La misa en latín nos reconecta con valores perennes

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Como el discurso del 12 de septiembre de 2006 en Ratisbona ganó al Papa la admiración y el respeto de numerosos intelectuales de todo signo, la decisión de facilitar la celebración de la Eucaristía según el misal de Juan XXIII, el rito tridentino actualizado (ver Aceprensa 78/07), también es aplaudida desde ámbitos y puntos de vista no exclusivamente eclesiales o religiosos. El catedrático de Griego y miembro de las Reales Academias Española y de la Historia, Francisco Rodríguez Adrados, alaba la medida por sus implicaciones culturales (si bien en el artículo parece creer que el Concilio Vaticano II suprimió la liturgia en latín, lo cual no es exacto).

La noticia es, a su juicio, “una brisa refrescante”, y Benedicto XVI “se ha revelado como un hombre no solo sabio, también valeroso”, cuya presencia “es la de un profesor alemán lleno de sabiduría y ornado de un manto de esencialismo, de valores perennes, de huida del relativismo vano”. Para Adrados, “el latín expresa que el Cristianismo une a muchos pueblos del presente y a estos con el pasado”. Y la decisión pontificia sería “una llamada de atención, de vuelta a lo básico, a valores que nos unen o nos unían a través de los mares y de las edades. De ellos han salido toda nuestra cultura y hasta nuestro afán de novedad y de relativismo. Y de libertad. Pero no todo es libre, existen hechos básicos, perennes, como son Dios y el Hombre”.

Ante el desprecio que en Europa se da a las lenguas clásicas, “el gesto, aunque se quede sobre todo en eso, en gesto, del Papa es verdaderamente simbólico, abre una esperanza. Porque el hombre merece que, a la larga (no tanto a la corta) se crea en él. Ha recuperado destrucciones horribles (...). En épocas oscuras pequeños grupos o reductos han salvado la antigua sabiduría”.

Fuente: ABC


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