Noches de ocio alternativo

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De un tiempo a esta parte, los ayuntamientos de muchas ciudades españolas han puesto en marcha ofertas de ocio alternativo con tal de facilitar otras formas de diversión nocturna. Las actividades que se ofertan en horario nocturno van desde conciertos, baile, cine, teatro o malabares, hasta deportes alternativos, futbolín, serigrafiado de camisetas, mountain-bike nocturno o robótica. Estas iniciativas pretenden ofertar actividades de choque contra los riesgos del ocio nocturno.

La experiencia pionera fue “Abierto hasta el amanecer”, llevada a cabo en 1997 en Gijón. El proyecto tuvo mucha aceptación y pronto fue imitado por otras ciudades aunque con desigual fortuna.

Estos proyectos están muy bien y son muy positivos, pero, a pesar del éxito que han tenido algunos de ellos, no han logrado cambiar los hábitos de ocio tradicionales. Para que lo hagan tiene que existir mayor información (muchos adolescentes no se enteran de las posibilidades que existen en su ciudad), contar con la opinión de los jóvenes y promover monitores mejor preparados.

Las alternativas de ocio nocturno organizadas por los ayuntamientos no han conseguido cambiar los hábitos: falta información, contar con la opinión de los jóvenes y tener monitores mejor preparados

Muchos chicos y chicas confiesan que van de marcha porque no les queda otro remedio. Es lo único que pueden hacer para estar con gente de su edad, beber, bailar y divertirse. Suele ser uno de los motivos principales de discusión con sus padres, sobre todo, la hora de regreso. En general a los mayores no les hace mucha gracia que salgan por la noche, pero tampoco les ofrecen muchas alternativas reales.

Y los padres, ¿qué?

Mientras tanto, los padres se mueven entre la alarma y la resignación. Se preocupan, pero no se ocupan: no saben qué hacer. Al final, acaban por sucumbir a lo que hay y se quedan en casa esperando a que sus hijos regresen de marcha sanos y salvos.

Si los hijos se unen para salir, los padres deberían hacer lo propio para buscar alternativas, para detener algunas inercias perversas, como los horarios de los locales nocturnos. No es de recibo, por ejemplo, que un chico o una chica no “pueda” salir hasta pasada la una de la madrugada porque antes no hay ambiente. Por lo general esto les obliga a cenar fuera. Un padre nos contaba que su hijo se echaba a dormir después de cenar en casa y se ponía el despertador a la hora de salir.

No se trata de demonizar el ir de marcha, sino de cambiar la forma de ir. Para ello, hay que ponerse manos a la obra, tanto los padres como las instituciones y la sociedad. Un proverbio africano dice que “para educar a un niño hace falta toda la tribu”. En este caso, la tribu no está por la labor, no tira del carro sino que le pone freno.

Los adolescentes y los jóvenes son hijos de su tiempo, pero ante todo son hijos de sus padres. En ellos recae la responsabilidad de enseñarles a vivir el tiempo libre. Para ello es fundamental que funcione la comunicación.

Qué decir a un adolescente

Los adolescentes necesitan razones de peso para salirse de un sistema que ellos no han creado. Podemos invitarles a pensar por sí mismos y a ser críticos con lo que hacen. A un hijo, a una hija adolescente le podríamos hablar de esta manera:

Sé crítico con el ocio que la sociedad os plantea. Es injusto y poco coherente que lo seas con tus padres y no con lo que te rodea. Piensa que a muchos les interesa que los jóvenes caigan en un ocio consumista. Por desgracia, para las grandes multinacionales no sois otra cosa que presa fácil del mercado. Observa cómo muchas de las campañas publicitarias van dirigidas a vosotros como si no tuvierais otra cosa que hacer que consumir y consumir.

Sé consciente de que la noche difumina los límites. Ése es su atractivo y ése su peligro. Uno busca diversión y puede acabar con una desagradable borrachera; uno busca pasárselo bien y puede acabar pasando droga; uno busca conocer gente y puede acabar metido en una relación frívola. Divertirse no es tirarse por un precipicio con los ojos cerrados. Saltarse los límites, aunque se esté de juerga, puede traerte consecuencias nefastas.

Diversifica las opciones de diversión. La discoteca, siempre la discoteca, acaba cansando y aburriendo, y el aburrimiento es muy peligroso especialmente en los momentos en que uno debería estar pasándoselo bien. Alterna tu ocio: haz deporte, lee, conversa con los amigos, queda para ir al cine, para escuchar música, haced alguna excursión…

Piensa que las discotecas no son el lugar idóneo para conocer a otras personas. Allí dentro no es posible el diálogo, que es la condición que hace posible conocer al otro. Podrás decir que has conocido a mucha gente, pero no podrás asegurar que son tus amigos. Deja de frecuentar aquel lugar y verás cómo toda esa gente que conoces desaparece de tu vida.

Entiende que tus padres se preocupen por este tema. Quizá te rallen, pero mira si no les rallas tú también. El problema no es que tus padres no te dejen, sino que pienses que si no vas a la discoteca o no sales por la noche eres un marginado. Nada de eso, no se trata de no ir a la discoteca, sino de hacerlo de forma reflexiva. Quizá el marginado es el que lo hace de manera compulsiva, sin mediar reflexión, simplemente porque sus padres “pasan” del tema.

Pacta con tus padres. Para ello, tenéis que dialogar y llegar a un acuerdo. Entiende que ellos pongan límites y acéptalos, pero demuéstrales que pueden confiar en ti y que eres responsable. Poco a poco -no quieras correr demasiado, aunque tu edad te impulse a ello- te irán dando más autonomía con la que poder ejercer tu libertad con responsabilidad.


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