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El mito de la Tierra plana

Inventing the Flat Earth: Columbus and Modern Historians


Autor: JEFFREY BURTON RUSSELL

Editorial Stella Maris.
Barcelona (2014).
274 págs.
16,50 € (papel) / 6,80 € (digital).
Traducción: Verónica Rosendo.



Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 17/151

La historia no solo habla de cómo se ha desenvuelto el ser humano; sobre todo es una manera de explicarnos qué somos y qué pretendemos. Por eso, la historiografía tiende a postular una antropología e incluso una ideología. En otras palabras: un libro de historia suele ser, antes que nada, un relato preñado de moraleja, y los hechos aludidos son descritos e interpretados según la conveniencia.

Esta podría ser una de las conclusiones, tras leer El mito de la Tierra plana o cualquier otro libro de sesgo “revisionista”. La obra divulgativa de Jeffrey Burton Russell (1934) así lo advierte: “Nuestra cosmovisión está basada más en lo que pensamos que sucedió que en lo que de verdad aconteció” (p. 112).

Este libro se divide en tres partes. Primero, expone cuál era la visión sobre la Tierra que se tenía desde la Antigüedad clásica hasta Colón. En general, y con profusión de autores y épocas, se asumía que el mundo era esférico, y varios cálculos sobre su tamaño –estimaciones basadas en la observación minuciosa– daban un tamaño no muy distinto del que hoy conocemos. Otra cuestión es que, a la vez, se entendiera que el mundo permanecía fijo en el centro del cosmos, y que el Sol y los astros giraban en torno. Son dos temas distintos: la esfericidad del planeta y el geocentrismo ptolemaico o aristotélico.

El segundo aspecto tratado en El mito de la Tierra plana es la disputa acerca de Colón y su viaje. El navegante supo convencer a los reyes de Castilla y Aragón de que un viaje a través del Océano permitiría llegar desde Canarias hasta Cipango. La distancia de ese viaje, según Colón, era tres veces menor de lo que los eruditos de la época sostenían. A tenor de los conocimientos geográficos del s. XV, así como de aquellas técnicas de navegación, el proyecto colombino era una mezcla temeraria de fábula y de empresa ineficaz. Sin embargo, el Almirante conocía los alisios, y a la distancia que él preveía se topó con islas; eso sí, no Japón, sino las Bahamas.

El tercer bloque constituye un análisis de los libros que, a partir del s. XIX, han conformado la falsa caricatura del hombre medieval como un ignorante sumido en la oscuridad, sometido a los irracionales dogmas de la Iglesia. Según esas corrientes historiográficas, Colón sería un pionero de la libertad, un rupturista que abrió los ojos a todos cuantos pensaban que la Tierra era plana. El desarrollo de este bloque es muy sugerente, y señala bien las coordenadas que aún hoy perfilan el discurso del relato histórico. En opinión de Russell, el impulsor de estos tópicos es Washington Irving (1783-1859), autor de gran imaginación y exotismo (Cuentos de La Alhambra, La leyenda de Sleepy Hollow, Crónicas moriscas…), que no dudaba en distorsionar sus insuficientes conocimientos.

Jeffrey Burton Russell es catedrático emérito de Historia de la Universidad de California y ha impartido clases en instituciones como Berkeley, Harvard y Notre Dame. Ha escrito varios libros sobre cristianismo, en especial sobre brujería y Satanás, algunos traducidos al español. Esta versión de El mito de la Tierra plana, publicado originalmente en 1991, adolece de cierta indefinición en la traslación de nombres clásicos, además de algunas erratas.

El mito de la Tierra plana incluye el diario de Colón en su primer viaje, que en realidad es la versión que nos ha quedado a través de la copia de Bartolomé de Las Casas.

En general, el libro es un buen instrumento para conocer las pautas sobre qué opinión tenían los antiguos y medievales, y hasta qué punto nuestra época parece empeñada en negarles mérito.