Otros estrenos (9 agosto 2019)

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Breves notas sobre algunas películas que se estrenan el 9 de agosto.

Lola y sus hermanos
Lola et ses frères

Director: Jean-Paul Rouve. Guion: Jean-Paul Rouve, David Foenkinos. Intérpretes: Ludivine Sagnier, José Garcia, Jean-Paul Rouve, Ramzy Bedia, Pauline Clément, Lola Dubus. 105 min. Jóvenes.

Amable melodrama sobre tres hermanos muy unidos. Todos han cumplido los 40 y acumulan errores y fracasos en sus relaciones familiares. El actor Jean-Paul Rouve dirige e interpreta su cuarta película, que coescribe con el novelista David Foenkinos, conocido especialmente por La delicadeza, una película que sin ser especialmente brillante era distinta.

La historia, cotidiana y sencilla, prescinde de los ya muy vistos conflictos extravagantes (Norte-Sur, bodas en las que afloran las rencillas, etc.). Rodada con sencillez y montada de manera que fluye a un ritmo más ágil de lo común en el cine contemporáneo francés de este género, la película se ve bien aunque sobran 15 minutos de metraje. Los actores componen personajes cercanos que evitan ese empalago histriónico que padecen muchas comedias francesas similares. Aunque está presente esa simpleza naif tan propia de los relatos de Foenkinos, se agradece su elegancia y que evite el cinismo o la frivolidad de que hagas lo que hagas todo va a ir bien... Alberto Fijo.

 

Buscando la perfección
L’empire de la perfection

Director y guionista: Julien Faraut. Documental. 95 min. Jóvenes.

Curioso documental deportivo, cercano al cine experimental, surgido a partir de las películas didácticas filmadas por Gil de Kermadec para la Federación de Tenis francesa. El cineasta acumuló muchas latas de metraje, para mostrar la técnica del deporte, lo que culminó en el material de la final de Roland Garros en 1984 entre John McEnroe e Ivan Lendl.

Una cita de Jean-Luc Godard al arranque, donde se señala que el cine miente, pero el deporte no, sienta las bases de la propuesta de Julien Faraut. El realizador maneja las imágenes centrándose en McEnroe, a veces con planos en que el rival resulta invisible: están sólo él y sus demonios interiores, que le llevan a quejarse de todo, a los árbitros y los cámaras, incluido el propio Kermadec. Ante los ojos del espectador surge así la sombra de la duda, pues hay una composición casi actoral, de “cinéma vérité” (Tom Hulce afirmó haberse fijado en McEnroe y los modos caprichosos de su genio para su Mozart de Amadeus), mientras Faraut se pregunta si con su presencia no habrá modificado el juego del tenista y el resultado del partido decisivo. José María Aresté.


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