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La vida y nada más

La vie et rien dautre


Director: BERTRAND TAVERNIER

La vie et rien d'autre


Director: Bertrand Tavernier. Intérpretes: Philippe Noiret, Sabine Azema, Pascale Vignal.

Realizada en 1989, esta película ha recibido una docena de premios importantes, varios a Noiret por su interpretación, sin duda admirable, del comandante Dellaplane, eje de toda la historia. El resto de los actores no desmerecen un ápice a su lado.

Bertrand Tavernier, de ya larga y valiosa trayectoria, es más conocido comercialmente por Alrededor de la medianoche (1986), sobre el mundo del jazz. Recibió un decidido aplauso de la crítica con Un domingo en el campo (1984); pero ya se mostró autor hecho y seguro con su primer trabajo: El relojero de Saint Paul (1974), una de crímenes a la francesa.

El guión -de Jean Cosmos- es casi perfecto en la sabia presentación de personajes y escenarios, en el creciente interés de la historia, en lo medido de sus ingredientes: relación amorosa, costumbrismo, retrato de las consecuencias de una guerra, los soldados, el campo y sus gentes... Cooperan al mismo nivel la música, ambientación, fotografía...

Durante la postguerra de 1914, Irene, mujer de la alta burguesía, busca a su marido entre los desaparecidos en combate; Alice, joven maestra, busca igualmente a su novio. Coinciden ambas en un centro militar de identificación de desaparecidos, a cargo del comandante Dellaplane. Por lentos e inesperados vericuetos, en ese paisaje de muertos, nace el amor entre Irene y el comandante, entre la maestra y un dibujante a sueldo del ejército; y al paso surgen ideas.

El ejército está en la historia de amor como un fuerte telón de fondo, y es ridiculizado con humor, con ironía, y a veces con crueldad injusta. Este antimilitarismo es su primera, pobre y tópica idea.

Como no se profundiza en la causa de las guerras, la otra idea es una mentira: Dios es el culpable de ellas. A ese respecto el guionista ha pergeñado una escena insultante, amañada y falsa: en la iglesia del pueblo, por necesidades de local, se ha dividido la nave con una pequeña pared de madera; mientras el sacerdote dice Misa, ensayan unos músicos y cantan a voz en grito al otro lado de la débil pared: se entabla una irreverente discusión, que intenta ser cómica, entre el sacerdote y los músicos. Con tan increíble atentado al sentido común se desprecia lo religioso. Este discordante pegote y el tópico antimilitarista desacreditan las valiosas historias de amor.

Pedro Antonio Urbina