, el budismo en el segundo). Las estadísticas vaticanas precisan que en Bangladesh viven 375.000 católicos, un 0,3% de la población, mientras que en suelo birmano unos 659.000 fieles configuran también, con el 1,3% del total, un “pequeño rebaño”.


Desde Myanmar, donde Francisco estará entre el 27 y el 29 de noviembre, el arzobispo de la diócesis de Yangón (Rangún), cardenal Charles Bo, explica a Aceprensa que los católicos del país consideran la visita como un momento de gracia “intensa”: “Es una visita del Buen Pastor, que se preocupa profundamente por personas cuya vida no es fácil, por los inmigrantes, los pobres, los desvalidos y los socialmente excluidos. Él ha encendido una luz sobre nuestro país con su próxima venida”.

Las turbulencias políticas que afectaban al país en 2011 imposibilitaron en ese momento la celebración del Jubileo por los 500 años del cristianismo en el país

Para Mons. Bo, la presencia del obispo de Roma será el segundo acontecimiento más relevante para la Iglesia birmana después la conmemoración de los 500 años de la llegada del cristianismo. Según explica la web1 de la Conferencia Episcopal, el evangelio llegó de la mano de los misioneros jesuitas, dominicos y franciscanos, y se proclamó por primera vez en 1511. Las turbulencias políticas que afectaban al país en 2011 imposibilitaron en ese momento la celebración del Jubileo, que tuvo lugar posteriormente, entre noviembre de 2013 y noviembre de 2014. Ahora, con la visita de Francisco, el cardenal espera que la identidad de la Iglesia Católica de Myanmar se vea reforzada.

Libertad religiosa… en clave budista

Myanmar vivió por décadas bajo el yugo de los militares –que no acaban de irse: controlan el 25% del Parlamento–, y la Iglesia también se vio obligada a hacer su travesía del desierto. “Ha vivido –nos dice el cardenal Bo– la guerra, el despojo, la migración insegura. La visita del Papa se enfocará entonces en el proceso de sanación, de modo que todas las comunidades curen sus heridas y contribuyan a la prosperidad y la paz de la nación”.

Que todavía los cristianos birmanos no pueden vivir con toda libertad su fe es una realidad. La última edición del Informe sobre Libertad Religiosa2, del Departamento de Estado de EE.UU., tomaba nota del mejorable estado de cosas en 2016.

El documento explica que el gobierno birmano seguía imponiendo restricciones a las prácticas religiosas diferentes del budismo, y que lo mismo demoraba años en conceder los permisos para la construcción de iglesias o mezquitas, que impedía el acceso de los fieles de esas confesiones a los servicios sociales, o les discriminaba para determinados empleos. Entre las historias que cita, está la de los seguidores de un monje budista que edificó un altar y plantó una bandera en los predios de una iglesia anglicana, bajo el pretexto de que antes había habido allí una estructura de su religión. Para evitar un conflicto, el obispo Saw Stylo y otros líderes cristianos le entregaron unos terrenos en otro sitio y decidieron no emprender acciones legales.

Contra los rohingyas, discriminación permanente

Ahora bien, además del deficiente estado de la libertad religiosa, si por algo suscita gran atención la visita de Francisco es por su coincidencia en el tiempo con la escalada de represión que vienen sufriendo en los últimos meses los miembros de una minoría étnica: los rohingyas, a manos del ejército y de grupos de monjes budistas violentos. Que la premio Nobel de la Paz (1991) Aung San Suu Kyi ostente en este momento el cargo de Consejera de Estado, con poderes ejecutivos, no parece estar sirviendo de mucho para detener la tragedia.

El drama, sin embargo, no es reciente: con un millón de personas –la mayoría de ellas, unas 800.000, residentes en el occidental estado de Rakhine–, los rohingyas, musulmanes y de habla bengalí, han sido tradicionalmente discriminados. Oficialmente no se les considera birmanos, sino bengalíes traídos por la metrópoli británica a trabajar en ese territorio hasta 1935, y por eso no se les reconocen los mismos derechos que al resto de la población. Los rohingyas, sin embargo, se perciben como los descendientes de mercaderes musulmanes que llegaron desde la India hace cuatro siglos a Arakhan (actual Rakhine), de la mano de los reyes mogoles. El propio nombre de la etnia es polémico: para las autoridades, lo apropiado sería llamarlos bengalíes o “la minoría musulmana”, pero no rohingyas, pues es un gentilicio que significa “provenientes de Rakhine”, con lo que serían nacionales, no extranjeros.

Un monje budista edificó un altar en los predios de una iglesia anglicana; el problema solo se resolvió entregándole otros terrenos de la iglesia

La discriminación que sufre este grupo adopta diversas formas: desde negarles la ciudadanía, hasta exigirles que soliciten a la autoridad un permiso para casarse –que puede tardar–, así como limitarles a dos el número de hijos que están autorizados a tener, bajo amenaza de fuertes multas y cárcel. En su informe, el Departamento de Estado refería, por ejemplo, que los rohingyas no pueden asistir a las escuelas públicas, que aquellos que viven en campos de refugiados no pueden atravesar el estado de Rakhine para ir a la universidad, y que no se les emiten títulos de graduación a menos que presenten un carné de identidad que avale su pertenencia a una minoría étnica “extranjera”.

Desde el verano pasado, al estado de conflicto y subyugación permanente que vive esta comunidad se le ha sumado una ola de represión militar bajo el pretexto de combatir a un grupo armado rohingya. Como consecuencia, hasta el 20 de octubre, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) cifraba en 589.000 los musulmanes que habían escapado por su vida a Bangladesh desde el 25 de agosto. Y las historias3 son muy, muy dolorosas.

“Mejor con perros que con musulmanes”

En lo que va de año, Francisco se ha pronunciado en varias ocasiones en defensa de este pueblo. El pasado 27 de septiembre, tras el rezo del Angelus, dijo haber recibido “tristes noticias sobre la persecución de la minoría religiosa de nuestros hermanos rohingya”, y pidió a Dios que suscitara “hombres y mujeres de buena voluntad en su ayuda”.

Sobre el terreno, sin embargo, no hay demasiada buena voluntad. Según comentaba en mayo pasado al New York Times4 Gerard McCarthy, director del Centro de Investigaciones sobre Myanmar de la Australian National University, “el sentimiento antimusulmán es omnipresente en Myanmar y la Liga Nacional de la Democracia (el partido de Aung San Suu Kyi) no lo cuestionará en ningún proyecto legislativo”.

Y están, por otra parte, los instigadores de ese odio, que los hay no solo en el estamento militar. Uno de los grupos más conocidos es el Ma Ba Tha, una especie de Hamas en versión budista, pues además de dedicarles mensajes incendiarios a los creyentes de otras religiones, funciona como una red de asistencia social, educativa y legal. Uno de sus líderes es el monje Ashin Wirathu, un personaje conocido por sus duras diatribas contra los musulmanes: ha llegado a decir que a las mujeres budistas les es mucho mejor casarse con perros que con seguidores del islam, y ha dado las gracias públicamente a los sicarios que asesinaron a un prominente abogado musulmán, lo que le ha valido que el Consejo Budista Sangha, la máxima autoridad del budismo local, le prohibiera predicar durante un año.

Wirathu ha lanzado sus advertencias al Papa para que no defienda a los rohingyas durante su visita. “No hay ningún grupo étnico rohingya en nuestro país, pero el Papa cree que son originarios de aquí. Es falso”.

El chivo expiatorio

Francisco pisará, pues, un terreno minado de odios, en el que no muchos están por la labor de desactivarlos. Le preguntamos al cardenal Bo:

— ¿Qué perspectivas de solución le ve Ud. al conflicto con esta etnia?

— Este asunto, desafortunadamente, se ha salido de control. Los recelos contra el islam en todo el mundo y el tratamiento a las minorías en algunos países islámicos han contribuido a alimentar la fobia aquí. Los países que están saliendo de sistemas opresivos y totalitarios duraderos necesitan encontrar chivos expiatorios, y los rohingyas han venido a serlo. Myanmar precisa enfrentarse a muchos problemas y a la verdad sobre su sufrimiento.

En cuanto a la solución, el tema se ha vuelto altamente emocional para casi todos los birmanos. Parece haber una rara unidad nacional en esto. El gobierno de Aung San Suu Kyi no puede ser culpado de todo, pero la comunidad internacional ve el problema en blanco y negro. Lo de los rohingyas es un doloroso síntoma de todas las demás heridas de esta sufrida nación. Espero que todos se den cuenta de esto, incluidos aquellos que no están contentos con el gobierno de Myanmar.

Hasta el 20 de octubre, la ACNUR cifraba en 589.000 los rohingyas que habían escapado a Bangladesh desde el 25 de agosto.

El problema tiene que ver con la Ley de Ciudadanía aprobada por la Junta Militar en 1982 (1). Creo que necesita ser revisada por el gobierno civil con la ayuda de la comunidad internacional. Aquellos que han vivido por tantos años en nuestro país necesitan justicia. Las autoridades les han entregado dos veces tarjetas de ciudadanía temporales. Deben de tener entonces la lista de esas personas, pues incluso han votado en elecciones. Pienso que las verificaciones de ciudadanía deben comenzar por esa lista. Y las preocupaciones de Myanmar sobre los ciudadanos ilegales tienen que ser tenidas en cuenta. Una perspectiva de dar y tomar favorecerá el diálogo.

— Hasta donde Ud. conoce, ¿es serio el compromiso de la señora Aung San Suu Kyi de poner fin a la persecución contra los rohingyas?

— Como Ud. sabe, su papel ha sido fuertemente criticado. Ha heredado un problema histórico, y no tiene todo el poder o el mandato para responder a esto. El ejército continúa ocupando importantes ministerios. El mundo espera que su aura moral de la etapa de la lucha democrática vuelva a arrojar luz, pero como ella ha dicho a menudo, ahora es una política, y está en el proceso de fortalecer una democracia aún muy frágil.

Sobre los rohingyas, ella aprecia la necesidad de una respuesta estructural: ha designado a la Comisión Annan (2), ha aceptado las recomendaciones de esta, ha creado un mecanismo de implementación, y ha invitado a los refugiados que se marcharon a Bangladesh a regresar. Creo que el suyo es un acto de equilibrio entre el ejército, los nacionalistas, la élite religiosa y el creciente sentimiento popular contra los rohingyas. Y está por la solución, a través de un proceso de verificación.

“La Iglesia birmana nunca se ha callado”

Aunque la Iglesia estuvo entre los afectados por la falta de libertades durante el régimen militar, “rechazó desempeñar el papel de víctima”, nos dice el cardenal Bo. Según explica, más bien trabajó sanando heridas y alcanzó a las comunidades golpeadas por la pobreza con sus servicios de salud, de educación y atención pastoral.

“Incluso durante la Junta Militar la Iglesia se posicionó a favor del respeto a los derechos humanos. Rechazamos callarnos por las amenazas y las restricciones, y a través de nuestros sermones y declaraciones apoyamos el proceso de democratización. Tanto en el pasado como en el presente hemos estado alineados con las fuerzas que han batallado por un mayor espacio democrático en nuestro país. Hemos abierto canales de diálogo, y convocado a los líderes religiosos a desarrollar iniciativas ecuménicas por la paz. Hemos sido la voz de la sociedad civil antes de que surgieran las organizaciones locales”.

“La Junta –añade– decidió debilitar a la Iglesia en los años 60. Las instituciones que colaboraban con el desarrollo social fueron confiscadas, y los misioneros fueron expulsados de la noche a la mañana. Pero la Iglesia no solo sobrevivió, sino que ha salido adelante sin ningún tipo de apoyo financiero o institucional”.

Por último, alerta del incremento del nacionalismo religioso, y señala que los brotes antimusulmanes de 2012 y 2013 solo fueron aplacados por la fuerza de la intervención gubernamental. “El extremismo, apoyado por los medios de comunicación, continúa siendo una potente amenaza a la paz y la armonía”.

 


(1) La Ley de Ciudadanía, de 1982, contempla tres categorías legales de ciudadanía (ciudadanos de pleno derecho, ciudadanos asociados y ciudadanos naturalizados), aplicables a sus 135 etnias. Los rohingyas no están incluidos entre ellas.

(2) Creada por el gobierno birmano en 2016 y presidida por el exsecretario general de la ONU, Kofi Annan, la comisión tenía el objetivo de proponer medidas concretas para mejorar las condiciones de vida de la población de Rakhine. En agosto de 2017 presentó sus recomendaciones.