Los hijos de Atenea. Ideas atenienses sobre la ciudadanía y la división de sexos

Les enfants d’Athéna

Página 1

Autor: Nicole Loraux

Acantilado.
Barcelona (2017).
384 págs.
22 €.
Traducción: Montserrat Jufresa.

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El presente libro recoge cinco estudios sobre la concepción ateniense de la ciudadanía y la división de sexos, a cargo de la filóloga francesa Nicole Loraux (1943-2003). Conforman una lectura profunda del mito fundacional de la antigua Atenas, que lo es también de nuestra civilización occidental. En el nacimiento de Erictonio en la Acrópolis descubre la autora los entresijos de la legitimación del poder exclusivamente masculino y la consecuente exclusión de las mujeres de la vida política.

Como es sabido, Atenas toma el nombre de la diosa Atenea, que, según la mitología, compitió con Poseidón sobre quién reinaría sobre la ciudad. Para ganarse el favor de Cécrope (rey de Atenas antes de que existiera y juez de la contienda o éris divina), el dios hizo manar agua salada (fuente Erecteida), mientras que la diosa entregó a la ciudad el olivo. Cécrope falló en favor de Atenea.

Cierto día que se paseaba por la Acrópolis, fue deseada por Hefesto, el dios de las herrerías, como lo llamará Cervantes. La diosa virgen fue forzada pero no vencida, de modo que el semen del dios cayó a tierra y engendró a Erictonio. Erictonio es, por tanto, hijo sin madre, aunque nacido de Gea, la tierra, y criado y educado por Atenea, su nodriza. Este “hecho” justifica, según la mitología, o simboliza, por seguir la interpretación de Hegel, por ejemplo, que no haya un nombre para las habitantes de Atenas, como lo hay para las de otras ciudades griegas, así como que la política sea exclusivamente cosa de hombres. En este sentido, el título del libro no puede ser más preciso y elocuente, pues los hijos de Atenea, los atenienses, son, desde el punto de vista político, solo hijos, solo hombres.

Atenas es, pues, femenina en el significante, pero masculina en el significado. Las mujeres, por razones mitológicas, quedan excluidas de la polis, de la política de la ciudad. No tienen voz, son solo un regalo, como Pandora, al servicio de la generación, aunque solo los hombres serán considerados los verdaderos engendradores, como lo fue Hefesto de Erictonio. Así, la exclusión política de la mujer queda establecida como una consecuencia derivada del origen, del mito de autoctonía. Su única función será la maternidad, aunque ni siquiera se le otorga oficialmente el nombre de madre. “El mito –concluye Loraux– explica que las atenienses no existen”, como no existen la ciudadanas, pues simplemente existen las mujeres. Y así, solo pueden acceder a la Acrópolis, a la ciudad de los hombres, como invitadas.

El asalto a la Acrópolis por parte de la “tribu de las mujeres” vendrá de la mano de la comedia. En la Lisístrata de Aristófanes, a la que la autora dedica la última parte del libro, las mujeres utilizan a Afrodita (sus encantos sexuales) para reivindicar que son hijas de Atenea. Pero todo es risa, puro teatro.

La editorial Acantilado nos ofrece una cuidada reedición de Les enfants d’Athéna, publicado por Nicole Loraux en los años 1980. Un estudio serio y riguroso, que combina el análisis lingüístico, la crítica literaria y la interpretación mitológica en su anclaje cívico. Hay que destacar el excelente trabajo de traducción de Montserrat Jufresa y la cuidada edición del libro. A pesar de la claridad expositiva, su lectura resulta difícil y requiere de un ánimo más investigador que lúdico.


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