La joven de las naranjas

Appelsinpiken

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Siruela. Madrid (2003). 163 págs. 16 €. Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Dejando al margen El mundo de Sofía, desde un punto de vista formal La joven de las naranjas es la novela más lograda de las que ha escrito Gaarder para gente joven. A muchos les enganchará lo bien que transmite las vibraciones que siente un chico cuando por primera vez se queda encandilado ante una chica. Otros le jalearán porque sabe afrontar cuestiones serias con ingenio dialéctico y un optimismo vital voluntarista del tipo "esto es lo que hay y disfrútalo cuanto puedas".

Cuando tiene quince años, al protagonista-narrador le dan una carta que su padre, fallecido cuando él tenía cuatro años, preparó para él en los meses previos a su muerte. Engarzando la carta de su padre con sus propios comentarios, el espabilado Georg habla de su vida y de sus aficiones, averigua cómo se conocieron sus padres, se pregunta sobre qué hay más allá de la muerte y la existencia de Dios, decide qué haría si le dieran a elegir entre vivir la vida que lleva o no vivir en absoluto (en su caso, fácil respuesta).

Es un libro formalmente mejor que otros de Gaarder porque aquí no recurre a extraterrestres o angelitos de cuento o a irrupciones de lo fantástico para colar las reflexiones que vienen al caso. Su prosa es clara como siempre, pero esta vez la trama es más firme y es el mismo hilo argumental el que impone unos acentos didácticos que resultan aceptables, incluso simpáticos, y tiene magníficas páginas, por ejemplo, acerca del sentimiento de asombro maravillado ante la naturaleza. Eso sí, el lector deberá dar por bueno que un chico de quince años sea un narrador tan pulcro y claro, y que sea capaz de analizar a toda su familia como un psicólogo profesional.

Gaarder maneja con contención la componente sexual del amor entre los padres de Georg y entre su madre y su actual padrastro, eso sí, con el naturalismo característico de su sociedad de origen y de los tiempos actuales. De paso, debe hacerse notar que las novelas juveniles de hoy, y esta de Gaarder se une a ellas aunque sea mejor, raramente niegan el modelo hollywoodiense de las relaciones amorosas entre chicos jóvenes.

En cuanto a la posición de Gaarder sobre Dios, debe decirse que ha evolucionado desde sus primeros libros. En ¿Hay alguien ahí? (1996), siendo un tanto elusivo, como acostumbra el autor, había un reconocimiento de que, sin duda, alguien había. En La joven de las naranjas, el padre de Georg dice: "No creo que exista ningún otro lado. Estoy casi seguro. Todo lo que hay sólo dura hasta que se acaba". Y Georg, después de leer la carta de su padre y de reflexionar por su cuenta, piensa que "quién sabe si no hay un Dios por encima de todo". En fin, a mí me sorprende que alguien como Gaarder, que ha estudiado lengua escandinava y teología, que ha sido profesor de filosofía e historia de las ideas, acabe definiendo la esperanza como "soñar con algo improbable", casi alineándose con el mundo Disney.

Luis Daniel González

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