Los “fake papers” en el mundo académico

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Durante un año, tres académicos de EE.UU. y Gran Bretaña se han dedicado a pergeñar 20 falsos artículos “científicos” para publicarlos en revistas de prestigio dedicadas a los estudios de género, de sexualidad, de identidad. Su objetivo era demostrar que, si utilizas la jerga adecuada y vas en la línea de las ideas de moda, es muy probable que te publiquen, por absurdos que sean el tema y las conclusiones.

Y han tenido mucho éxito: en el momento en que han revelado su engaño, siete de sus artículos habían sido aceptados para su publicación, otros siete estaban en diversos grados del periodo de revisión y solo seis habían sido rechazados.

Los artículos se fabricaron para para publicarlos en revistas de prestigio dedicadas a los estudios de género, de sexualidad, de identidad

James Lindsay, Helen Pluckrose y Peter Boghossian, los creadores de la trama, piensan que en determinados campos de estudio donde predomina la “cultura del agravio” la ideología se ha impuesto sobre la ciencia y la búsqueda de la verdad. Cualquier discriminación que sufra un grupo, en razón de su sexo, su raza o su orientación sexual, tiene su explicación última en las maquinaciones del patriarcado. Y cualquiera que cuestiona estas explicaciones sobre privilegio, identidad y opresión, es inmediatamente descalificado como intolerante.

Para comprobarlo, los tres autores se dedicaron a redactar artículos impregnados del vocabulario, de las nociones y de los códigos apropiados según el sesgo ideológico de la revista. El tema elegido podía ser de lo más peregrino y las conclusiones rozaban el absurdo.

Jerga supuestamente científica

Uno de los artículos fue publicado en la revista Gender, Place and Culture, que lidera el campo de la “geografía feminista”. La investigación se basaba en la observación de la “cultura canina de la violación”, en un parque para perros en Portland, y se preguntaba: “¿Sufren los perros una opresión basada en su género (percibido)?”. A partir de ahí, pretendía sacar conclusiones para reducir las agresiones sexuales de los hombres. Uno de los referees que avaló su publicación escribía: “Es un artículo maravilloso, increíblemente innovador, rico en análisis y muy bien escrito y organizado”.

Otro artículo, publicado en la revista Fat Studies, explicaba que el bodybuilding es excluyente con los obesos, y proponía una nueva clasificación que incluyera el término fat bodybuilding, como “fat-inclusive politicized performance”.

Otro de los artículos criticaba la “astronomía occidental” como sexista e imperialista. Para corregir este sesgo, proponía que los departamentos de física incorporaran las aportaciones de la astrología feminista, queer e indígena.

Affilia, una revista revisada por pares sobre mujeres y trabajo social, aceptó para su publicación un artículo titulado “Nuestra lucha es mi lucha”, cuya segunda parte era un refrito adaptado de un capítulo de Mein Kampf.

La facilidad con que varios de estos falsos artículos fueron aceptados pone en cuestión la eficacia del sistema de revisión

La facilidad con que varios de estos falsos artículos se abrieron paso para ser publicados pone en cuestión la eficacia del sistema de revisión por pares. ¿Qué rigor cabe esperar en unos campos de investigación donde ni unos expertos pueden distinguir entre las aportaciones sólidas y unas sandeces adobadas en una jerga supuestamente erudita?

La verdad como construcción social

En un largo artículo publicado en la web Areo, del que es directora la británica Helen Pluckrose, los autores explican que, aunque estos engaños se apartan de las reglas del uso científico, eran el medio más adecuado para demostrar que “el emperador está desnudo”. A su juicio, algunos aspectos de la producción del conocimiento en EE.UU. se han corrompido por el sesgo ideológico. La obsesión de la política identitaria da por buenas investigaciones absurdas con tal que sirvan a objetivos progresistas.

Si unos artículos falsos y grotescos pudieron pasar por buenos, es porque las revistas del ramo aceptan otros, hechos en serio, que no son menos extravagantes. Gender, Place & Culture publicó el año pasado uno que hacía un análisis de la “política feminista posthumanista” a partir de la dieta de las ardillas de California. En Hypathia, especializada en filosofía feminista, apareció este año un estudio sobre una performance en que una mujer preparaba chocolate a la taza en presencia de una rata muerta; así ofrecía, según la autora, una “descripción sinestésica de la pobreza y sus repercusiones psicológicas”.

El problema de fondo que corrompe estas investigaciones es su idea de que muchas cosas que damos por supuestas o demostradas no son más que “construcciones sociales”, que dependen de las relaciones de poder. Estas creencias han sido establecidas por grupos dominantes para mantener su poder sobre los grupos marginados por su sexo, raza, orientación sexual o identificación de género. Desmantelar estas construcciones es un imperativo en nombre de la justicia social.

A juicio de los cultivadores de esta “cultura del agravio”, debemos rechazar la idea de que existe un acceso objetivo a la verdad, y que puede ser descubierto, en principio, por cualquiera capaz de hacer el trabajo, sea cual sea su raza, género o sexualidad, a través de la verificación empírica. Frente a la supuesta objetividad de la ciencia, ellos defienden otros modos de conocimiento, que solo están al alcance de las minorías marginadas.

El sofisma constructivista

Los tres autores del engaño terminan su explicación pidiendo a las principales universidades que hagan “un examen meticuloso de esos campos de estudio (…) para distinguir a los académicos y las disciplinas que producen conocimiento de los que se dedican al sofisma constructivista”. Precisamente porque esos campos de estudio (género, sexo, raza, cultura) son de gran importancia para la sociedad, es necesario que se aborden con el mayor rigor académico.

El problema está en creer que no hay verdad sino construcciones sociales, que dependen de las relaciones de poder

No es la primera vez que se recurre al engaño para poner en solfa la seriedad de algunas publicaciones académicas. En 1996, Alan Sokal, profesor de física de la Universidad de Nueva York, tuvo éxito con un artículo que parodiaba las críticas estructuralistas y feministas que desmitificaban la ciencia occidental y ponían de manifiesto la ideología de dominación oculta tras su fachada de objetividad.

En otro caso fue la propia revista Science la que dejó en evidencia a competidoras digitales de libre acceso al fabricar un artículo falso, lleno de errores, y conseguir que muchas lo aceptaran para publicarlo.

Lo peculiar de la broma fabricada por los tres profesores es el número de artículos publicados y el haberse centrado en campos de estudio donde la ideología se pone a menudo ropajes científicos.

 


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