Morir a plazos

Página 1

Ver la vida como un don de Dios ayuda a aceptar con serenidad las limitaciones de la vejez. Lo explica Agustí Altisent, monje cisterciense, en La Vanguardia (Barcelona, 17-I-94).

Hay dos formas de morir: al contado y a plazos; por desplome prematuro y por desgaste gradual. Cada uno recibe la más adecuada. La mía, de momento, es una muerte a plazos, un atardecer más bien apacible.

(...) Me siento cómodo en mis setenta años y todo lo que abandono lo recoge quien me lo dio y quiere devolverme nuevo y definitivo. Morir es como perder los primeros dientes: los segundos son los valiosos.

La muerte por entregas me abre también una nueva faceta de la vida moral porque trato de darle el sentido de una gradual capitulación en manos de Dios.

(...) He de aceptar, claro está, molestias, pero son nada si las miras sin tensión ni lamentos. Cojeo, pierdo el oído (...). Pierdo algún trozo de mi memoria: busco un nombre y no está; un tema, y otro agujero; a veces no sé quién es la persona a la que conozco y saludo. ¿Y qué? Cierto, no estoy pasivo: reacciono haciendo ejercicio para mejorar mi circulación y evitar más desgaste; y me aplico mejor a recordar los nombres. ¿Llegaré, con todo, a tener la mente estancada? Yo lucho en contra, pero si estuviera en el menú... La clave es aceptarse de manos de Dios como se es en cada instante.

(...) Se mueren seres queridos, algunos tan humanos que parece imposible. Es muy triste. Pero, curiosamente, se pasa. Entregaré una a una mis facultades más elementales. Como las creía mías, lo sentiré. Finalmente tendré que entregar mi voluntad de vivir aquí y así. Me costará. Pero siempre he pedido que se haga su voluntad, aun contra la mía, y me ayudarán tirando de mí aunque salga sangrando. Ya en el otro lado, acaso unas lenguas de fuego -¡qué sé yo!- consumirán las adherencias que me crispan, me deforman y me impiden ser libre y estar disponible y entregado. Eso va a doler, pero me aliviará del peso de mí mismo.

Y todo vendrá por sus pasos contados. De momento, morirme poco a poco se me va haciendo fácil. Me voy desmoronando pero expío mi arrogancia, todo el bien que no hice, lo que no agradecí. La muerte es la victoria de Dios sobre mi egoísmo, el triunfo de la santa agonía de Jesús sobre mi replegada desconfianza. Borradas ya todas las pesadillas, moriré para despertar en el seno donde he estado siempre sin sentirlo; para abrir los ojos de par en par y caer postrado rompiendo en llanto ante la Inmensa Faz; para hallar felices a los seres queridos, sentir que de mí surgen todos los poemas, los grandes paisajes y las bellas ciudades, ser yo toda la música, bailar todos los valses... Y vibrar al unísono de todos los valores. En su fuente sagrada.


Nuestra web utiliza cookies para facilitar el servicio. Si continúa navegando entendemos que las autoriza.