Mansiones verdes

Green Mansions

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El Acantilado. Barcelona (2006). 324 págs. 19 €. Traducción: Marta Pesarrodona.

El paso del tiempo ha relegado con injusticia la obra de William Henry Hudson (1841-1922), autor de excelentes cuentos y novelas ambientadas en el Río de la Plata y de un magnífico libro de memorias, "Allá lejos y tiempo atrás" (ver Aceprensa 33/04), donde se rememoran los primeros tiempos de su familia en medio de la pampa. Nacionalizado británico a los treinta y dos años, Hudson se entregó a la escritura en la madurez después de vivir en el continente americano y convertirse en un apasionado naturalista.

En España se han editado recientemente sus memorias ya citadas, así como una novela, "La tierra purpúrea" (ver Aceprensa 55/05) y un libro de cuentos ("El Ombú y otros relatos", ver Aceprensa 110/99). Ahora le toca el turno a "Mansiones verdes", una novela situada en la Guayana amazónica y que cuenta la romántica historia de amor entre un viajero venezolano y una bella muchacha que habita en el corazón de la selva.

Hudson escribe con una elegancia y naturalidad que, en este libro, se apoya en una buena traducción. Sus páginas son especialmente elocuentes en las descripciones, donde se trasluce su profundo amor por la naturaleza y, sobre todo, por los pájaros. Aquí es donde se adivina fácilmente al Hudson fundador de asociaciones a favor de la conservación de la naturaleza y precursor del ecologismo. No es, en cambio, tan actual la visión del indígena cargada de prejuicios raciales.

Por otro lado, la historia, que se anuncia con cierta lentitud al comienzo, va cobrando interés conforme hace su aparición la misteriosa muchacha que tiene extraños poderes sobre la naturaleza. Como sucede en otros relatos del autor, el tono realista del inicio va, poco a poco, disolviéndose y la narración bordea lo fantástico. El centro de la novela lo ocupa la joven Rima, cuya belleza ideal encarnó en la gran pantalla Audrey Hepburn (una elección bastante acertada, por cierto).

Saber cuál es la verdadera naturaleza de la mujer amada, indagar en su misteriosa vida anterior, es el desvelo del protagonista, pero esta búsqueda sublimada choca con la imposibilidad de comunicarse profundamente con ella. Un conflicto romántico en estado puro, como se ve. La relación entre los dos se va haciendo cada vez más espiritualizada, debido en buena medida a que la heroína guarda dentro de sí un alma extraña. Cuando pretende hablar íntimamente de cualquier cosa, olvida el castellano y elige expresarse en un idioma secreto, semejante al de los pájaros de la selva. Rima se erige así en una figura simbólica que puede representar tanto la misma naturaleza como el eterno femenino. Desde nuestra sensibilidad se observa cierto artificio en la construcción de este personaje, a pesar de lo conmovedor de su trágica historia.

Javier de Navascués

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