Los primeros nacidos con manipulación genética, y los que no llegaron a nacer

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He Jiankui, profesor asociado de la Universidad Científica y Tecnológica de Shenzhen (China), asombró e indignó al mundo al anunciar, el pasado 26 de noviembre, que había logrado el nacimiento de dos niñas manipuladas genéticamente. Según el sentir general, ha traspasado una línea roja. Pero antes que él se cruzaron más límites éticos.

He Jiankui no ha hecho una comunicación formal de su trabajo a la comunidad científica mediante el artículo de rigor. Más bien se ha dirigido a la opinión pública con su declaración a los medios y, en especial, con unos vídeos en YouTube. En estos dice haber sido consciente desde el principio de que su experimento sería objeto de críticas, pero asegura estar dispuesto a soportarlas con tal de contribuir a acabar con el sufrimiento de personas con el virus del sida (VIH), discriminadas en algunos países y sin esperanzas de tener descendencia por el riesgo que comporta. Por lo demás, su apología insiste en lo hermosas y sanas que son las gemelas y lo felices que están sus padres.

No hacía falta manipulación genética para librar a las criaturas del sida, ni ellas tenían deficiencia hereditaria alguna que se les pudiera remediar

Las críticas a He han llegado, en efecto, y en forma de avalancha unánime. No vienen solo de otros científicos; también se han sumado la Universidad en la que es profesor (en excedencia, que solicitó para dedicarse a sus experimentos), la clínica de reproducción asistida donde se realizó la fecundación artificial y –lo que resulta más grave para él– hasta las poco escrupulosas autoridades chinas, que niegan haber dado autorización y aseguran que la habrían denegado si se les hubiera pedido en forma. Ahora sabemos que el permisivismo chino en bioética tiene un límite, aunque no se ha dejado de censurar la falta de control con que allí se deja operar a los laboratorios y que explica hechos como este.

Los reproches a He son múltiples. Trabajó en secreto, sin supervisión. Obtuvo el consentimiento de los participantes de modo dudoso, incluso con su propia intervención. No da posibilidad de comprobación independiente de los resultados, aunque anuncia para más adelante un artículo revisado. En uno de los embriones implantados detectó una posible modificación accidental de otro gen, pero siguió adelante; él replica que después no se volvió a observar el fallo.

Junto a esas, hay dos objeciones fundamentales. Primera, el procedimiento no responde a una necesidad terapéutica. Segunda, He ha llevado a cabo una manipulación genética en la línea germinal, contra la moratoria aceptada en Occidente pero no en China. A diferencia de las modificaciones en adultos, las hechas en gametos o en embriones afectan a todo el organismo y son transmisibles a la descendencia. Esto puede ser muy peligroso, porque no se sabe qué consecuencias puede tener ni cuándo se manifestarían.

Dos supervivientes

He, según dice, empleó la técnica CRISPR para modificar un gen en los embriones. Las niñas nacidas son de un padre infectado de VIH y una madre sana. Tomó óvulos de ella y esperma de él, y obtuvo embriones por fecundación in vitro. Luego aplicó el CRISPR para convertir el gen CCR5, situado en el par 3, en una variante llamada delta 32 (CCR5Δ32), que es inactiva. La consecuencia es que el gen no expresa la proteína correspondiente, que normalmente está en la membrana celular.

Eso tiene algunas desventajas: hace más vulnerable al virus del Nilo Occidental y a la encefalitis transmitida por las garrapatas. Y tiene una ventaja mucho mayor: la proteína en cuestión es la principal puerta de entrada del VIH, y las personas que carecen de ella son inmunes al virus si tienen el alelo CCR5Δ32 en los dos cromosomas del par, o se infectan con más dificultad si lo tienen en uno solo de ellos. En ninguno de los dos casos, la mutación causa trastornos ni deficiencias.

Después, los embriones fueron implantados en el útero de la madre. Tras la gestación, en el mes de noviembre nacieron dos gemelas. Una de ellas tiene el gen modificado en los dos cromosomas, y la otra, en uno solo.

Lulu y Nana, los seudónimos que les ha dado He por razones de privacidad, son las únicas supervivientes de 13 embriones manipulados e implantados en 5 mujeres.

Un gen fácil

He excluye por completo, dice, la manipulación genética de embriones con fines eugenésicos, para potenciar cualidades o para crear “bebés de diseño”; solo la admite para evitar enfermedades o deficiencias. Y ha explicado por qué eligió el gen CCR5. Habría sido más beneficioso, reconoce, reparar la causa de un trastorno congénito grave como la distrofia muscular. Pero resulta mucho más difícil, y no hay seguridad de que la intervención sería eficaz y no provocaría otros males. En cambio, es relativamente sencillo manipular el gen CCR5 y antes de hacerlo, He –según dice– hizo un estudio de tres años para comprobar que al modificarlo no se desencadenarían efectos secundarios perjudiciales.

Ciertamente, en este caso, la objeción por consecuencias imprevisibles no es tan fuerte. Al fin y al cabo, He puso en los embriones un alelo que tiene de forma natural el 14,5% de la población europea, y una proporción aun mayor en los países nórdicos. Es inocuo y su transmisión no entraña peligro. Si la manipulación no ha afectado a otras partes del genoma o a los embriones de otra manera, no hay nada que temer.

He añade que optó por el gen CCR5 también por el beneficio que reporta manipularlo. Admite que el procedimiento es útil solo para pocas personas, pero les remedia un problema importante.

Sin justificación terapéutica

Sin embargo, como han señalado muchos críticos de He, su intervención no tiene justificación terapéutica. El problema en un caso como el descrito es que el varón infectado puede transmitir el VIH a la mujer, y además, si esto ocurre, ella puede pasarlo a un hijo en el embarazo o en el parto.

Ahora bien, si una persona infectada sigue el tratamiento adecuado, la probabilidad de que transmita el VIH a su pareja es prácticamente nula. De modo que no hay motivo para recurrir a la fecundación in vitro, pues la seguridad adicional que da separar los espermatozoides del fluido donde puede haber virus resulta insignificante (lo mismo vale si la mujer es la infectada). Y aun si la madre estuviera infectada, hoy se sabe también cómo evitar la transmisión al hijo.

Por tanto, no hacía falta manipulación genética para librar a las criaturas del sida, ni ellas tenían deficiencia hereditaria alguna que se les pudiera remediar. Todo lo que se ha conseguido es protegerlas (parcialmente, a una de ellas) contra una eventual infección de VIH en algún momento de su vida, cosa que siempre se puede evitar de otros modos.

Para muchos, lo reprobable en el caso de He no es que haya manipulado genéticamente embriones, sino que los haya implantado

Ciertamente, no se sabe si el CRISPR puede tener algún efecto secundario por ahora desconocido, aun cuando no provoque accidentalmente un cambio genético no deseado. Análogamente, algunos trastornos son más frecuentes en las personas nacidas por reproducción asistida, indicio de que la intervención misma altera complejos y delicados procesos naturales en la fecundación y el desarrollo embrionario temprano. Pero eso es un peligro ante todo para los mismos concebidos así, y con mucho menor probabilidad para su descendencia.

Coste en vidas incipientes

En fin, He en realidad no ha logrado una proeza médica, ni tampoco propiamente una proeza técnica, pues otros antes que él –en China, Estados Unidos y Gran Bretaña, al menos– han aplicado el CRISPR a embriones. La diferencia es que los otros no pretendían nacimiento alguno, y destruyeron los embriones después de experimentar con ellos. Así, para muchos, lo reprobable en el caso de He no es que haya manipulado genéticamente embriones, sino que los haya implantado. Pocos reparan en el elevado coste en vidas humanas incipientes que tienen estos experimentos.

No reparan, quizás, porque ese coste se paga continuamente, sin manipulación genética, en las clínicas de reproducción asistida. Estos experimentos imprudentes, como el de He, que alguna vez nos alarman, son una derivación de lo que a diario se hace con miles de embriones en gran parte del mundo.


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