El Observatorio

“Nunca se puede matar en nombre de Dios”

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El fenómeno del terrorismo no brota de la nada: nace, según afirmó el Papa Francisco, de la miseria espiritual, “vinculada también a menudo a una considerable pobreza social”. Por ello, en su discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede con motivo de las felicitaciones por el nuevo año, el Pontífice hizo suyas las palabras de su predecesor, Pablo VI: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

Para el Papa, el terrorismo de corte fundamentalista, ese que utiliza la religión como pretexto para sus desmanes, solo podrá ser derrotado por el trabajo conjunto de los líderes políticos y religiosos: a estos les pide transmitir los verdaderos valores religiosos que no contraponen el temor de Dios al amor por el prójimo, y asimismo que reafirmen enérgicamente que “nunca se puede matar en nombre de Dios”. A los políticos, señala, les corresponde garantizar el derecho a la libertad religiosa y reconocer la positiva aportación de esta al bien común.

De igual modo, recordó cómo la ideología es otra amenaza para la paz, al fomentar una conducta que aprecia en el otro solo un enemigo que destruir. “Desafortunadamente –precisó–, nuevas formas de ideología aparecen constantemente en el horizonte de la humanidad. Haciéndose pasar por portadoras de beneficios para el pueblo, dejan en cambio detrás de sí pobreza, divisiones, tensiones sociales, sufrimiento y con frecuencia incluso la muerte”.

Para el Papa, no es con ideología, sino con solidaridad, como se conquista la paz. Francisco lo ejemplificó con la existencia de múltiples iniciativas de inspiración religiosa que trabajan por la promoción del ser humano a través de obras educativas y asistenciales, particularmente en las zonas más agobiadas por los conflictos y más atrasadas en lo económico; gestos que “contribuyen a la paz y dan testimonio concreto de que, cuando se coloca en el centro de la propia actividad la dignidad de la persona humana, es posible vivir y trabajar juntos, a pesar de pertenecer a pueblos, culturas y tradiciones diferentes”.

Las guerras, los refugiados, los niños, el planeta…

En su intervención, el Papa realizó un repaso de la actualidad internacional, de los principales conflictos y, por otro lado, de los aciertos que se han fraguado o consolidado en 2016.

Así –en el campo propiamente religioso– calificó de “diálogo posible y necesario” su encuentro con el Patriarca de Rusia, Kiril, en La Habana; felicitó a los pueblos de Georgia, Armenia y Azerbaiyán, a los cuales visitó, por su disposición a enterrar de una vez las diferencias del pasado; elogió el proceso de restablecimiento de relaciones entre Cuba y EE.UU., los esfuerzos en pro de la paz en Colombia, y agradeció a todos aquellos países que, como Italia, Alemania, Grecia y Suecia, han acogido “generosamente” a un gran número de refugiados de las guerras que asolan a varias partes del orbe, y así también al Líbano, Jordania y Turquía, que les han brindado su hospitalidad.

Precisamente para los refugiados, con algunos de los cuales pudo contactar en Lesbos, tuvo también algunas palabras: si a los países de destino les solicitó un “compromiso común” para recibirlos e integrarlos socialmente, a los inmigrantes les pidió “no olvidar que tienen el deber de respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los acogen”.

En cuanto a los conflictos y graves problemáticas que aún constituyen un desafío para la comunidad internacional, el Papa expresó su deseo de que esta “trabaje con diligencia” para poner punto final a la guerra en Siria, que ha derivado con los años en una catástrofe humanitaria y abogó por la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos, porque “ningún conflicto ha de convertirse en un hábito del que parece que nadie se puede librar”.

Otros dos temas globales fundamentales, el cambio climático y el bienestar de los niños, ocuparon parte del discurso de Francisco. Sobre el Acuerdo de París para la reducción de emisiones contaminantes, el Papa insistió en la necesidad de que los esfuerzos desplegados cuenten con una mayor cooperación por parte de todos los países.

Respecto a los menores, consideró prioritario asegurarles protección. Su inocencia, dijo, “ha sido frecuentemente rota bajo el peso de la explotación, del trabajo clandestino y esclavo, de la prostitución o de los abusos de los adultos, de los pandilleros y de los mercaderes de muerte”. Los niños y los jóvenes constituyen el futuro, dijo, y añadió: “No podemos descuidarlos y olvidarlos egoístamente”.


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