Por qué ha pinchado la burbuja progresista

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Una creencia muy extendida entre las élites progresistas es que quienes se oponen a su manera de ver el mundo son una amenaza para la libertad y la tolerancia. La presunción es que esos “bárbaros” quieren llevarse por delante los valores de la democracia liberal. Sin embargo, la revuelta cultural contra las élites también puede interpretarse como la expresión de la falta de consenso sobre el significado de esos valores, no como su impugnación.

En las sociedades democráticas, la mayoría de los ciudadanos no solo no tienen problemas con los llamados “valores occidentales”, reconocidos en las Constituciones europeas, sino que los respaldan y defienden. El desacuerdo surge cuando pasamos de los valores a las causas. Es decir, cuando la clase política establecida y los medios de comunicación afines a ella intentan traducir en medidas concretas lo que ellos dicen que son la igualdad, la libertad, la tolerancia o la diversidad.

También las élites coquetean a veces con la noción de “no-pueblo”, al considerar enemigos de la tolerancia a quienes discrepan de la mentalidad dominante

En esto, el establishment progresista puede parecerse a los líderes populistas que intentan secuestrar la voluntad del pueblo. La estrategia es conocida: las muchas voces del pueblo se reducen a una sola; y el dirigente populista se atribuye el monopolio de la interpretación de esa voz. Todo lo que media entre el líder y los ciudadanos es presentado, de forma interesada, como “no-pueblo”.

También las élites coquetean a veces con la noción de “no-pueblo”. Y así, por ejemplo, cualquiera que se opone a su idea de tolerancia es considerado de forma automática como enemigo de la tolerancia.

Quienes discrepan de la mentalidad dominante no se oponen necesariamente a la tolerancia. Pero sí a que les digan que la tolerancia supone bendecir y abstenerse de criticar los puntos de vista con los que están en desacuerdo.

No se oponen a la igualdad. Pero sí a la protección selectiva de los derechos de unos colectivos, a expensas de los de otros.

No se oponen a la libertad. Pero sí a que les pongan trabas a escoger para sus hijos una educación conforme a sus convicciones, mientras ven cómo el Estado toma partido por otras visiones del mundo.

No se oponen a la diversidad. Pero sí al relativismo que confunde la apertura de mente con la aceptación acrítica de todas las ideas y estilos de vida.

Un consenso ficticio

Las élites progresistas dan por sentado que cuando ellas hablan de los “valores occidentales”, todo el mundo está de acuerdo con las definiciones que dan de esos valores, pues en el fondo –piensan– esa es la única interpretación que cabe esperar de una mente ilustrada. La paradoja es que, por la vía del supuesto consenso indiscutible, se acaba traicionando el debate ilustrado.

Lo explica muy bien David Thunder en El Mundo: tras la erosión del consenso moral de las naciones cristianas, “los discursos políticos y mediáticos han tendido a esquivar o reducir a fórmulas simplistas y políticamente correctas algunas cuestiones cruciales para el futuro de Occidente”.

En vez de asumir con naturalidad democrática (e ilustrada) el pluralismo de valores y de visiones del mundo, se ha optado por actuar como si todos pensáramos lo mismo. De un lado, “se esconden las verdaderas dificultades de la tolerancia y convivencia detrás de afirmaciones vagas del pluralismo, diversidad e inclusión, que parecen decir todo y nada a la vez”. De otro, se recurre a la corrección política para intentar inculcar unas ideas y unas normas de lenguaje que, en opinión de las élites, representan el modo correcto de expresarse sobre una serie de temas discutidos.

Las élites progresistas dan por sentado que cuando ellas hablan de los “valores occidentales”, todo el mundo está de acuerdo con las definiciones que dan de esos valores

Pero esto es zanjar los desacuerdos en falso. La burbuja del consenso ficticio acaba pinchando, cuando los “populistas como Trump –dice Thunder– canalizan las frustraciones acumuladas de un pueblo que ha sido privado durante mucho tiempo de un foro público donde expresar y explorar sus inquietudes”. Y en vez de afrontar el ya evidente desacuerdo, se vuelve a las andadas y “lo descartan como un fanático que no merece su atención. Y un buen día, se dan cuenta de que este fanático está respaldado por una porción nada despreciable de sus conciudadanos”.

Dobles raseros

Frente a la narrativa que solo exige cambios a las masas ignorantes, Thunder aboga por repartir responsabilidades. Si los populistas siguen subiendo en votos, escaños e influencia, las élites tienen que preguntarse por su parte de culpa en el “vacío ético” que ahora aspiran a colonizar los populistas. Hay un vacío no porque falten valores, sino porque se ha eludido el debate sobre el significado de esos valores.

La tentación entonces es querer disimular la falta de razones, cargando contra la irracionalidad del rival. Sobre este peligro advierte en El País Klaus Geiger: “Nadie puede aceptar las mentiras, pero debemos aceptar que una democracia pluralista necesita un debate abierto, y no una visión dualista de las cosas en la que se viva con la esperanza de que, algún día, se imponga un ‘espíritu del mundo’ percibido como bueno y avanzado. Retraerse al propio ‘nosotros’ y difamarlos a ‘ellos’ es humano, pero también infantil”.

Tampoco ayudan los dobles raseros. Es curioso que las mismas élites que se erigen en guardianas de la diversidad y la inclusión, hagan la vista gorda con las ofensas hacia la religión. O que quienes presumen de haber alcanzado cotas altísimas de tolerancia, se pongan nerviosos cuando alguien defiende una idea de matrimonio distinta de la suya. 

En un admirable ejercicio de empatía, Ted Folkman –un abogado crítico con Trump– trató de meterse en la mente de quienes sí votaron al republicano. Y llegó a la conclusión de que la discriminación positiva que ha traído la política identitaria es, a su juicio, uno de los motivos más serios que alimentan el voto a Trump. A los denostados blancos y cristianos, explica en MercatorNet, les resulta difícil de entender que se puedan usar “la ley y el activismo para beneficiar a unas minorías que funcionan políticamente como un grupo de presión clásico, mientras a ellos les dicen que no pueden organizarse como un grupo racial o religioso para defender sus intereses”.

Es cierto que ni Trump ni otros críticos de la corrección política lo han puesto fácil, confundiendo la libertad de expresión con las faltas de respeto. Pero responder a un exceso con otro –el cierre del debate– no ataja la raíz del problema: “Si queremos moderar los excesos del populismo –concluye Thunder– es imprescindible llenar el vacío ético de nuestra vida pública de voces que puedan representar de modo más completo los intereses de todos los sectores de la sociedad (…). Necesitamos fomentar un debate público más equilibrado e inteligente sobre la crisis de gobierno y la crisis de valores que está pasando el mundo occidental”. 


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