La pobreza es un gran negocio

Buena parte del dinero donado para ayuda al desarrollo no llega a su destino, explica un libro reciente

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Nairobi. La pobreza es un gran negocio, se ha dicho de las ONG y del movimiento de ayuda a África. ¿Cinismo o verdad?

Ver automóviles todoterreno del modelo más avanzado desplazarse a toda velocidad por las calles de cualquier capital africana, parece demostrar la afirmación. ¿Es así como se gasta nuestro dinero? ¿Qué proporción del dinero donado por generosos creyentes o filántropos llega realmente a la gente a la que estaba destinado? En especial, después de haber sufragado las ventajas extra que acompañan al puesto, y los seminarios de formación, y las necesidades de evaluación, y el mantenimiento de las gravosas estructuras burocráticas. Los salarios absorben una buena cuantía: el Banco Mundial calcula que hay 100.000 “expertos técnicos” financiados por donantes en África.

Según Giles Bolton, que describe sus experiencias con el DFID (Departamento para el Desarrollo Internacional) en su libro Poor Story (Ebury Press, 2007), las donaciones se gastan de la siguiente forma: entre el 15% y el 20%, en recaudación de fondos; una cantidad semejante, en administración y en apoyo a los programas; entre el 60% y el 70%, en ayudar a los pobres. Bolton habla de “organizaciones benéficas de confianza” que pretenden mejoras a largo plazo, y eso puede exigir formación, visitas regulares, adaptación y evaluación.

A menudo, escribe, “las materias primas” de un proyecto -tales como vacas o cabras suministradas a familias pobres, o dinero facilitado a niños directamente patrocinados- constituyen un gasto relativamente pequeño, aun cuando la publicidad para recaudación de fondos trata, comprensiblemente, de dar a entender que la aportación de 20 libras, 30 dólares o 40 euros que usted realiza servirá para adquirir algo muy concreto. Lo que más importa, concluye, es el buen diseño, la gestión y la supervisión de un proyecto. Y no es fácil garantizarlos.

Implicar a los beneficiarios

Como ejemplo de esto, menciona las aulas escolares de Uganda. En los años noventa, cuando Uganda salió de una época de guerra civil y se comenzó a reconstruir el país, los fondos de numerosos distritos fueron robados por funcionarios, mientras que la población local, demasiado acostumbrada a semejante trato, se sintió incapaz de intervenir. Se adoptó un nuevo sistema. Se exigía que las comunidades construyeran los primeros cuatro pies de altura de los muros de las escuelas; entonces llegaría el dinero del gobierno y los contratistas completarían el trabajo hasta colocar el techo. Una vez las comunidades se hubieran organizado para construir las paredes, de ninguna manera permitirían que los funcionarios cogieran el dinero y salieran a escape. Obligar a los funcionarios a fijar los presupuestos de construcción en las puertas de sus oficinas, donde todos podrían ver cuánto habían recibido, resultó de más ayuda aún.

El robo por parte de funcionarios ocurre con excesiva frecuencia, incluso en Uganda. Una investigación en curso sobre el despilfarro de 3.000 millones de chelines ugandeses (aproximadamente, 17 millones de dólares) de dinero del Fondo Mundial contra la Malaria, la Tuberculosis y el Sida, en el que resultaron implicados más de 300 organizaciones y dos antiguos ministros del gobierno, no ha hecho que nadie se inmute.

La carrera de obstáculos que tiene que superar el dinero introducido en la hucha recaudatoria nacional hasta alcanzar a los famélicos niños que vemos en televisión, parece inacabable. En algunos países, mosquiteras subvencionadas destinadas a evitar la malaria son adquiridas por fabricantes de trajes de novia; y los niños utilizan los condones como globos.

Ayuda vinculada

Numerosos países donantes ofrecen ayuda “vinculada”, lo que significa que sólo se puede gastar para pagar a los asesores y proveedores del país donante. El 70% de la ayuda de los EE.UU. está vinculada; peor es el caso de Italia, con el 92%. El 47% de los fondos de ayuda de los EE.UU. se gasta en asesores (en su mayoría, asesores estadounidenses); en el caso de Australia, la proporción es del 46%.

La lentitud en la entrega también dificulta los esfuerzos de ayuda. En Etiopía, el Ministerio de Finanzas descartó en el pasado el 75% de los compromisos de donaciones de la Comisión Europea, según Bolton, contando con que sólo el 25% llegaría a tiempo; con los préstamos del Banco Africano de Desarrollo el descuento fue del 80%. Los donantes hacen promesas; los gobiernos beneficiarios toman en consideración la cuantía, incluyéndola en sus presupuestos, de modo que puedan planificar la construcción de escuelas, carreteras u hospitales, sólo para después abandonar dichos proyectos.

Los donativos hechos directamente a una organización benéfica no corren menos riesgo. Las de mejor reputación, como Oxfam, Save the Children, la Cruz Roja y muchas, aunque no todas, de las que tienen inspiración religiosa, probablemente se ocupen de que su dinero llegue a su destino. Estas ONG están bien dirigidas, son transparentes y no manipulan a los beneficiarios, aunque, de vez en cuando, tampoco faltan desagradables sorpresas. Uganda septentrional, que ahora disfruta de paz después de 20 años de guerrilla, es el objetivo de un proyecto del Ministerio de Sanidad, en colaboración con tres prestigiosas agencias internacionales, para formar equipos sanitarios de aldea que propaguen a hurtadillas el mensaje de la planificación familiar y la vasectomía, junto con beneficiosos servicios sanitarios como la vacunación y el reparto de medicamentos.

A menudo son los pequeños grupos de donantes -muchos de ellos fundados por turistas o grupos eclesiásticos- los que hacen el mayor bien directamente a la gente sobre el terreno: proporcionando un tractor, vacas o aves de corral a un grupo de granjeros; o construyendo aulas o servicios higiénicos en las escuelas. Otros son más “exóticos” y ayudan a educar a los pigmeos Batwa, que viven en los bosques de la región de los Grandes Lagos. Aun así, Bolton calcula que la ayuda de las organizaciones benéficas es enormemente insuficiente, pues sale aproximadamente a 5 dólares por persona, y la mayoría de los africanos nunca se beneficiarán de un proyecto benéfico.

Organizaciones fantasmas

También abundan los falsos grupos benéficos y las ONG ficticias. Una monja irlandesa me dijo que en uno de los barrios bajos de Nairobi, donde habitan alrededor de 500.000 personas, de las 250 ONG inscritas como activas en la zona, solo 25 hacían verdaderamente algo. En la barriada de Kibera, famosa por la película El jardinero fiel, la subjefa del distrito me mostró una carta que había recibido invitándola a que asistiera a un acto organizado por una ONG. Ella fue la única persona que acudió. ¡La carta de invitación era para “demostrar” a los patrocinadores de esta ONG que los fondos se gastaban adecuadamente!

El inconveniente de la ayuda son los peligros que acarrea: cuando los cooperantes tienen que esquivar bombas, como era habitual en el Sudán meridional antes del acuerdo de paz de 2005, y cuando el director del Programa Mundial de Alimentos es tomado como rehén en Mogadiscio. Es entonces cuando nos damos cuenta de que algunas personas están allí para que se note la diferencia y que nuestra donación no fue en vano.


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