Mao. La historia desconocida

Mao. The Unknown Story

Página 1

Autores: Jon Halliday, Jung Chang

Taurus.
Barcelona (2016).
1.029 págs.
29,90 € (papel) / 12,99 € (digital).
Traducción: Amado Diéguez y Victoria E. Gordo del Rey.

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Esta voluminosa biografía de Mao, obra del matrimonio formado por una escritora y un historiador, aspira a presentarse como un libro imprescindible sobre el fundador del régimen comunista chino. Lo es en cuanto a la documentación manejada y las entrevistas realizadas por los autores, si bien tiene numerosos rasgos literarios que intentan ahondar en la psicología de Mao, del que se ofrece un retrato de líder despiadado y sediento de poder.

Se nota a lo largo de estas páginas la mano de Jung Chang, la autora de Cisnes salvajes, una de las novelas más difundidas sobre la China de Mao. Chang padeció en sus propias carnes las humillaciones de la Revolución Cultural, por la que había tenido un entusiasmo previo. Quizás este libro naciera como un intento de ahondar en la figura del hombre que modernizó aceleradamente China sin importarle el precio de millones de vidas. Ese mismo líder cautivó a la escritora en su juventud, aunque de aquella imagen idealizada ya solo queda un monstruo capaz de sacrificar a todos, incluso a su propia familia, en aras de su ambición personal.

Chang presenta a un Mao que nunca habría querido a nadie, ni a su madre, a sus esposas o a sus propios hijos, y que no tuvo verdaderos amigos, ni siquiera entre sus compañeros de partido más allegados. El Mao de este libro no parece preocuparse por las ideologías, en las que nunca ahonda la autora, porque para su protagonista, obsesionado por el poder y constructor de un culto a la personalidad semejante al de Stalin o cualquiera de los grandes emperadores chinos, lo único importante era el poder absoluto, aunque pretendiera convencer a los demás de que obedecerle ciegamente equivalía servir al pueblo. Mao, visto por los autores, es un perfecto instrumentalizador que lo mismo se sirve de su rival, el nacionalista Chiang Kai-shek, que de los soviéticos, a los que necesitaba para convertir a China en una potencia mundial, o de los norteamericanos, pues el célebre viaje de Nixon a Pekín es presentado como una auténtica obra de seducción del líder comunista.

El libro perfila también a Mao como un especialista en desencadenar el terror, tanto para hacerse con el control del Partido Comunista como para someter a las masas campesinas en las que el líder habría basado su revolución. Cualquiera que discrepara abiertamente de Mao, como el presidente Liu Shaoqi, que cuestionó sus objetivos y métodos, estaba sentenciado; Liu fue víctima de una venganza prolongada en el tiempo de una extrema crueldad psicológica.

Con todo, en esta crónica de un trono de sangre no falta algún toque melancólico en los últimos años de la vida de Mao, cuando invitó a visitarle a un Nixon anulado políticamente por el Watergate o lamentó la desaparición del emperador Haile Selassie o del propio Chiang Kai-shek. Acaso se sintiera identificado con ellos porque les había llegado la muerte o habían perdido el poder. Tal era el hombre del que la China actual no puede renegar abiertamente sin poner en duda su propia legitimidad.


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