La presunción de culpabilidad de los sacerdotes irlandeses

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La cadena televisiva RTÉ (el canal público irlandés) emitió en mayo un programa de “investigación” en el que acusaba a varios misioneros de haber abusado sexualmente de niños. Después de que uno de los acusados demostrara incontestablemente su inocencia, el programa, que vieron más de 500.000 personas, ha desaparecido de la parrilla. Algunos creen que la respuesta del medio no ha sido proporcional al daño causado. Lo cuenta John L. Allen Jr. en el National Catholic Reporter.

El programa que emitió el reportaje se llamaba Prime Time Investigates, y estaba conducido por una periodista muy popular en la televisión irlandesa, Aoife Kavanagh. Haciendo un ingenioso juego de palabras, había decidido titular el reportaje mission to prey (“misión de caza”, aprovechando la idéntica pronunciación de prey [cazar, explotar] y pray [rezar]). Las acusaciones contra el padre Kevin Reynolds estaban basadas únicamente en el testimonio de una mujer supuestamente violada por el sacerdote, cuando era misionero en Kenia.

Los hechos habrían ocurrido en 1982, cuando el religioso tenía 36 años y la mujer 14. Según ella, la violación la dejó embarazada y el sacerdote le habría proporcionado dinero en secreto. La niña fruto de ese embarazo apareció junto a la madre en el programa.¿Por qué no denunció en su momento?, ¿cómo es que esperó a que una televisión irlandesa se fijara en su caso, y cómo es que esta se fijó? Son preguntas que hasta ahora no tienen respuesta.

Siguiendo el protocolo establecido para estos casos, Reynols fue inmediatamente suspendido de su cargo, y obligado a dejar su parroquia y su casa. Pero el sacerdote decidió someterse a dos pruebas distintas de paternidad, que desmintieron que fuera el padre de la niña.

Aunque la televisión conocía la decisión de Reynolds de someterse a estas pruebas antes de emitir el programa, decidió seguir adelante, con la confianza que asegura en el actual contexto irlandés una acusación a un religioso católico. El programa fue visto por 500.000 personas y otras 338.000 lo oyeron por radio al día siguiente.

Razones para confiar en el éxito del programa no le faltaban. Desde que comenzara la ola de abusos cometidos por sacerdotes irlandeses, se ha ido creando en Irlanda un clima de opinión que distorsiona los datos: aunque se estima que los sacerdotes que hasta ahora han sido declarados culpables por algún abuso son el 4% del clero irlandés, un 70% de los participantes en una macroencuesta realizada recientemente pensaba que el porcentaje era mayor, y un 50% opinaba que la proporción de sacerdotes culpables llegaba al 20% (ver Aceprensa, 4-11-2011).

RTÉ publicó una rectificación reconociendo que las acusaciones contra Reynols eran infundadas, canceló el programa que las había emitido y ordenó una investigación interna. Reynols se querelló contra RTÉ y finalmente se llegó a un acuerdo que supuso una indemnización.

En su artículo, John L. Allen Jr. saca varias conclusiones de la historia de Reynolds: sigue saliendo demasiado barato difamar –sobre todo a ciertos colectivos– en los medios, como prueba que la periodista responsable del vergonzante reportaje continúe trabajando en el canal; se debería evitar que los procesos pivoten exclusivamente sobre las acusaciones de los demandantes, sobre todo cuando en muchos casos se podría acudir a pruebas irrefutables como hizo Reynolds.

Por último, Allen postula que la Iglesia en Irlanda debe adoptar una política más cautelosa en relación a estos casos, llegando a un punto de equilibrio entre las medidas de precaución –como el alejamiento forzoso del acusado– y la presunción de inocencia. Allen se queja de que la defensa de Reynolds tuviera que correr a cargo de una organización independiente de sacerdotes, y que no fuera la propia diócesis quien se encargara.

Criado en un orfanato católico
También un libro reciente, publicado en Estados Unidos, muestra que los abusos de menores son minoritarios. Lo cuenta en sus memorias, Raised by the Church (Fordham University Press) un testigo directo, Edward Rohs, que fue criado en un orfanato católico de Nueva York hasta que cumplió 18 años, en 1964. Jeff Mirus reseña el libro en Catholic Culture.

Rohs muestra con franqueza “lo bueno, lo malo y lo desagradable” de esas instituciones.”Pero lo que impresiona al lector es que predomina lo bueno”. El libro relata sobre todo “los esfuerzos desinteresados de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos por criar niños razonablemente bien en instalaciones masificadas e insuficientes; personas que hacían todo lo posible con recursos muy escasos y se preocupaban verdaderamente de los chicos”.

Entre lo malo –principalmente dificultades inevitables en tales condiciones–, Rohs recuerda también dos tentativas de abuso de que fue víctima. Fue un religioso llegado de otro lugar, que se ganó la confianza de Rohs y después intentó abusar de él por la noche. Las dos veces fue puesto en fuga por los gritos del chico antes de que pusiera por obra su propósito. Más tarde, aquel religioso se marchó del orfanato.

Mirus anota un detalle significativo: en ninguna de las dos ocasiones, ni Rhos ni los chicos que estaban en el mismo cuarto y se enteraron de lo ocurrido informaron de los hechos a los responsables. Por desgracia, esto es frecuente, y los abusadores confían en que los niños, por vergüenza o por miedo a no ser creídos, guardarán silencio.

Rohs, en fin, conoce bien los puntos fuertes y los débiles de esas instituciones, católicas o no, y no oculta nada. Por eso, concluye Mirus, “lo más importante de este libro es que Edward Rohs no está airado con la Iglesia que lo crió. Está agradecido”.


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