Ocho apellidos catalanes

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Director: Emilio Martínez-Lázaro

Guión: Borja Cobeaga, Diego San José.
Intérpretes: Dani Rovira, Clara Lago, Karra Elejalde, Carmen Machi, Berto Romero, Belén Cuesta, Rosa María Sardà, Alfonso Sánchez, Alberto Rodríguez, Agustín Jiménez.
99 min.
Jóvenes-adultos. (DX)

Ocho apellidos vascos fue el estreno-bombazo del cine español el año pasado. Una divertidísima crítica al nacionalismo que separa a los españoles a través de la historia de amor entre Amaia, una vasca de pura cepa, y Rafa, un señorito andaluz. La película sabía reírse de la rica variedad de caracteres que nos gastamos en los límites de esta piel de toro y entre chiste y chiste metía sustanciosas puyas a lo serios que nos ponemos a veces con las dichosas cuestiones territoriales.

El éxito aseguraba la secuela. Una secuela sin demasiada complejidad argumental: esta vez Amaia se dispone a casarse con un catalán, cosa que no le hace gracia ni al exnovio ni a su padre. Nadie esperaba que este segundo episodio deparara grandes mejoras, y la realidad es que los apellidos catalanes quedan a años luz de sus precursores vascos.

En primer lugar, porque la película es mucho más del director que de los guionistas, exactamente al contrario de lo que pasaba en la anterior. En Ocho apellidos vascos se notaba tanto la mano de Borja Cobeaga como se nota aquí la de Emilio Martínez Lázaro. Desde el tosco arranque –muy viejuno con su striptease tipo landismo– hasta su desarrollo, en clave vodevil romántico bastante convencional que ni molesta ni emociona.

En segundo lugar, parece que hay más miedo a la susceptibilidad de los catalanes que a la de los vascos, y el guion depura la broma y la crítica hasta límites insospechados: un poco de chiste de dineros, y prou. En el colmo del guante blanco, la acción se localiza en un territorio que ha conseguido una independencia ficticia. Y esto, que podría tener mucha gracia, al entrar en un terreno de ficción, quita muchas aristas al problema… y de paso quita casi toda la comicidad.

El reparto está bastante más descafeinado, con una notable excepción: Karra Elejalde. El actor vasco se echa sobre los hombros la película y literalmente la salva. Suyos son los momentos más divertidos de la cinta. Viéndole en algunas escenas –ese inenarrable viaje en AVE con parada en Madrid– se adivina que esta secuela, con un poco más de trabajo de guion y un poco menos de miedo, podría haber sido notable. Aunque digan lo que digan de las segundas partes.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta


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