El Observatorio

La violencia del budismo, desconocida en Occidente

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La imagen pacifista del budismo difundida en Occidente se sostiene cada vez menos. Lo recuerda un reportaje de Adrien Le Gal en Le Monde.

En las últimas semanas se ha difundido la discriminación que sufren en la antigua Birmania los musulmanes rohingya, considerados inmigrantes ilegales. Caminan en la dura línea marcada también por Australia, que silencia en la práctica las convenciones internacionales sobre refugiados y petición de asilo. Como informaba la agencia Fides en mayo pasado, para ellos los rohingya no serían birmanos y no tendrían derecho a vivir en Myanmar: proclamando este eslogan, cientos de manifestantes budistas, guiados por monjes, desfilaron por las calles de la ciudad principal de Birmania, Rangún (Yangon), contra la acogida de esos refugiados musulmanes, que navegaban a la deriva en los mares del sudeste asiático. Los rohingya llevan años sufriendo el acoso, la opresión y la violencia de grupos fundamentalistas budistas, y el gobierno les niega el derecho a la ciudadanía.

El budismo comenzó hace 2.500 años con la legendaria vida de Siddhartha Gautama, hijo del rey de una región del actual Nepal, que a los 29 años huyó del palacio para dedicarse en la India a una vida de ascetismo. Su enseñanza, transmitida al comienzo oralmente, dio lugar al budismo, que cuenta con cerca de 500 millones de seguidores y un gran número de escuelas.

Hay diferencias de entidad entre el budismo Theravada, más conservador, practicado en el sudeste asiático, y el Mahayana, de China y Asia Oriental. El Vajrayana tibetano pone el acento en los ejercicios espirituales. Pero estas distinciones no llamaron la atención de Nietzsche o Schopenhauer, introductores del budismo en Occidente. Especialmente, el filósofo alemán marcó la tensión contra el cristianismo, criticándolo injustamente por su falta de alegría vital.

De la contracultura en Occidente a la violencia oriental

Un siglo después, la contracultura beatnik y hippy, dependiente de pensadores como Alan Watts, magnificó el budismo como religión de paz y racionalidad, en línea con el hinduismo o las creencias de los indios americanos. Esa tendencia se reafirmó con la imagen de los monjes que se prendían fuego en Vietnam para protestar contra la represión, sin que entonces se analizase la contradicción de presentar el suicidio como un sacrificio no violento.

Pero en el siglo XXI se suceden las noticias de violencias budistas de los monjes en Birmania y Tailandia. Así, frente al marxismo, quedó claro en Tailandia que “matar comunistas no era un pecado”. El monje Kittivuddho afirmaría entonces: “No queremos matar a seres vivos, pero matar monstruos es deber de todos los tailandeses”. Porque Buda permitió “destruir las impurezas”.

Dentro de la rama budista Mahayana se utiliza la teoría del “homicidio compasivo”, que permite matar a un ser fundamentalmente malo para liberarle de su mal karma. Desde ese planteamiento no es difícil justificar el odio contra los musulmanes rohingya.

Algo semejante sucedió en Sri Lanka, donde los monjes nacionalistas estuvieron en el origen del partido Jathika Hela Urumaya, fundado en 2004, partidario de medidas enérgicas contra la rebelión en el norte de los Tigres Tamiles, en su mayoría hindúes. Antes de la victoria final del ejército en 2009 murieron 40.000 civiles.

“¿Debemos concluir que los budistas occidentales se han equivocado sobre la naturaleza no violenta de su religión?”, se pregunta en el redactor de Le Monde. Y aduce el testimonio del profesor David L. McMaha: “En Occidente, se interesan sobre todo en la meditación, en los aspectos filosóficos y éticos del budismo, que contemplan como una forma de vida. Si piensan que su budismo es el mismo que se practica en Asia, es un malentendido”.


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