La verdad de la tribu

La corrección política y sus enemigos

Página 1

Autor: Ricardo Dudda

Debate.
Madrid (2019).
238 págs.
17 € (papel) / 8,55 € (digital).

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Lo curioso de la corrección política es que sus defensores niegan que exista, mientras que sus críticos la consideran omnipresente. Vista desde la izquierda, es un fenómeno que refleja una revolución cívica y de modales, en defensa de las minorías y de los débiles. En cambio, para los críticos liberales, por más que la corrección política apele a la diversidad, en realidad reduce el pluralismo y la posibilidad de debate, pues hay temas que no pueden cuestionarse y quien se atreve a hacerlo es inmediatamente etiquetado de intolerante. Como resume el autor del libro en acertada expresión, “hoy la derecha es punk y la izquierda, puritana”.

Para Ricardo Dudda –periodista y redactor de la revista Letras Libres–, la corrección política es un fenómeno real, aunque más complejo de lo que dan a entender los populistas que lo demonizan y que meten en él todo lo que no les gusta. En los diversos capítulos, el autor va delimitando el concepto, al compás de las guerras culturales desencadenas a partir de los años ochenta, sobre todo en el ámbito americano.

El auge de la corrección política en su versión actual indica la imposición de una nueva ortodoxia. La corrección política de izquierdas vigente hoy es, en opinión de Doris Lessing, una combinación de marxismo cultural, puritanismo y narcisismo postmoderno. Se asocia al apogeo de la “cultura de la queja”, ya descrita por Robert Hughes en 1992, y que hoy justifica, por ejemplo, las exigencias de alumnos universitarios que piden ser protegidos frente al malestar emocional que pueden provocarles ideas o lenguajes “ofensivos”. Se fomenta así una cultura de la fragilidad y del victimismo mezclada con una respuesta despiadada de ataques en grupo para avergonzar al discrepante y destruir su reputación.

Dudda disecciona también la psicología del individuo políticamente correcto, que busca no salirse del consenso de la tribu y lo expresa con actos que manifiesten su virtud o su indignación. Hay que prestar especial atención a las palabras empleadas, ya que si se cambia el lenguaje, se cambia la realidad, y de ahí la proliferación de cambios eufemísticos. Pero en no pocos casos se llega a una rehabilitación de la censura de las opiniones molestas.

En principio, esta actitud se presenta como una exigencia de respeto a las minorías, pero en buena parte refleja la política de la identidad, basada en características como la raza, el género o la orientación sexual, en lugar de las distinciones clásicas de ideología y de interés económico. En un agudo capítulo, Dudda resalta cómo la identidad cuenta más que el conocimiento o la verdad, y acaba encerrando a los diversos colectivos en nuevos estereotipos tribales.

Aunque el autor no escatime sus dardos a la corrección política, también reconoce que entre sus enemigos hay desde genuinos defensores del pensamiento crítico a falsos rebeldes políticamente incorrectos, de signo demagógico y populista. Por eso se esfuerza por rescatar del núcleo de la corrección política “un intento loable de reducir la crueldad y fomentar el respeto, y una defensa de la dignidad del individuo”. Dudda quiere defender el pluralismo, y a la vez fomentar un autocontrol en las expresiones que favorezca la convivencia.

Ricardo Dudda consigue exponer bien este fenómeno moral y lingüístico, con citas oportunas de autores y de casos que demuestran su conocimiento del debate. Y lo hace sin someterse a los dogmas de la corrección política ni a las críticas destempladas de los que presumen de políticamente incorrectos.


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