La política como religión

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El laicismo desea un espacio público sin Dios. Pero aparcar las creencias religiosas no impide la proliferación de nuevos cultos y nuevas ortodoxias –esta vez, de cuño laico– que aspiran a llenar ese vacío con sus mensajes de redención.

(Actualizado el 26-04-2019)

Con la secularización de Occidente, la fe en el progreso –la confianza en que la humanidad camina inexorablemente hacia un futuro mejor– se ha convertido en un sustituto de la religión como fuente de sentido. El progreso incluye la mejora de las condiciones materiales de vida. Y también el avance moral, que el humanismo laico tiende a identificar con la difusión de unas ideas a las que atribuye poder salvífico.

Con esta visión en mente –descrita con más o menos coincidencias por autores tan difíciles de clasificar como Joseph Button, Andrew Sullivan o John Gray–, se entiende el ímpetu reformista de la nueva ortodoxia laica. La certeza de saberse en el lado correcto de la historia, lleva a sus guardianes a procurar que cada vez más personas abracen la visión del mundo tenida por progresista. Así, piensan, la sociedad dejará atrás su afición a las fuerzas oscuras. Lo que salva es la adhesión a esa ortodoxia.

La política ha pasado de ser una actividad pensada para el gobierno de los asuntos públicos a una fuerza redentora

Entre los conservadores también ha calado esta mentalidad. Y hoy, parece que a muchos les importa más que un líder político se haga eco de sus ideas a que estas influyan de verdad, a través de la persuasión, en los estilos de vida y las costumbres. El resultado, como explicaba Button en An Anxious Age (2014), es que, “tanto entre progresistas como entre conservadores, se ha instalado el perturbador sentimiento de que la forma en que votamos es la forma en que salvamos el alma”.

En la misma línea, Sullivan lamenta la polarización de la sociedad estadounidense por el culto a Trump, en la derecha, y el culto a la política identitaria, en la izquierda. Aunque habría que matizar que también hay demócratas que profesan un culto a la personalidad de sus líderes –como ocurre con Alexandria Ocasio-Cortez o Beto O’Rourke–, y republicanos que abrazan con fervor la causa identitaria.

La mirada politizada

Lo que dicen estos autores sobre Estados Unidos sirve para otros países, donde la política ha pasado de ser una actividad pensada para el gobierno de los asuntos públicos a una fuerza redentora. Se ve en el boom de líderes populistas –de izquierdas y de derechas– que irrumpen en la escena política para liberar a la masa de ciudadanos-víctimas. Pero también en la esperanza de quienes los demandan, decididos a convertir a personas falibles “en avatares divinos del Bien contra el Mal”, en palabras de Camille Paglia.

Paglia, que es atea, sostiene que cuando la religión pierde fuelle en una sociedad, algo acaba ocupando su lugar. “Pero la política no puede llenar el vacío [de creencias]. La sociedad, con la que el marxismo está obsesionado, es solo un fragmento de la totalidad de la existencia”. Según explica ella misma, su sustituto de la religión es el arte, que al menos tiene una dimensión espiritual. Pero esta desaparece “cuando el arte es reducido a política” y cada obra es vista como el resultado de la posición social del artista.

El arte no es el único ámbito que ha invadido la política. El auge de la política espectáculo ha facilitado la irrupción de los políticos en cada pantalla, en cada hogar, sobre todo en tiempos de elecciones. Como ocurre en España, de forma más acentuada desde 2015, los partidos llevan a sus candidatos a los platós televisivos para presentarlos en todos los formatos posibles: cercanos y bromistas, como en El Hormiguero; íntimos, como en Mi casa es la tuya; serios y broncos, como en los dos debates para las elecciones generales del próximo 28 de abril.

Poco a poco, la politización avanza y ocupa todo los ámbitos de la vida social, desde las reuniones familiares hasta las aulas de primaria. La mirada politizada empobrece las relaciones sociales, pues las personas solo cuentan como adversarios o camaradas de partido; cualquier detalle resulta sospechoso: la forma de vestir, el corte de pelo, los gustos musicales… Incluso la religión corre el riesgo de acabar desacralizada, cuando se reduce la vida de la Iglesia a un pulso de fuerzas entre progresistas y conservadores.

Políticos con misión

Más que la intromisión de la Iglesia en los asuntos de Estado, hoy debería preocupar sobre todo la instrumentalización de las creencias por los nuevos mesías de la política, como el presidente brasileño Jair Bolsonaro, desde la derecha; o el presidente mexicano Manuel Andrés López Obrador, desde la izquierda.

El primero dice sentirse imbuido de “una misión de Dios”, y parapeta tras ella su programa de gobierno: “Esta misión no se escoge ni se discute, se cumple”, dijo el día de su victoria. El segundo también recurre a la religión de un modo oportunista: si el pasado 19 de abril hacía un extraño elogio de las bienaventuranzas, al día siguiente tachaba a los conservadores de “sepulcros blanqueados”. Enrique Krauze ya detectó esta inclinación al lenguaje religioso hace más de una década: “Yo estoy convocando a un movimiento de conciencia, un movimiento espiritual –decía López Obrador en 2004–; mucha gente que me ve, gente humilde, lo que me dice es que está orando. (...) Yo soy muy demócrata y muy místico, estoy en manos de la gente”.

La politización de todos los aspectos de la vida social, incluida la religión, es una manifestación del culto que hoy se presta a la política

En España, un ejemplo de política regalista fue la decisión del gobierno de Pedro Sánchez de pedir ayuda al Vaticano en su empeño por exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos. A un gobierno que ha hecho bandera del laicismo debió de sonrojarle que el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin, le recordara que “la Santa Sede no quiere intervenir en una cuestión que está sujeta a la jurisdicción española”.

Al menos el líder de Vox, Santiago Abascal, es consecuente –no va de laicista– cuando decide emprender su particular reconquista en Covadonga (Asturias), con La Santina y don Pelayo. Otra cosa es que ese sea el lugar idóneo para hacer campaña. O que la épica del acto y su mensaje de salvación tengan que gustar a todos los electores católicos. La diversidad de pareceres en este sector de votantes no es un problema de cobardía o de complejos, como dicen algunos simpatizantes de Vox, sino el fruto del pluralismo.

No hay democracias puras

La decepción acecha a quienes esperan demasiado de la política, como advertía David Thunder en un provocador artículo. De todos los “servicios premium” que hoy demandamos a la democracia, él se detiene sobre todo en uno, quizá porque es el que más se presta a malentendidos: la expectativa de que la democracia da a cada ciudadano el poder de decidir sobre la marcha del país.

Esto es factible en una comunidad política pequeña, pero no en una sociedad entera. De hecho, si somos realistas –sigue diciendo Thunder–, admitiremos que los sistemas democráticos son bastante elitistas: al frente hay unos pocos, que son quienes toman las decisiones, con los debidos contrapesos de poder. En este sentido, una democracia nunca es enteramente democrática. Más bien, tenemos que imaginar un sistema político mixto, mezcla de oligarquía, aristocracia y democracia.

En este contexto de “elitismo con un ligero sabor democrático”, los ciudadanos corrientes tienen cierto poder para elegir a los gobernantes. Pero poco más.

Más que la intromisión de la Iglesia en los asuntos de Estado, hoy debería preocupar sobre todo la instrumentalización de las creencias por los nuevos mesías de la política

Estas son las limitadas reglas del juego. Y conocerlas, evita frustraciones. Pues mientras sigamos cargando a la democracia con unas expectativas desorbitadas, el malestar está garantizado. Lo mismo pasa con la oferta de servicios públicos: una cosa es prometerlos, y otra tener los recursos para proveerlos.

Thunder no pretende dar munición a los populistas, sino calmar su hartazgo. “¿Se derrumbarán nuestros sistemas políticos bajo el peso de demandas poco realistas? Depende de si los ciudadanos están dispuestos a reajustar radicalmente sus expectativas y empiezan a buscar recursos más allá del Estado, que les permitan encontrar su voz y resolver los problemas que el Estado ya no puede resolver por ellos”.


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