Nueva Zelanda: una epidemia silenciosa

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En uno de los países más desarrollados del mundo están aumentando los suicidios de jóvenes.

Nueva Zelanda tiene la imagen de país bello, rico, pacífico. En los rankings internacionales aparece en los puestos de vanguardia. Ocupa el octavo lugar en el World Happiness Report de 2017. En el Índice de Desarrollo Humano, que toma en consideración la esperanza de vida, el nivel educativo, y un nivel de vida digno, Nueva Zelanda está en el puesto 13. Destaca por la ausencia de corrupción y por el respeto a los derechos civiles, lo que le convierte en una de las democracias más avanzadas del mundo. Los kiwis tienen una esperanza de vida de 78 años.

Pero muchos jóvenes viven sin esperanza: Nueva Zelanda tiene la tasa de suicidio juvenil más alta del mundo desarrollado, fenómeno que va en aumento y que se ha convertido en una causa de preocupación nacional.

Tras las bellas imágenes de altas montañas, lagos azules y verdes praderas, hay una epidemia silenciosa. La tasa de suicidio de la población total es de 12,6 por 100.000 habitantes, lo que la sitúa en el puesto número 54 del mundo. En el último año murieron 616 personas por suicidio, frente a las 579 del año anterior. Pero lo más preocupante es que la tasa de suicidio de los jóvenes de 15 a 19 años es, según un informe de Unicef, de 15,6 por 100.000, la más alta entre los 41 países de la OCDE.

Otros países menos ricos tienen tasas de suicidio juvenil mucho más bajas que las de Nueva Zelanda

A la hora de valorar las cifras, hay que tener en cuenta que el dato de Unicef para Nueva Zelanda es de 2010. Estadísticas más recientes del gobierno muestran que en el año fiscal acabado en junio de 2016 murieron en ese grupo de edad 52 jóvenes (16,4 por 100.000), frente a 51 del año anterior. Si ampliamos el rango de edades a los 15-24 años, los suicidios rozarían el centenar. Quizá los números absolutos son demasiado pequeños para sacar conclusiones sociales.

Pero Prudence Stone, directiva de Unicef en Nueva Zelanda, afirma que “en contra de lo que pensábamos, Nueva Zelanda no es un gran sitio para que crezca un niño. Cuando más nos hemos centrado en el bienestar económico, más hemos perdido de vista el de nuestros hijos”.

Ante el aumento de los suicidios, la epidemia ha dejado de ser silenciosa. Un gesto gráfico, que dio origen a muchas imágenes, fue la exposición pública de 606 pares de zapatos en recuerdo de todos los que se quitaron la vida el último año. En agosto, tres madres que habían perdido a hijos menores de 25 años, escribieron una carta abierta a los líderes políticos en representación de otras 200 familias que habían sufrido la misma desgracia, pidiéndoles que afrontaran el problema y sugiriéndoles una serie de medidas. El asunto ha alcanzado así una dimensión política, y ha estado presente en la campaña de las elecciones del pasado septiembre. En abril de este año, el gobierno publicó el borrador de una estrategia nacional para prevenir el suicidio, abierto a consulta pública.

Sin certezas

Sobre las causas del suicidio juvenil hay más especulaciones que certezas. El informe de Unicef señala que el 19,8% de los niños viven en una situación de pobreza relativa; el 18,8% pertenecen a familias donde ambos padres están en paro; y la tasa de embarazo juvenil es de 23,3 por 1.000 chicas de 15-19 años, si bien ha ido bajando. Pero los factores económicos no dan una explicación convincente, pues, si se compara con la situación de otros países de menos ingresos, se comprueba que en estos la tasa de suicidio juvenil es mucho más baja. Por ejemplo, en países del sur de Europa (Portugal, España, Italia, Turquía) no supera el 2,4 por 100.000.

Un factor característico de Nueva Zelanda es que el suicidio afecta desproporcionadamente a la población indígena maorí. La tasa de suicidio entre los varones maoríes es 1,4 veces superior a la de la población en general.

Los expertos piden que el gobierno dedique más esfuerzos y financiación a atender a los jóvenes y a los mayores que sufren problemas mentales que pueden llevar al suicidio. Pero reconocen que no tienen la clave para resolver el problema. “La incómoda realidad –dice el psicoterapeuta Kyle MacDonald– es que no sabemos por qué este país tiene este arraigado problema de suicidio. Lo que sabemos es que está yendo a peor”.

Por lo menos, es un problema del que ahora se habla abiertamente y que relativiza la idea de “felicidad” que se maneja en los rankings internacionales.


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