Los nuevos monopolios

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Su descomunal tamaño y su posición de dominio han acabado suscitando la cuestión de si no habría que dividir o someter a regulación a Amazon, Facebook y Google. En el último Foro Económico Mundial de Davos, Martin Sorrell, fundador y presidente de WPP (marketing y comunicación corporativa), las comparó con Standard Oil, la petrolera monopolística que en 1911 fue disuelta y partida en 34 empresas por sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU.

La justificación para romper un monopolio o imponer límites a la actividad de una empresa dominante en un sector suele ser que, sin competidores, adquiere el poder de fijar los precios y frena la innovación. Tales argumentos difícilmente se aplican a los gigantes tecnológicos. Facebook y Google dan gratis sus productos principales, y Amazon ha provocado un descenso de precios, gracias a su eficiencia. Y, en cuanto al segundo motivo, no se puede negar que las tres no han dejado de inventar nuevos servicios y técnicas.

La manera de domar a los monopolios tecnológicos puede ser no dividirlos, sino obligarles a compartir sus datos

Así pues, es dudoso que romper esos titanes fuera en beneficio de los consumidores, que de hecho los aprecian. Y esto tiene que ver con su enorme tamaño: por el llamado “efecto red”, una tecnológica es más útil cuanto más grande. Resulta muy práctico acudir a Amazon para comprar casi cualquier cosa. Tiene mucho interés estar en Facebook porque está todo el mundo. La ingente cantidad de datos que maneja Google lo convierte en ideal para encontrar todo: una información, un restaurante, el trayecto más rápido entre dos puntos…

Amos de nuestros datos

Pero el “efecto red” tiene consecuencias que asemejan en parte las tecnológicas a los monopolios de otros tiempos, advierte Greg Ip en The Wall Street Journal (16-01-2018). Tienen elevados costes fijos y pequeños costes operativos, lo que hace más alta la barrera de entrada para los competidores. Para The Economist (20-01-2018), la barrera crece en especial por la cada vez mayor acumulación de datos cedidos por los consumidores.

Además, han demostrado a veces pocos escrúpulos para arrinconar a la competencia. Google ha afinado la búsqueda para que salgan primero los resultados de sus propios servicios de comparación de precios o de valoración de establecimientos comerciales. Dice que su algoritmo simplemente destaca lo que la gente de hecho prefiere, pero eso no se puede comprobar, y la Comisión Europea no se lo ha creído.

Otra maniobra que puede ser lesiva de la competencia es la absorción de rivales. Facebook ha comprado varias ideas ajenas que ponen en contacto personas fuera de su red: Instagram en 2012, WhatsApp en 2014 (por la astronómica suma de 22.000 millones de dólares) y TBH (mensajería anónima para adolescentes) en 2017.

Las autoridades reguladoras, sostiene The Economist, deberían haber impedido esas prácticas. Pero hace falta algo más, que exige concebir el sector en sus propios términos, sin aplicar fórmulas que solo valen para los monopolios tradicionales. En particular, dividirlos en trozos puede hacer que se pierdan las ventajas del “efecto red”, lo que sería un mal servicio a los consumidores.

La propuesta del semanario es regular la explotación de datos, que los usuarios suministran a cambio de los servicios de las tecnológicas y que estas emplean para vender publicidad, bienes o servicios. Habría que empezar por dejar claro a quién pertenecen los datos y cómo se los valora. Se podría atribuir a los titulares el derecho de llevarlos de un servicio a otro, así como conservan el número de teléfono móvil aunque cambien de compañía. O bien se podría obligar a las empresas a compartir los datos con los rivales, por un precio regulado, como en algunos casos los operadores de telecomunicaciones tienen que transmitir por sus redes las señales de otros. Claro que esto sería difícil de conciliar con la privacidad.

Los datos son el combustible de la nueva economía digital: son lo que era el petróleo en tiempos de Standard Oil.


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