La muerte de Vincent Lambert: ¿eutanasia o fin del ensañamiento terapéutico?

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Vincent Lambert, el paciente francés en estado vegetativo en torno al cual se ha librado una larga disputa en los tribunales, murió el 11 de julio, nueve días después de que los médicos dejaran de alimentarle e hidratarle, y le aplicaran una sedación profunda. Su caso dividió a sus familiares y a la opinión pública. La discrepancia no se ha resuelto: para unos, ha sido eutanasia, una muerte provocada; para otros, se ha puesto fin a un ensañamiento terapéutico.

El caso ha tenido una larga historia. En mayo parecía a punto de terminar con una decisión del Consejo de Estado, que autorizaba a retirar la alimentación, como pedían la esposa y varios hermanos de Vincent, de acuerdo con el equipo médico del hospital. Así lo hicieron el 20 de mayo. Pero un nuevo recurso de la otra parte de la familia –los padres, una hermana y un medio hermano– logró que, el mismo día, un tribunal de apelación ordenara reanudar la atención y seguir manteniéndolo en vida.

A instancias de la esposa, el Tribunal de Casación examinó el caso y el 28 de junio sentenció que se dejara morir a Vincent. Los padres trataron de que se respetara el aplazamiento que había pedido el Comité de los Derechos de las Personas con Discapacidad, de la ONU; pero no tuvieron éxito. El 2 de julio, Lambert fue sedado y le retiraron la sonda por la que se le alimentaba e hidratada.

Vincent entonces empezó a sufrir un deterioro visible, y su aspecto era cada vez más penoso, como lamentó François Lambert, uno de los hermanos partidarios de dejarlo morir. “Desgraciadamente –dijo un día a la salida de una visita al hospital–, no es eutanasia; si lo fuera, esto iría más rápido, sería un poco menos sádico, desde mi punto de vista”.

“Pronunciarse en lugar de personas que no pueden expresarse, juzgar que su vida no es digna o ‘no tiene sentido’, no es ni ética ni científicamente justificable”

Sin embargo, para los padres, aquello era eutanasia, que no está permitida en Francia. Era una muerte “impuesta a él y a nosotros”, dijeron en un comunicado el 8 de julio, cuando la situación de Vincent era ya irreversible. “Aunque no la aceptamos, no podemos sino resignarnos en el dolor, en la incomprensión, pero también en la esperanza”.

La esposa y los otros parientes siempre han sostenido, al igual que el último equipo médico, que no había posibilidad de que Vincent saliera del estado vegetativo persistente, y por tanto mantenerlo artificialmente en vida era ensañamiento terapéutico. Alegaban también que, si bien no dejó instrucciones escritas, había dicho que no querría vivir así y preferiría morir.

Discapacitado, no enfermo terminal

Pero, replicaban los padres, lo único artificial en el caso de Vincent era la alimentación e hidratación por sonda. Por lo demás, no necesitaba asistencia mecánica para el funcionamiento de los órganos vitales (pulmones, corazón, riñones) ni medicación alguna. Así lo decía también a finales de mayo, en una declaración, un colectivo de médicos especialistas en la atención a personas con discapacidad.

“Vincent Lambert no está moribundo”, señalaban. Era un discapacitado, no un enfermo terminal. Por eso, no debería haber sido ingresado en una unidad de cuidados paliativos, sino en un centro especial para personas como él, que no necesitan tratamientos específicos pero no pueden valerse por sí solas. Incluso podría haber sido atendido a domicilio, como propusieron sus padres, que se ofrecieron a llevárselo a casa. Para las personas como Vincent, la alimentación por sonda no es terapia sino parte de los cuidados que necesitan, como el aseo u otros.

Retirar la alimentación por sonda, añaden esos médicos, está justificado si la esperanza de vida es muy corta o el paciente no la tolera. Pero no era tal el caso de Vincent, que se encontraba en situación estable desde hacía años.

En cuanto al respeto de su voluntad de no vivir así, los médicos advierten que es muy difícil saber si un paciente en estado vegetativo no tiene ningún grado de conciencia. Por eso, “pronunciarse en lugar de personas que no pueden expresarse, juzgar que su vida no es digna o ‘no tiene sentido’, no es ni ética ni científicamente justificable”. En cambio, concluyen, “es un honor para nuestra sociedad seguir cuidando a los más vulnerables de nuestros semejantes”.


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