Oscars 2018

Del negro y riguroso #MeToo al festivo e inclusivo ¡Que viva México!

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Son las seis de la mañana en Europa, acaba de terminar la 90 edición de los Oscar, y quizás no sea el titular más corto pero resume lo que ha sido una Gala que confirma dos tendencias de la Academia de Hollywood. Por un lado, su afán de singularizarse de los Globos de Oro y por otro, su indisimulado deseo de fundirse con el discurso más políticamente correcto.

Palmarés

Ocurrió el año pasado, cuando la Academia decidió premiar una película de la que ya no se acuerda nadie (Moonlight) y dejar de lado a la gran favorita (y ganadora de los Globos de Oro) La La Land. Y lo ha hecho este, dándole el premio gordo a una película bastante discutida –hay quien la adora y quien la detesta– pero que, como en el caso de Moonlight, apuesta por un discurso muy políticamente correcto.

La forma del agua es una cinta decente, pero son muchos los que piensan –y es el caso de quien firma estas líneas– que el premio no viene por sus cualidades cinematográficas (en ese caso, tendrían que haberle dado los premios técnicos) sino por una serie de cualidades extracinematográficas. Es una película dirigida por un mexicano que defiende con su historia la necesidad de abrir fronteras, cosa que está muy bien, pero que –en un país que ha elegido democráticamente como presidente a Donald Trump– suena más a exorcizar demonios que a verdadero mérito cinematográfico. La historia de Del Toro es flojita y hace agua –nunca mejor dicho– por todos los lados, pero su discurso de inclusión (territorial, mental, político, social y, sobre todo, afectivo y sexual) es una especie de mantra del que nadie quiere apartarse un milímetro… y la Academia de Hollywood mucho menos.

Vuelta a la alfombra roja

De hecho, el guion de la Gala de los Oscar parecía haberse escrito con la plantilla de La forma del agua. Si los Globos de Oro apostaron por un discurso unívoco, contundente –en contra del abuso sexual y a favor del feminismo– y subrayado en negro, la Academia de Hollywood abrió el marco. Con lógica empresarial, dejaron a un lado la imposición del total black y la alfombra roja volvió a convertirse en un estallido de color (más de uno que vive de la unión moda-cine debió de suspirar de alivio) y, probablemente también con esa misma lógica, en lugar de centrar el tiro en la discriminación de la mujer, metieron en el saco a otros colectivos marginados: negros, asiáticos, latinos, gays, transexuales, musulmanes, etc.

A nivel de disertación, nada que objetar, al contrario: las múltiples llamadas a que los relatos se amplíen y a que haya más gente contando historias diferentes solo pueden ser bienvenidas (aunque a uno le queda la sospecha de si esa apertura mental se va a aplicar a todos y cada uno de los relatos y se podrá hablar también con la misma libertad de religión, defensa de la vida, ecología humana o familia, por ejemplo). El problema es que se juzguen las películas con estas mismas categorías ideológicas y se quiera terminar con la discriminación y con los muros a base de estatuillas. Nadie gana con esto. Ni la sociedad, ni la política… ni desde luego el cine.

Pues eso, a lo que íbamos: el gran ganador de la noche de los Oscar fue México, el país demonizado por Trump. Además del Oscar a la mejor película, Guillermo del Toro se llevó el Oscar al mejor director y Coco se llevó otros dos premios (mejor película de animación y mejor canción). La cuota black fue para Jordan Peele, por el guion original de Déjame salir, la gay para Call Me by Your Name, que ganó el premio al mejor guion adaptado, y la transexual para la película chilena, Una mujer fantástica. Paradójicamente, los que esperaban –esperábamos– ver representada también la cuota feminista con algún premio para la estupenda Lady Bird, nos quedamos con las ganas (pero ya he dicho antes que había que separarse de los Globos). Sí que hubo una película premiada –Dunkerque– que cumple un canon que fue denostado varias veces a lo largo de la Gala (películas que hablan sobre blancos heterosexuales). Se llevó el premio de montaje y de sonido. Además, es una película de guerra y la protagonizan soldados. Pero eso entra dentro también del discurso políticamente correcto americano, que aquí disiente claramente del europeo. En ese sentido, fue graciosa la sorpresa que le produjo a algunos el elogio a las fuerzas armadas en mitad de la Gala, impensable en cualquier otro país.

Los premios de interpretación fueron los que menos sorpresas dieron: ahí no se arriesgó un milímetro.

Cabizbajas –con apenas alguna migaja de Oscar– salieron del Dolby Theatre de Hollywood películas como Los archivos del Pentágono, El instante más oscuro, Lady Bird, Tres anuncios en las afueras o El hilo invisible. La reflexión de lo que une a estas películas se la dejo a ustedes.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta


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