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La Venezuela inflacionaria


Caracas. En un año electoral y de escandalosos acontecimientos de represión política y prácticas antidemocráticas, los venezolanos deben sobrellevar el día a día en medio de la búsqueda de los productos básicos que se necesitan en los hogares, estirando “la plata” y haciendo malabares que permitan satisfacer las necesidades, con un bolívar (unidad monetaria local) que cada vez vale menos.

La construcción del socialismo bolivariano se mide por la longitud de las colas

Hacer colas se ha convertido en algo de todos los días, llegando incluso al extremo –antes impensable– de tener que acudir a buscar los productos básicos portando el número de cédula de identidad, como consecuencia de un racionamiento implementado por el gobierno. Eso significa que algunos venezolanos buscan sus alimentos el lunes, otros el martes, y así consecutivamente cada día de la semana.

¿Cómo se justifica eso en un país que ha presentado en la última década los más elevados ingresos por concepto de venta de petróleo?

Sin divisas, ni se produce ni se importa

Ha llegado el momento que advertía el economista García Banchs, según el cual la economía ha logrado imponerse por encima de la política. En este momento preciso se incumple lo que este experto denominó como “la regla de oro del petropopulismo”, haciendo referencia a que el precio del petróleo creciera a un ritmo superior al que crece la inflación. En estas condiciones, la economía deja de ser un factor que juega a favor y se convierte en un límite que obliga al gobierno nacional a replantearse escenarios con condiciones menos –nada– favorables.

En febrero de este año se anunció una medida que era esperada por el país entero con la confianza de que pudiera sentar las bases de un cambio que sincerara la realidad económica nacional. Se trata del Simadi o “Sistema marginal de divisas” según el cual se reconsideran los mecanismos para la adquisición de divisas. Como se sabe, Venezuela tiene control cambiario y ha pasado a lo largo de los últimos años por distintas reformas que regulan la adquisición de divisas. El Simadi representa la más reciente de ellas.

Hay que enfatizar que esta tasa no sincera la economía, pues ha oscilado desde su creación alrededor de los 190 Bs. por dólar, mientras que para productos básicos existe una tasa 30 veces menor, y mientras, persiste un control cambiario que mantiene un dólar paralelo a un valor mucho mayor. Se hace urgente un ajuste sincero del tipo de cambio oficial, a pesar de que esto representaría la mayor devaluación de nuestra historia monetaria. Para la mayoría de los economistas, mientras no se levante el control de cambios, seguirán las distorsiones y se agudizará el panorama de una Venezuela donde no solo es un problema que te asignen dólares, sino que además resulta un verdadero calvario –y casi un imposible– la liquidación de estos.

Control de cambios

El propio control de cambios ha generado en Venezuela un incentivo para importar sobre la posibilidad de producir, precisamente por la distorsión cambiaria y porque la situación de inestabilidad política en el país ha sido un acicate para debilitar la producción nacional. Y ante un escenario en el cual no es posible liquidar las divisas que solicitan quienes importan en Venezuela, la escasez se agudiza.

Para adquirir los artículos de consumo hay que mostrar la célula de identidad

El gobierno asegura que se debe a una guerra económica encabezada por la oposición y determinados sectores económicos, pero, según afirma el economista José Guerra, este escenario es consecuencia de la destrucción de la capacidad productiva que desde 2007 se ha generado por las expropiaciones y la inseguridad jurídica fomentadas por el gobierno nacional.

El salario mínimo en Venezuela se ubica en 5.634,47 Bs, y el euro amanece hoy –varía a diario- a una tasa de 300 Bs por euro. Si “traducimos” entonces al valor del euro que la gente asume en la calle, el salario mínimo de un venezolano vendría siendo de apenas 19 euros al mes. Esa es la realidad de un país consumido no solo por la polarización y la violencia, sino por la escasez y la inflación.

Según el más reciente estudio de DatinCorp, el desabastecimiento es el principal problema que aqueja a los venezolanos. La inseguridad ha sido desplazada por el tema económico, sin que eso signifique que hayan disminuido los niveles de violencia en las calles.

Los que se van

Así, entre desabastecimiento, inseguridad y un altísimo costo de la vida, los venezolanos se sobreponen día a día a una aguda crisis como nunca antes se había vivido. Este malestar y descontento generalizado, cargado de inestabilidad y crisis de gobernabilidad, se traduce en un incremento en los niveles de rechazo del actual gobierno.

En medio de esta severa crisis que atraviesa Venezuela, la mayor de ellas es sin duda la estampida de venezolanos que buscan abrirse camino fuera de su país. En cada familia existe alguien que está en algún otro país, intentando salir adelante.

No era así la Venezuela del siglo pasado, y mucho menos la de los años 60. Esta generación es nieta, en no pocos casos, de abuelos italianos, españoles, portugueses, que llegaban al continente americano, y a Venezuela especialmente, a trabajar y a elevar a sus familias en una tierra de oportunidades. Una tierra en la que construyeron hogares en los que sus hijos pudieron acceder a educación pública –primaria, secundaria y universitaria–, y donde surgió una sólida clase media que pudo brindar a sus hijos –la generación de quien escribe– mayores beneficios de los que sus padres pudieron brindarles a ellos.

Carolina Abrusci es profesora de Estructuras Político-Constitucionales Comparadas en la Universidad Central de Venezuela y delegada de la Fundación Ciudadanía y Valores en el país.
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Este artículo es un extracto del documento original publicado por Funciva1