El Observatorio

Libertad de expresión ¿para qué?

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Ante el atentado al Charlie Hebdo, algunos comentaristas han señalado que la mejor respuesta frente a los terroristas es defender la máxima libertad de expresión, lo que a su juicio incluye el derecho a insultar a la religión. Pero este enfoque va contra la misma tolerancia que pretende proteger, advierte Raymond J. de Souza, capellán y profesor en la Universidad de Queen (Canadá).

Defender la libertad de expresión “porque sí”, sin aludir a la dignidad humana ni al bien común, supone abandonar la herencia occidental de la libertad

En su columna del National Post, de Souza contesta a lo que dijo el comentarista político Mark Steyn en una entrevista publicada un día antes en el mismo diario: “La libertad de expresión –opina Steyn– debe incluir el derecho a insultar al islam. No porque nos parezcan bien los insultos al islam, sino porque la libertad de expresión está, por definición, para [decir] el tipo de cosas que no te parecen bien”.

El mismo criterio sirve, según Steyn, para defender a los cómicos que se burlan e insultan a la Iglesia católica.

Superar el individualismo expresivo

Para de Souza, la opinión de Steyn pone de manifiesto el choque que hoy se da entre dos visiones de la libertad de expresión: la de quienes creen que “forma parte de una concepción más profunda de la libertad y del bien común”, y la de quienes la reducen “a la mera complacencia del individualismo expresivo”, como califica el profesor de Princeton Robert George al ethos dominante en nuestros días.

En último término, continúa de Souza, este enfrentamiento remite a una pregunta decisiva: ¿para qué sirve la libertad de expresión? “Si la libertad de expresión no es más que un bien autónomo en sí mismo, de modo que cuanto más ilimitado sea (léase: ofensivo, ultrajante) mejor, entonces será difícil construir un consenso sólido que lo defienda. Si la defensa central de los valores liberales equivale a poco más que una identificación con la rudeza blasfema, entonces no nos puede extrañar que no logremos persuadir a quienes vienen de países que no son liberales”.

Una libertad enraizada en la dignidad humana

Si reducimos la defensa de los valores liberales al derecho a insultar a los demás, no nos puede extrañar que haya quienes no la compartan

Esto lleva a de Souza a preguntarse por el fundamento de un derecho que es intrínseco a toda persona. La verdadera libertad de expresión es valiosa en cualquier tiempo y lugar, porque “forma parte de un conjunto de libertades que están enraizadas en la naturaleza humana”.

En su entrevista, Steyn invoca a su favor la herencia occidental de la libertad, plasmada en la Carta Magna de 1215. Pero lo que olvida Steyn es que “la Carta Magna empieza con la libertad religiosa, pues fue precisamente la herencia cristiana de reflexión sobre el origen y el destino, la creación y la vocación de la persona la que dio lugar al reconocimiento de la dignidad como base segura para los derechos humanos”.

De hecho, dice de Souza, defender la libertad de expresión “porque sí”, sin aludir a la dignidad humana ni a la sociedad en que esta se despliega, supone abandonar la herencia occidental de la libertad.

“En París murió algo más que los dibujantes del Charlie Hebdo. La incapacidad de la mayor parte de Europa para articular algo más que un individualismo expresivo significa que el ideal europeo –basado en el encuentro entre la sabiduría bíblica y la filosofía griega, y modelado a su vez por la Ilustración– ha muerto”.


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