Lo que el padre aporta a un hijo adolescente

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David Eggebeen, profesor de Sociología en la Pennsylvania State University, ha realizado un reciente estudio sobre la influencia del padre en la educación y la formación de la identidad de los hijos adolescentes. Ofrecemos una síntesis de la versión española publicada por The Family Watch.

El trabajo de Eggebeen se basa, entre otras fuentes, en datos publicados de Add Health, un estudio norteamericano sobre salud de los adolescentes, basado en entrevistas a 20.745 estudiantes de primaria y secundaria entre 1995 y 1996. Después ha habido otras dos oleadas de entevistas.

En las últimas dos décadas, cientos de estudios han tratado de medir la influencia de los padres varones en sus hijos. La investigación ofrece datos significativos sobre la relación entre la calidad del ejercicio de la paternidad y los recursos que aporta, por un lado, y la probabilidad de los problemas que puede producir, por otro.

Las altas tasas de divorcio y nacimientos extramatrimoniales han provocado que en EE.UU., aproximadamente la mitad de los niños vivan parte de su infancia en hogares que se caracterizan por una total ausencia del padre. En 2007, 19,2 millones de menores norteamericanos no vivían con sus padres varones biológicos o adoptivos, o ni siquiera con padrastros. En 1970 eran 9,5 millones.

Un número cada vez mayor de niños crecen en entornos cuya composición es distinta de los hogares con padre y madre, o solo madre. Todo esto resalta la importancia de investigar si los chicos necesitan que les eduquen sus padres biológicos para desarrollarse de forma óptima o si puede hacerlo cualquier adulto con la misma eficacia, con independencia de su sexo y situación.

Aunque muchos padres varones que no conviven con sus hijos tratan de tomarse en serio su tarea, los estudios muestran que es difícil que lo logren. De hecho, lo habitual es que el padre ausente no se implique en la vida de sus hijos. A partir de este dato demográfico, resulta imperativo para los expertos en familia seguir estudiando el coste que tiene esa ausencia.

La forma en que madres y padres cuidan de sus hijos está muy delimitada por su cultura y educación. Como cabía esperar, los estudios indican que los adolescentes con padres de superior nivel de instrucción tienen mejor rendimiento escolar. También se detecta que es menor la tasa de problemas con alcohol o drogas si los padres no las consumen y dedican más atención a los chicos.

Pero además de la influencia conjunta de padre y madre, también se puede observar la específica de cada uno. Y ahora, cuando es más frecuente la falta del padre que la de la madre, resulta de particular interés estudiar la contribución propia de él. Con datos de Add Health se ve, por ejemplo, que si el padre tiene una relación mala o escasa con el hijo o la hija y un nivel educativo bajo, aumenta la probabilidad de que el hijo o la hija presente síntomas de depresión al llegar la adolescencia, con independencia de cómo sea la relación con la madre. Asimismo, el padre tiene también mucha influencia, más que la madre, en la probabilidad de que los hijos adolescentes incurran en conductas antisociales o delictivas.

Eggebeen concluye que la aportación del padre y la de la madre son, en términos generales, complementarias, pero distintas, también según el sexo de los hijos. Padre y madre suman sus contribuciones, y los hijos acusan la ausencia o deficiente atención de cualquiera de los dos, pero no de la misma manera.


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