“Lo que sucedió un día en París, sucede en Siria todos los días”

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Por tradición, los cristianos coptos en Egipto llevan tatuada una cruz en la muñeca derecha, como un signo de fe, de autoafirmación en un ambiente de mayoría musulmana y de fuerza para, llegado el momento, entregar la vida. Y la Hermana Guadalupe Rodrigo –que no es, por supuesto, copta–luce igualmente una.

Se la hizo tatuar por solidaridad con los cristianos de Egipto, a donde llegó en 1999, tras haber pasado sus primeros años como religiosa en Belén. En 2011, puesta a elegir un destino en Oriente Medio para reponerse, marchó a la hasta entonces apacible Siria, a la ciudad de Alepo. Allí la sorprendió la catástrofe de la guerra. Permaneció en Siria cuatro años y tuvo que regresar a Argentina porque tenía a varios familiares graves. Ahora ha estado en Madrid, invitada por la Fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN), que da un gran apoyo a los cristianos en Iraq y Siria.

¿Cómo era su vida en Alepo? La ciudad no ha estado últimamente en las noticias por nada bueno…

— Ni últimamente ni desde que esto comenzó. En los cuatro años que viví allí, hubo solo unos pocos meses de tranquilidad, y después se desató la guerra. Los rebeldes tienen tomada toda la periferia de la ciudad, y el ejército combate para que no la tomen por completo. Estamos así desde hace años.

“Cuando salimos es con mucha precaución, pues los bombardeos son permanentes en cualquier sitio de la ciudad, sobre todo en los barrios cristianos”

Nosotros vivimos en la Catedral latina de la ciudad, donde, además de la atención pastoral de la parroquia, brindamos atención a chicas universitarias. Antes de la guerra, teníamos un apostolado normal: visitar a las familias, las actividades de la parroquia, pero al empezar el conflicto, la vida cotidiana cambió: la electricidad, solo una o dos horas por día; el agua, una vez por semana; entonces no se pueden hacer demasiados planes. Cuando llega la luz, en cualquier momento, hay que hacerlo todo, incluso cocinar, porque hay mucha escasez de gas y hay que utilizar hornillas eléctricas. Y cocinar lo que haya, pues no hay mucha variedad de verduras, frutas, carne… Los alimentos perecederos entran con dificultad, sobre todo en la época de bloqueo, en el primer año y medio, que fue lo más duro de la guerra, pues los rebeldes habían tomado todas las rutas de acceso y de lo que se trataba era de sobrevivir con arroz, fideos y enlatados.

Cada día, como el último

“La vida cotidiana es seguir adelante, haciendo lo que uno puede. Nos levantamos muy temprano en la mañana, entre 4.30 y 5 am, para aprovechar la luz solar, y nos vamos a dormir muy pronto. En invierno, después de las 4 pm ya está oscuro, y con tantas horas no hay linterna que dure ni vela que aguante, por lo que aprovechamos bien el día. Cuando salimos es con mucha precaución, pues los bombardeos, la caída de proyectiles y misiles son permanentes en cualquier sitio de la ciudad, sobre todo en los barrios cristianos. Los primeros ataques son contra ellos, aunque en general afectan a toda la ciudad.

Hay que salir, entonces, puestos en las manos de Dios, como hacen los sirios, que se despiden en casa, porque no saben si van a volver. Y vivir el día al máximo, en el sentido de que “hoy puede ser el último”, y hay que vivirlo para disponerse para lo que viene después. Eso es lo más importante. Allá no se vive la desesperación, ni la fatalidad: si hoy se terminan mis días aquí, hoy empieza lo más importante.

“El islam en Siria era muy moderado y tolerante; estos musulmanes son considerados traidores por los grupos radicales”

Todo esto puede parecer obvio para un cristiano, que quiere hacer las cosas bien porque desea ir al cielo. Pero después, en la práctica, la elección de cada día fueron las cosas materiales, nuestros egoísmos y tantas cosas que, al final, en lo que menos se pensó fue: “Y si muero hoy, ¿a dónde voy?”. Allá uno lo piensa todos los días.

Una dictadura que “les funcionaba”

¿Cuántos cristianos se calcula que quedan en Alepo…?

— Se hablaba de 150.000, y que quedarían unos 50.000, pero es muy difícil saberlo. ¡El caos es tal…! Obviamente el éxodo se nota. En nuestras parroquias, desde que empezó la guerra, se están yendo familias todos los días.

¿Qué forma toma toda esta tragedia para ellas?

— La de la persecución directa. ¿Quiénes son los perseguidores en Alepo? Los grupos fundamentalistas de rebeldes que están en las afueras de la ciudad y que tienen tomados varios barrios. Digo rebeldes en general, porque está el Estado Islámico, pero hay muchos otros que pretenden acabar con el gobierno para imponer la ley islámica, y a la vez, acabar con los “infieles”, esto es, con los cristianos y con todos los que a ellos les parezca. Los cristianos como primer blanco, pero también los demás, porque el Islam en Siria era muy moderado, abierto, tolerante, y estos musulmanes son considerados traidores por los grupos radicales.

A propósito de esto, aunque desde Occidente vemos que Al Assad es evidentemente un tirano, ¿los cristianos sirios desean que se vaya?

Los musulmanes de Alepo temen que, si el cristianismo desaparece de la ciudad, también lo hagan los valores que vive esa comunidad

— De ninguna manera. Creo que es un error nuestro en Occidente juzgar al Oriente y a los árabes con nuestros criterios. Ellos han vivido años de dictadura; es su modo de gobierno y les funciona, porque no es Occidente: es un mosaico muy complejo en el que confluyen razas y creencias distintas, escuelas diversas dentro del Islam; luego lo que les ha funcionado bien para mantener esa armonía ha sido la dictadura.

Tal vez a quien no han matado ni torturado le ha funcionado genial…

— Lo que pasa es que eso se difunde como si fuera la norma, lo típico. En Siria, el pueblo, y hablo de la mayoría, vivía muy bien, con un bienestar que no tenían en otros sitios No había libertad de expresión, obvio, pero ellos decían: “No necesitamos hablar contra el gobierno, estamos muy bien”.

Creo que hubo manipulación para que la opinión pública occidental de alguna manera justificara la intervención para derrocar al gobierno, pese a que el pueblo sirio es soberano, estaba bien con su presidente, y quiere seguir así. ¿Por qué entonces imponerles o exportarles la democracia y decirles: “No, para ustedes lo mejor es esto”, cuando la democracia realmente no les funciona? Es otro tipo de gente.

Otro tipo de cultura…

— En efecto, otra cultura, y es difícil entenderlo. No justifico al régimen, ni hago apología de él, pero digo que esa gente tiene derecho a elegir lo que le parece mejor. Yo he visto en Alepo con mis propios ojos, desde mi ventana, las multitudes que salían en 2011 y 2012 con carteles para apoyar a su presidente. No querían cambio, porque sabían lo que se les vendría encima después, que no era la democracia. Pues bien, con las mismas imágenes, en la TV europea se decía: “Continúan las manifestaciones del pueblo sirio para pedir la salida de Al Assad”. Lo contrario de lo que está pidiendo realmente el pueblo. Es lamentable.

Si desaparece el cristianismo en Alepo…

¿Ha conversado con musulmanes sirios durante estos años? ¿Qué le dicen?

— Que para ellos, para los musulmanes moderados, también es doloroso, y que sufren la amenaza de la desaparición del cristianismo. “Si se acaba el cristianismo en Alepo, se acaban muchos valores de nuestra cultura que son ellos quienes los mantienen vivos”, nos dicen. Aprecian mucho el nivel cultural y académico de los cristianos, y los valores de los cuales se sienten contagiados por ellos.

Por cierto, recientemente el cardenal de Valencia Antonio Cañizares llamó a estar alerta, en referencia a las oleadas de refugiados, porque “no todo lo que viene es trigo limpio”, y muchos arremetieron contra él. ¿Ha conocido casos que demuestren la necesidad de esa advertencia?

— Me parece muy realista lo que ha dicho Mons. Cañizares. He hablado hace muy poco con unas personas de la parroquia de Alepo que han logrado pasar a Europa, y que sufren terriblemente el maltrato de sus vecinos refugiados musulmanes. Están en el corazón de Europa y siguen sufriendo el maltrato ¡aquí en Europa!, y con vecinos que ni siquiera son sirios, sino afganos y paquistaníes en su mayor parte. Los cristianos son los primeros en sufrir la persecución y los más necesitados de ayuda.

En tal sentido, me parece fabulosa la campaña de AIN para apoyar a los refugiados en origen. Es muy difícil dejar atrás la cultura, la lengua, las raíces, la tierra… ¿Por qué no ayudamos allá, para que no tengan que marcharse? Es muy delicado el tema de los refugiados, y hay que ayudarlos en Europa, pero no es la alternativa. Hablemos más de detener la guerra.

¿Quién compra el petróleo de los terroristas?

No parece fácil una solución…

— Una intervención militar no debería ser el camino. El más sencillo sería cortar el abastecimiento (a los terroristas), pero los países y grupos económicos que están involucrados en esto no quieren hacerlo, pues se benefician de la venta ilegal de armas. Siguen así abasteciendo y financiando al terrorismo. (Los terroristas) han tomado los pozos petroleros, y están vendiéndole el petróleo a Europa. ¡Hay alguien comprándoles el petróleo y alimentando la guerra!

La voz de la Iglesia en ese sentido ha sido muy fuerte; tanto el Papa Francisco como los obispos en Siria, en Iraq, en el Líbano lo han denunciado. ¡Basta de facilitarles armas a los grupos rebeldes!, porque además la “oposición moderada” no existe: son grupos terroristas.

¿No ha sabido de acciones del ejército sirio que afectan a la población civil?

— Cuando se habla de ataques del ejército contra determinados barrios con bombas de barril, se trata de vecindarios ya tomados por los grupos rebeldes. Es mentira que el ejército esté masacrando a su propio pueblo. La única defensa que ha tenido el pueblo desde que comenzó esta guerra ha sido el ejército nacional, hasta ahora que entró Rusia. Allí donde se abren paso los rebeldes, o entran matando, o dan un par de horas para que la gente huya. Y si es un barrio cristiano entran, o bien decapitando, o bien ofreciéndoles la posibilidad de que se conviertan al Islam, para no matarlos.

La ayuda material tiene pocas posibilidades de llegar a las zonas en conflicto, por lo que es más factible ayudar con dinero

¿Ha conocido personas que hayan muerto en el conflicto?

— Sí. Pero en Alepo hay muertos todos los días entre los nuestros. En ocasiones, por metros o por cuestión de minutos no hemos sido nosotros. Una vez nos cayó un misil a 50 metros del obispado, que está ubicado en el corazón de un barrio musulmán. Ocasionó muchísimos daños, muchos muertos y heridos. Y es que el ataque es permanente.

“Ayudemos con algo que nos duela”

Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) ha lanzado su campaña de Navidad, enfocada en el apoyo a los refugiados de guerra que no han salido de sus países o regiones de origen. Y es que por cada refugiado que traspasa las fronteras de la UE, cien se quedan en las zonas de conflicto o en las cercanas a ellas. En el caso de los que permanecen en Siria, la fundación de la Santa Sede ha pasado de los 266.000 euros de ayuda destinada a ellos en 2012 a 3.737.600 euros en 2015.

— Hermana Guadalupe, usted que ha viajado para dar su testimonio, ¿puede decirme, respecto a los cristianos del resto del mundo, si percibe una respuesta a la altura de las circunstancias?

— Creo que no, y para mí es muy doloroso. Yo he vivido allá, y cuando salgo, compruebo el desconocimiento que hay sobre el tema, y creo que es ignorancia culpable. Los medios deberían informarnos, pero, en cambio, están entreteniendo a la gente. Y es lamentable, además, porque muchas veces formamos nuestra opinión a través de lo que vemos en la televisión. Hay que saber que lo que sucedió un día en París, sucede todos los días en Siria desde hace cuatro años, pero no es tema de portadas ni de telediarios.

Hay, entonces, un poco de falta de conciencia; de decir: “Estos cristianos son mis hermanos, y aunque no pueda hacer nada desde donde estoy, sí puedo difundir, ayudar”. Pero es muy pobre la reacción en general.

— El apoyo de Ayuda a la Iglesia Necesitada en Siria, ¿cómo se ha traducido?

— La llegada de ayudas allá tiene la dificultad de los intermediarios. Es problemático entrar cosas. La gente que quiere ayudar pregunta: “¿A dónde llega mi dinero? ¿Llega o no llega?”. Para nosotros, como experiencia, tener el apoyo de AIN es una seguridad en ese sentido. Es una institución muy seria, con la que hace años que trabajamos, no solamente en Siria sino en otros sitios del mundo, y con la que los donantes saben que la ayuda va a llegar, y llega.

¿De qué tipo? Es muy difícil entrar cargas, por lo que la ayuda llega en dinero, y con él, en Alepo se hace lo que se puede con lo que se encuentre allí: pagar una garrafa de gas, el alquiler a una familia que no tiene donde estar, comida…, en fin, lo que se consiga. A veces me preguntan: “¿Y si mandamos un contenedor?”. Y no, no va a llegar.

— ¿Qué más se puede hacer?

— Despertar en la conciencia la necesidad de rezar por ellos. Los cristianos están pasando situaciones terribles. Están dispuestos, preparados para que les corten la cabeza antes que negar a Jesucristo, y esa fuerza viene en parte por la oración, porque hay muchísima gente rezando por ellos, y ellos confían en esas oraciones. Necesitan una gracia especial, y es gratis. A lo mejor a una mamá que está viendo cómo entierran vivos a sus niños –¡y lo están haciendo!–, yo, con mi oración, estoy dándole fuerzas.

De modo que no es en vano. Que más gente rece, que más gente ayude, y que nos duela; que ayudemos con algo que nos duela. Estamos muy entretenidos con otras cosas, en un cristianismo muy cómodo, flojo, que no nos cuesta nada. Y esto nos sacude un poco y nos hace preguntarnos qué clase de cristianos estamos siendo.

L.L.


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