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Benedicto XVI a los obispos de Estados Unidos

La libertad religiosa exige respeto a la objeción de conciencia


“La Iglesia trata de convencer proponiendo argumentos racionales en el espacio público”

La libertad religiosa no se reduce a la libertad de culto sino que debe incluir el respeto a la objeción de conciencia de las personas y de las instituciones católicas para no ser discriminadas por no querer intervenir en prácticas intrínsecamente malas. Esta es una de las ideas centrales que Benedicto XVI transmitió en su discurso1 a un grupo de obispos de Estados Unidos en visita ad limina en Roma.

Es un tema que preocupa a los obispos americanos, pues últimamente instituciones católicas (hospitales, agencias de adopción, Universidades...) están siendo discriminadas en la provisión de servicios por no aceptar nuevos “derechos”, como el matrimonio homosexual y su derecho a adoptar, o la obligación de cubrir en los seguros sanitarios medidas de “salud reproductiva” (aborto, anticonceptivos...). La inquietud de la Iglesia católica a este respecto se manifestó el pasado otoño en la creación de un nuevo Comité de Libertad Religiosa, para promover las garantías en este campo.

El Papa se refirió a las “serias amenazas” que una radical secularización supone para el “testimonio moral público de la Iglesia”. “Son particularmente preocupantes –dijo– algunos intentos de limitar la más querida de las libertades americanas, la libertad religiosa. Muchos de vosotros habéis señalado que ha habido un esfuerzo coordinado para denegar el derecho a la objeción de conciencia a personas e instituciones católicas en lo que se refiere a la cooperación en prácticas intrínsecamente malas. Otros me han hablado de una preocupante tendencia a reducir la libertad religiosa a mera libertad de culto sin garantías de respeto a la libertad de conciencia”.

Católicos coherentes en la vida política

Para superar estas tendencias, Benedicto XVI ha subrayado la importancia de la acción coherente de los laicos en la vida pública. “Una vez más se ve aquí la necesidad de contar con laicos católicos comprometidos, elocuentes y bien formados, dotados de un fuerte sentido crítico frente a la cultura dominante y con valentía para contrarrestar un secularismo reductivo que deslegitimaría la participación de la Iglesia en el debate público sobre cuestiones que son decisivas para el futuro de la sociedad americana.”

Se necesitan laicos con “fuerte sentido crítico frente a la cultura dominante y con valentía para contrarrestar un secularismo reductivo”

La visión del Papa en este tema contrasta con la idea del católico que en política renuncia a defender su postura para no “imponer sus convicciones”. Al contrario, Benedicto XVI aprecia los esfuerzos de los obispos estadounidenses “para mantener contactos con católicos comprometidos en la vida política y para ayudarles a comprender su personal responsabilidad a la hora de ofrecer un testimonio público de su fe, especialmente sobre los grandes problemas morales de nuestro tiempo: respeto del don divino de la vida, la protección de la dignidad humana y la promoción de los auténticos derechos humanos”.

El papel de la Iglesia en el espacio público

El respeto de la justa autonomía de la esfera secular, aclaró el Papa, debe tener en cuenta también que nada es ajeno a la autoridad de Dios. Por eso, “es indudable que si los católicos americanos dieran un testimonio más coherente de sus más profundas convicciones harían una contribución importante a la renovación de la entera sociedad”.

Benedicto XVI defendió que “el testimonio de la Iglesia es por su naturaleza público: trata de convencer proponiendo argumentos racionales en el espacio público. La legítima separación de la Iglesia y del Estado no puede significar que la Iglesia deba permanecer en silencio ante ciertos temas ni que el Estado no escuche o no se sienta afectado por las voces de creyentes auténticos, a la hora de determinar los valores que van a moldear el futuro de la sociedad”.

El Papa situó su reflexión en el marco de las relaciones entre religión y cultura. Señaló que en el corazón de cada cultura hay “un consenso acerca de la realidad de la naturaleza y del bien moral, y por tanto sobre las condiciones para el florecimiento humano”.

“En América –dijo– este consenso, consagrado en los documentos fundacionales de vuestra nación, estaba fundamentado no solo en la fe sino también en un compromiso con ciertos principios éticos derivados de la naturaleza y de la naturaleza de Dios. Hoy dicho consenso se ha erosionado de modo significativo frente a nuevas y poderosas corrientes culturales que no solo se oponen directamente a las enseñanzas de la tradición judeo-cristiana, sino que son crecientemente hostiles al cristianismo como tal”.

Esto constituye una amenaza no solo para la fe cristiana, sino también para la humanidad. “Cuando una cultura trata de suprimir la dimensión misteriosa última, y de cerrar las puertas a la verdad trascendente, inevitablemente se empobrece y enferma”.