Por qué los sindicatos de profesores son tan poderosos

Marcus A. Winters reseña en City Journal el libro de Terry M. Moe Special Interest: Teachers Unions and America’s Public Schools, que analiza el poder de los sindicatos de profesores de la enseñanza pública en Estados Unidos. La situación que describe es similar a la de otros países.

Desde hace ya bastantes años crece en Estados Unidos la conciencia de que es necesario reformar la enseñanza pública. Hay muchos alumnos de condición modesta atrapados en escuelas de mala calidad, pero resulta muy difícil rectificar el rumbo de los centros fallidos. En cada vez más lugares se ofrecen a las familias vías de escape: charter schools, o sea centros públicos y gratuitos pero con autonomía para diseñar sus programas, métodos y plantilla docente; o cheques escolares para que paguen –hasta un límite de gasto– el colegio privado que prefieran. Ambas fórmulas tienen aceptación, y en general las solicitudes superan ampliamente la oferta de plazas.

Estas soluciones también tienen enemigos; el mayor de todos son los sindicatos de profesores del sector público, porque –alegan– así se detraen recursos de la enseñanza pública. Tampoco les gustan porque las charter schools y las escuelas privadas no están sujetas a los convenios colectivos firmados por los sindicatos con las autoridades escolares. Y esta es una de las claves de las escuelas autónomas, pues si los promotores quieren seleccionar al profesorado, ampliar el horario escolar o negociar los salarios, con los convenios no pueden. Por eso mismo es tan difícil introducir innovaciones en las escuelas públicas y son tan bien recibidas las charter schools y los cheques en las zonas pobres.

Inamovibles como funcionarios

A esta situación contribuye mucho, como recuerda el libro de Moe, el estatuto cuasi-funcionarial de los profesores de escuelas públicas. Es prácticamente imposible despedirlos, y su promoción depende principalmente de la antigüedad. En esas condiciones, no se puede seleccionarlos, ni distribuirlos ni estimularlos premiando los méritos o castigando la incompetencia. Pero los sindicatos defienden con energía y casi siempre con éxito este régimen.

Los profesores de la enseñanza pública tienen claros intereses comunes, están muy motivados y se movilizan con facilidad.

¿Cómo lo consiguen? No hay que pensar en conspiraciones ni nada turbio. La base de su poder es sencillamente que tienen muchos afiliados, y por tanto abundante dinero de las cuotas. Luego emplean sus recursos en adquirir influencia política. En conjunto, los dos grandes sindicatos nacionales de profesores, la American Federation of Teachers y la National Education Association, son el donante número uno a campañas en elecciones federales, con gran diferencia (30%) sobre el segundo que es AT&T. Además de dinero, aportan de entre los afiliados voluntarios para ayudar a los candidatos de su preferencia. Casi todo el apoyo es para el Partido Demócrata, tradicionalmente aliado con ellos.

De todas formas, señala Moe, en Estados Unidos hay otros muchos lobbies que compiten por el favor de los políticos. Las mejores bazas de los sindicatos de profesores no están en las campañas nacionales, en que se debaten cuestiones de política general, sino en el ámbito local, donde se deciden las condiciones de trabajo y el régimen de las escuelas. Ahí su poder es más efectivo, y genuinamente sindical: los profesores de la enseñanza pública tienen claros intereses comunes, están muy motivados y se movilizan con facilidad. Pero la gran diferencia con otros sindicatos está en la posición de las otras partes interesadas. Los “clientes”, o sea los padres de alumnos, no están tan bien organizados, ni mucho menos. Los “patronos”, o sea la administración educativa, no son dueños de las escuelas sino representantes elegidos, con un mandato temporal.

Así, los sindicatos son muy influyentes en las elecciones a los consejos escolares, sobre todo porque participan más que nadie. Moe lo muestra con varios ejemplos, como este tomado de California: en las elecciones al consejo escolar de un distrito, votaron el 7% de los padres y el 46% de los profesores. De modo que los sindicatos necesariamente tienen mucho poder: contribuyen de modo decisivo a elegir a quienes tendrán que negociar con ellos.

Unidos en la defensa de sus intereses

Los efectos negativos de este poder sindical en la enseñanza pública no deriva de ninguna maldad o fijación ideológica por parte de los profesores. Se trata simplemente de unos intereses particulares muy claros y enérgicamente defendidos, y no contrapesados por otros, sobre todo por pasividad de los demás interesados. En asuntos generales, los docentes tienen diversas opiniones, pero están muy unidos en lo que respecta a proteger sus salarios y condiciones de trabajo. Por ejemplo, dice Moe que, según una encuesta nacional, el 55% de ellos admite que el empleo inamovible hace muy difícil prescindir de los profesores mediocres o incompetentes; pero el 77% se oponen a suprimir ese régimen laboral.

Pero se perciben vientos de cambio, señala Moe. En efecto, el descontento con la enseñanza pública es general. El documental Waiting for Superman (cfr. Aceprensa, 18-10-2010), que ha recogido y también fomentado el disgusto del público, señala a los sindicatos como responsables de buena parte de los problemas. Los sindicatos ya no cuentan con un aliado incondicional en las más altas esferas del Partido Demócrata, como muestra la escasa simpatía que les dedica la actual Casa Blanca.

Sin embargo, Moe opina que estas corrientes políticas no son suficientes para cambiar el panorama porque no quitan a los sindicatos su poder de raíz local. Según él, lo que más puede rebajar la influencia sindical es la introducción de las nuevas tecnologías en la enseñanza, en la medida en que permitan prestar el servicio con menos personal. Así ocurrió antes en la industria, cuando la robótica hizo bajar el empleo en el sector.


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