La reforma en la Iglesia

Criterios históricos y teológicos

Página 1

Autor: Yves Congar

Sígueme.
Salamanca (2019).
144 págs.
15 €.
Traducción: Luis Rubio Morán.

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¿Cuáles son las condiciones de una reforma sin cisma?, se preguntaba el teólogo francés Yves Congar (1904-1995) en un texto de mediados del pasado siglo que inspiró el Concilio Vaticano II, pero que hoy se antoja también especialmente sugerente. Se trata de un escrito extraído de una de sus principales obras, Verdadera y falsa reforma de la Iglesia (1950 y 1968), en la que Congar diferencia entre la reforma en la Iglesia, en continuidad con la tradición, de la reforma de la Iglesia, rupturista.

El teólogo francés ofrece criterios para lograr una verdadera reforma, basados en la fidelidad al depósito de la fe y en el sentido de la comunión eclesial. Su propuesta se puede sintetizar en esa verdad a la que llega tras su lectura de la historia de la Iglesia: los grandes reformadores fueron santos y destacaron por su heroica lealtad al magisterio, frente a la retahíla de heresiarcas que quebrantaron la unidad de la fe.

Congar no desconocía los lastres burocráticos ni la resistencia al cambio de los ambientes eclesiásticos, pero comentaba que sin esa actitud defensiva la “Iglesia estaría moribunda, muerta o en letargo”, lo que no debería comprenderse como un alegato a favor del inmovilismo, sino como una apuesta por esa cautela que se precisa para cribar la “reforma por la vía de la santidad” del peligro de la heterodoxia. El tempo de la Iglesia no depara el vértigo del cambio constante, sino la paz de quien se acomoda al paso de lo eterno.

Tal y como después ha recordado Ratzinger, la reforma en la Iglesia no es tanto un adelantarse a los tiempos –o adaptarse a las demandas seculares del presente– como un retornar a la fuente: Cristo. El santo reformista abre caminos de mayor fidelidad al mensaje cristiano, intensifica la comunión y depura la fe de lo accesorio o superficial.

Ante tantas propuestas de cambio que se dan hoy, conviene recordar los reparos de Congar a la “creatividad” del teólogo y su rechazo a quienes pretenden amoldar la fe de Cristo a sus ideas, en lugar de partir de la Revelación como fuente principal de su quehacer teológico.


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