Mons. Cipriani: "Durante los cuatro meses trabajé para lograr una solución pacífica"

Confirma que no supo que iba a producirse la ocupación militar de la embajada

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Mons. Cipriani: "Durante los cuatro meses trabajé para lograr una solución pacífica"

Confirma que no supo que iba a producirse la ocupación militar de la embajada

"Yo nunca esperaba ese terrible final. Me siento frustrado. La Iglesia quería una solución pacífica, sin sangre, y no se ha logrado". Así declara sentirse Mons. Juan Luis Cipriani por el violento final del secuestro en la embajada japonesa de Lima, en una entrevista con Pilar Urbano, que publica el diario El Mundo (Madrid, 11-V97).

El arzobispo de Ayacucho explica que durante los cuatro meses trabajó para lograr una solución pacífica. "En todo el tiempo del secuestro me sentí padre de una gran familia de 86: los 72 rehenes y los 14 miembros del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Quería sacarlos a los 86 vivos y caminando". Su labor tenía varios frentes. "De un lado, tenía que mantener la tranquilidad de los rehenes. El agotamiento, la tensión, el estado de ánimo de todos ellos fluctuaba muchísimo. Mi presencia, cada tarde, les daba esperanza". En cuanto a los del MRTA, "se trataba de persuadirles de que el Estado peruano no iba a aceptar sus exigencias. Pedían la liberación de 431 presos, algunos de ellos con cadena perpetua, con delitos de sangre comprobados. Ahí hubo que forcejear mucho hasta que al final redujeron la lista a 20". Con Fujimori, "se trataba de que flexibilizara su actitud de no ceder al chantaje de las armas".

Mons. Cipriani confirma que no estaba informado de que iba a producirse el asalto militar a la embajada. "Me enteré por la televisión, como todo el país". "Yo sabía, como todos en Perú, porque el presidente lo dijo en público, que él estaba preparando 'alternativas de coyuntura' porque, si le tocaban un rehén, cambiaba todo el escenario de operaciones, y eso no lo podía improvisar deprisa y corriendo. De hecho, los rehenes y los secuestradores, todos, oían los ruidos de los que perforaban túneles bajo el suelo. Que se estaba preparando algo era un secreto a voces".

Fujimori actuó a espaldas de los garantes, dice Cipriani. "Nosotros éramos los garantes de lo que se acordase. Pero no se acordó nada". Explica que "ese mismo día, por la mañana, nos habíamos reunido con el presidente. Hablamos del deterioro de la situación. Incluso, de algún posible incidente violento dentro de la embajada, porque los rehenes estaban o muy hundidos o muy alterados: cundía la impresión de que el diálogo político se agotaba por momentos, de que las posiciones del Gobierno y del MRTA eran irreductibles, y se palpaba el límite del límite. Pero Fujimori no nos avisó de la acción militar. Por la noche, y ya a hechos consumados, nos dijo: 'Lamento, señores garantes, haber tenido que tomar una decisión que yo no podía comunicar a ustedes'. Después no he vuelto a estar con él. No he tenido ni fuerzas ni ganas".

Mons. Cipriani explica que los del MRTA "no se daban cuenta de que 14 muchachos no pueden tener en jaque a un Estado. Y Fujimori no estaba dispuesto a dar más facilidades que las ya ofrecidas". Las facilidades consistían en darles pasaportes para que se fueran a Cuba; excarcelación de algunos presos menores y revisión de condenas por un comité. Pero los del MRTA "estaban decididos a salir de allí con sus presos libres o... reventados a tiros".

Mons. Cipriani afirma que jamás hizo un doble juego. "Niego terminantemente haber introducido micrófonos o transmisores". "Me parece estúpido pensar que el servicio de inteligencia de Perú, en 126 días, no haya tenido todo tipo de sistemas de comunicarse o para escuchar lo que ocurría dentro, sin comprometer a los garantes". Además, en la embajada entraban todos los días multitud de objetos (comidas, ropa, etc.) y personal médico.

Sobre sus lágrimas al enterarse de las muertes ocurridas en el asalto a la Embajada, explica: "Eran las lágrimas de un hombre que se siente padre de una familia de 86 personas, y al que le han matado 17 de un golpe. Sólo un animal no lloraría. Sentía, como ahora mismo, un dolor muy grande: desde Cerpa hasta la muchachita que estaba siempre junto a la puerta saludándome al entrar y al salir, ya eran como hijos, como hermanos. Había logrado una amistad con ellos y una cercanía. Conversábamos, discutíamos, de sus ideales políticos, de sus métodos violentos, de sus familias, de Dios (...) También me da una pena inmensa la muerte del juez Ernesto Giusti y los dos militares. Y lloro por él. He apostado muchas horas de esfuerzo, de diálogo, de oración, y no entiendo ese final tan indeseable. Dios ahí me desconcierta. Sólo me lo puedo explicar ante el misterio del bien y del mal y de la libertad humana. Y no me pidan que lo despache con un culpables o no culpables. Dejemos que Dios lo juzgue".

¿Es el síndrome de Estocolmo? Mons. Cipriani lo niega: "Pienso que un Estado tiene derecho a defender con las armas la seguridad de sus ciudadanos. Por otra parte, de los emerretistas me separarán siempre sus fusiles. Me repugnan sus chantajes, sus secuestros, sus matanzas, su violencia... Pero con la misma sinceridad te digo que hemos estado muy cerca. Los llamo amigos".

Mons. Cipriani dice que su labor mediadora la hizo "en un 99% buscando la conversión, el cambio interior de las personas; y en un 1%, aplicándome al tira y afloja político". Y esta labor pastoral tuvo sus frutos. "Cuando hay 86 personas con sus vidas en peligro, mi preocupación primera y última es que esas almas se salven".

A la pregunta de si se habrán salvado los 17 que murieron, responde: "Yo no soy Dios para juzgarlo. Pienso que más de uno y más de dos, ¡ya lo creo que se han salvado! No puedo decir nada de nada sobre si les confesé o no; pero sé quiénes escuchaban mis homilías, quién me preguntó cómo acogerse a las absoluciones colectivas que impartí en cuatro ocasiones, quién leyó algún librito espiritual... Hubo conversaciones, muchas, y consejos a tumba abierta. Yo sentía cerca el peligro, y no tenía tiempo que perder".


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