Pena de muerte: cuando el reo tiene rostro

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Análisis

Karla Faye Tucker, la asesina ejecutada en Tejas el 3 de febrero, ha causado conmoción en Estados Unidos, donde casi todas las semanas se aplica alguna pena de muerte sin que la gente muestre mucho interés. Pero Tucker reunía varias condiciones especiales: era una mujer, se expresaba bien, se había convertido en ferviente cristiana y todo el país la conocía a través de la televisión. Los comentarios publicados en estos días subrayan que esta ejecución ha hecho pensar a muchos. Pero no es seguro que, pasada la impresión, cambie la opinión pública, mayoritariamente a favor de la pena capital.

Pedir clemencia para Tucker no es lo mismo que rechazar la pena de muerte. Muchos de los que intercedieron por la condenada en este caso siempre se han manifestado partidarios del castigo que se le ha aplicado. Entre ellos, señaladamente, están los protestantes evangelistas conservadores, con el telepredicador Pat Robertson a la cabeza. Adujeron que Tucker merecía el perdón por su arrepentimiento, su buena conducta durante más de 14 años en prisión y su conversión religiosa. Pero Tucker no era un caso excepcional. Muchos de los condenados a muerte experimentan la misma transformación en la cárcel, según dice el Washington Post en un editorial (5-II-98). Y «la pena de muerte, por su misma naturaleza -prosigue el diario-, no manifiesta un particular interés por la rehabilitación».

De hecho, que Tucker se convirtiera, a los ojos del público, en un caso especial, quizá no ha ayudado a la causa abolicionista ni, en último término, a ella misma. La pena de muerte, dicen los partidarios, sería más difícil de justificar si no dependiera sólo de los criterios legales, aplicados a todos los condenados por igual, mujeres u hombres, negros o blancos. Para el próximo 20 de abril está prevista la ejecución en Tejas de otra mujer, que, a diferencia de Tucker, es de raza negra y ha renunciado a apelar. Si el gobernador del Estado, George Bush, hubiera otorgado la gracia a Tucker, se habría expuesto a críticas por la diferencia de trato.

De ahí que distintos comentarios opuestos a la pena capital vean cierta incoherencia en el movimiento de compasión despertado por Tucker. Tracey Duncan, periodista que presenció la ejecución -y otras siete antes de esta-, explica en The Daily Telegraph (5-II-98) que no volverá a aceptar encargos de ese tipo. Ante el despliegue de los medios de comunicación el pasado 3 de febrero, se pregunta: «¿Dónde estaban esos 500 periodistas y técnicos de televisión venidos de todo el mundo, o los mil manifestantes que protestaban a las puertas de la prisión, hace dos semanas, cuando ejecutaron a Leslie Gosch?». En aquella ocasión sólo se presentaron seis periodistas y un único manifestante, precisa Duncan. Con Tucker fue distinto, dice, «porque era una mujer y, por tanto, su caso era una bomba periodística».

Otros comentarios van más allá. Lo especial del caso, dice Ellen Goodman (The Boston Globe, 5-II-98), es que «Karla Faye Tucker puso un rostro en la masa de condenados a muerte». Es lo que muestran reflexiones como la de una mujer entrevistada para una crónica del New York Times (5-II98): «Hasta ahora yo estaba a favor de la pena de muerte. Pero cuando llegas a conocer a alguien por televisión, te paras a pensar: ¿es eso lo que se merecen los condenados?». Algo parecido dijo una periodista -citada por Goodman- de una cadena evangélica de televisión, para explicar por qué, siendo partidaria de la pena capital, no lo era de la ejecución de Tucker: «Ella no encajaba en la imagen que teníamos de los condenados a muerte».

Por eso los comentaristas se preguntan si la simpatía suscitada por Tucker servirá de algo a los 3.365 sentenciados a muerte, hombres más del 98% de ellos, que hay actualmente en Estados Unidos. Aunque relativamente pocos terminarán en el patíbulo (las ejecuciones en todo el país no llegan aún al centenar anual), ellos no tienen rostro para el público. La batalla televisada de Tucker por su vida ha tenido un efecto similar al de la ecografía que muestra en su aspecto humano al feto que iba a ser abortado; o ha sido para la gente algo parecido a pasar de la defensa teórica de la eutanasia a atender a enfermos terminales. Es más difícil aprobar la muerte de alguien al que se conoce.

Rafael Serrano

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